La niña

Si los próceres, los jóvenes oficiales y los soldados rasos que dieron sus vidas por nuestra patria en la batalla de Suipacha vivieran, habrían visto cómo su niña inteligente, linda y educada tuvo una infancia feliz, optimista y llena de futuro gracias a su sacrificio. Pero también la habrían visto crecer y salir con un novio golpeador, otro jugador, otro celoso, otro vago, otro mentiroso, otro mujeriego, alternando siempre con el peronismo que le endulza las orejas con su desprecio por los enemigos y sus promesas de justicia, pero que una y otra vez resulta lo peor de todos los anteriores juntos.

Los inmigrantes que se dejaron la piel para progresar en ésta rica tierra, también verían con tristeza profunda cómo la Argentina es rehén del círculo vicioso entre peronismo y antiperonismo, anulándose y haciendo trampas, tanto cuando gobiernan como cuando son oposición. El juego sucio ya es la norma, y ni ellos se atreven a negarlo. Lo sabe el mundo y lo sabemos nosotros. Justicia, política, periodismo, empresariado y sindicalismo arreglan y desarreglan entre ellos con total impunidad, porque ninguna responsabilidad es necesaria. Sus ingresos están garantizados. Toda esa fiesta se paga con el esfuerzo de la parte productiva del país y/o del endeudamiento externo. Fácil. Sin riesgos. Beneficios asegurados. Costos derivados al próximo. Si ser millonario sin actividad económica conocida fuera delito, y los jueces tuvieran un mínimo de vergüenza, éste sería otro país. Faro del mundo. Productor de alimento. Fábrica de deportistas intelectuales y artistas. Anfitrión para eventos, turistas e inmigrantes buscando una vida mejor. Pero aquí pagan los que producen, y cobran los que no. Y el asaltante es la víctima. Y el que logra progresar es un oligarca. Y las cartas están marcadas y las opciones se reducen a unirte a la fiesta, o a pagarla rechinando los dientes. Y la niña ya no es tan bonita. Y la niña ya no cree. Y la niña se refugia en sus recuerdos y aleja a cualquier buen candidato porque ya no siente. Ya no se quiere a sí misma.

El dólar, los espías, los bolsos con plata enterrados, la inseguridad, las operaciones, la corrupción o las muertes sin aclarar son las acaloradas discusiones en el salón que ya no es suyo. Ganaron ellos. Los que, disfrazados de rivales políticos, se turnaron para robarle su belleza y su juventud. Fuman beben y comen de su despensa porque ya ni piden permiso. No hay vergüenza. Sus propiedades en Miami o en Uruguay no abochornan. Sus gatos caros les dan ese prestigio que comparten con la farándula. A niveles municipales provinciales y nacional pueden exhibir sus propiedades y fiestas abiertamente, porque a una porción decisiva de los votantes eso les gusta. Lo admiran. Lo vuelven a votar una y otra vez. Hasta que no dé un paso al frente un verdadero héroe, dispuesto a sacrificarlo todo por la nación y no por su secta política, todo seguirá siendo pan y circo.

Marcelo Amaral Correa, Madrid, España.

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Miguel es abogado, fue durante veinte años Prosecretario del diario La Nación a cargo de la sección de Cartas de Lectores. También fue fundador y editor del newsletter CANAL.E, que se distribuía por mail, de lunes a viernes, durante mas de diez años.

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