Un mundo de sensaciones

Sobre la liberación de presos

La inseguridad es una sensación, hay que decirlo así. Claro y directo. Para que nos moleste y nos interpele. Para que pensemos. Lo que hay son delitos, leves y graves. Seamos precisos con el lenguaje, que es una de las maneras de ser exactos con la realidad: la inseguridad es un tema de percepción individual, fogoneada por la creación de sentimientos colectivos.

Para la polémica de estas horas, dónde muchos parecen haber descubierto que las cárceles son un gran problema, lo primero que hay que decir es que los establecimientos de encierro corresponden en su conformación, usos y costumbres a una lógica que impera afuera de los muros. Dicho de modo más sencillo, las cárceles son un reflejo de la sociedad. Por lo tanto, el problema es de todos.

Y aunque parezca redundante, no está de más aclarar que no se ordena (en aquellos casos en que se hace), la libertad definitiva. Son condicionales o domiciliarias, que dependen de decisiones judiciales con las características previstas por la ley.

Barrotes

El mundo carcelario nos atrapa para verlo desde la comodidad de casa, en una serie de la televisión. Hasta ahí el fetiche de la violencia, los puntazos, el lenguaje tumbero, que han instalado una cierta idea de fascinación por la vida intramuros.

Al mismo tiempo, la vida detrás de los barrotes es el destino que nos proponemos como único modo de resolver los problemas de la mal llamada seguridad. Pero, al igual que vemos ahora de manera cruel con el coronavirus, cuando se llega al respirador y a la terapia intensiva, a veces es demasiado tarde.

Cuando se dice que la solución es crear muchos penales de Devoto (pero lejos de casa, para que aumente el valor de las propiedades), en verdad debiéramos hacer el ejercicio de pensar si un penal lleno no es el fracaso de toda una sociedad. O en todo caso, el éxito de una sociedad plagada de desigualdades.

Una cárcel llena confirma y desmiente varias cuestiones que a fuerza de repetirse se han transformado en verdades indiscutibles.

¿Cómo conviven la idea de una puerta giratoria con la realidad de cárceles superpobladas?

¿Cómo es posible que no pensemos colectivamente una solución para algo que indefectiblemente pasa, más allá de la pandemia?: los presos en algún momento salen y está bien que salgan. Una persona comete un delito, paga por ello y la vida continúa.

Salvo que pensemos seriamente que la solución es la pena de muerte o el destierro, ambas medidas que nos llevan a pensar en que se puede vivir en un mundo de la Edad Media, cuando hace rato que entramos en el Siglo 21.

Algunas precisiones

Los datos oficiales son los únicos que valen en esta discusión, como argumento explicativo. Las opiniones y subjetividades son todas respetables, pero un primer y honesto ejercicio de apego a la convivencia, no debiera imponerlas (y menos a los gritos mediáticos y en redes sociales), por sobre el pensamiento serio.

Por cierto, los datos oficiales parecen complejos, pero una simple lectura de los mismos, reflejados en dos enlaces que aquí se comparten permiten saber lo central.

De la Acordada 9/20 de la Cámara Federal de Casación Penal, fechada el 13 de abril, se deprenden las siguientes consideraciones:

Los grupos que se están considerando:

-Personas en situación de riesgo sanitario, caso a caso.Con derecho a libertad condicional (2/3 de condena cumplida), asistida (le faltan 6 meses para terminar la condena), salidas transitorias (mitad de condena, salen y vuelven).

-Con condenas menores a 3 años.

-Aquellos que superen los dos años de prisión preventiva o con prisión preventiva por delitos no violentos.

-Próximas a cumplir su condena en casos de delitos no violentos.

-Mujeres embarazadas y con sus hijos en prisión.

Por otra parte, para tener una real dimensión de qué tipos de delitos están vinculadas a las personas que pueden salir en libertad, es muy bueno repasar los datos del Sistema Nacional de Estadísticas de Ejecución de la Pena (SNEEP), que brinda los números de detenidos, discriminados por tipo de jurisdicción, en el total nacional (Servicio Penitenciario Federal) y en las diferentes provincias.

Un simple relevamiento responde las siguientes preguntas: ¿Cuántos acusados por homicidios y violaciones hay en un total de, al año 2018, de 13.358 personas alojadas en cárceles federales?
(Acusados, porque de ese total, el 58 % todavía no está condenado, así que lo asiste la presunción de inocencia que garantiza nuestra Constitución Nacional).

Algunos de los principales tipos de delitos cometidos son:
-Homicidios dolosos: 781
-Delitos contra la integridad sexual: 742 (desde graves a leves, graves, 629)
-Robos, tentativas de robo, hurtos y tentativas: 5093
-Infracción a la ley de drogas: 5358

En la provincia de Buenos Aires, la proporción es similar y arroja que de 49716 personas detenidas los delitos destacados son:
-Homicidios dolosos: 5749
-Delitos Contra integridad sexual: 5335
-Robo/Hurto: 22380
-Drogas: 5626

En la cárcel están, mayoritariamente, personas que cometieron delitos contra la propiedad o que se drogan, o que venden cantidades mínimas de estupefacientes como modo de ganarse la vida. Hay pocos narcotraficantes líderes de cárteles y mucho del llamado narcomenudeo. Y salvo que uno creyera que en la actividad económica de la venta de drogas rige un mercado horizontal y sin eslabones jerárquicos y de poder, faltan los grandes concentradores del sector, los mayoristas, los inevitables socios lavadores de los dineros mal habidos.

¿Hay preso algún desarrollador inmobiliario, banquero o inversor, condenado por ser miembro de una asociación ilícita conformada con el fin de lavar dinero producido por la venta de drogas?

Lo que sí es seguro, es que hay una tremenda tergiversación al respecto de una medida que es recomendada por la Organización Mundial de la salud, por la Alta Comisionada de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y que se está verificando en innumerable cantidad de países. Ambos organismos coinciden en la potencial catástrofe que representa el sistema carcelario en tiempos de pandemia.

Los presos, con sus culpas a cuestas y los dolores que han causado, son tan personas como nosotros. Y merecen el trato humano que merecemos todos.

Mi ateísmo casi me lo impide, pero lo digo para finalizar estas líneas y seguir el debate: gracias a Dios la Ley del Talión está menos extendida que la ignorancia humana y por esas cuestiones del decoro y la corrección política, tiene menos amplificación mediática.

Nota al pie: Algunos reflexiones de esta nota, son producto de la lectura diaria de las publicaciones en redes de Claudia Cesaroni, abogada del Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (Cepoc). Vaya el reconocimiento a ella y a los muchos y muchas que cada día, en silencio o en medio de la estridencia de los medios, trabajan por un mundo mejor, dentro y fuera de las cárceles.

Por Pablo Mercau

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