Me permito hacerle llegar las siguientes reflexiones sobre un caso reciente, por si las considera merecedoras de debate. Aprovecho para saludar y destacar la independencia periodística de su portal.

Hace unos meses, cuando la opinión pública examinó el caso de un violador reincidente, se mencionó que el inculpado tiene un hermano mellizo, un gemelo idéntico: se ratifica así que la condición de violador no está inscripta en los genes. Por otra parte, es sabido que personas que no cometerían violaciones en la vida civil son capaces de concretarlas en la guerra. Sucedió así en la Guerra de los Balcanes, cuando fue practicada sistemáticamente como recurso político-militar contra una nación enemiga.

Seguramente la mayoría de esos soldados al volver a la vida civil no experimentaron la compulsión a violar. Sin embargo, parece ser que en algunos varones esa orientación sexual forma parte de lo que llamaríamos su carácter, tan difícil de modificar como la orientación heterosexual u homosexual, etc., y se debate qué posición debería adoptar la sociedad respecto de tales sujetos. El debate podría perfeccionarse mediante un par de observaciones preliminares.

La tendencia compulsiva a la violación, entendida como formación caracterológica particular, imposible o muy difícil de modificar, debiera como tal afectar a hombres de diversas clases y sectores sociales; sin embargo, los detenidos por ese delito suelen guardar el perfil habitual de los detenidos por otros delitos: clase social baja o, a lo sumo, media baja. ¿No hay violadores entre los hombres de clase alta y clase media? Tiene que haberlos: si la compulsión a violar no estuviera repartida en todo el cuerpo social, la noción misma perdería sentido y los violadores serían sólo un epifenómeno de la pobreza.

Es razonable suponer que los violadores de clase media y alta no son apresados porque eligen sus víctimas entre mujeres de alta vulnerabilidad, como prostitutas o empleadas domésticas. La dificultad de estas mujeres para formular la denuncia –su muy baja expectativa de que la denuncia tuviera curso y no repercutiera contra ella misma–, sumada a alguna compensación económica, ha de ser suficiente para evitar la acción de la Justicia. No hay estadísticas, no podría haberlas, de cuántas empleadas en casas particulares fueron abusadas por “el señor”.

En realidad, los sectores más bajos también han contado con la posibilidad de ejercer la violación compulsiva: lo ha permitido, en tiempos de paz, el desempeño en fuerzas de seguridad. Las comisarías han sido (¿son?) lugares tradicionales de violación de mujeres, pertenecientes en general a los mismos grupos desprotegidos que proveen al violador de clase media o alta. Y, por ejemplo durante la última dictadura, un violador podía fácilmente satisfacer su compulsión si se incorporaba a un grupo de tareas paramilitar.

Así, el debate sobre los violadores debiera tener en cuenta –pero no lo hará– que la cuestión se enmarca en la respuesta que históricamente les ha dado la sociedad: otorgarles víctimas.

Lic. Ricardo Stepanich