Niños de Omelas en la pandemia

“Los hogares más pobres son los que más sufren el impacto socioeconómico de la pandemia de Covid-19 en la Argentina», incluyendo «la inseguridad alimentaria», y «los chicos y chicas más vulnerables son sus víctimas ocultas”: así lo reveló la representante de Unicef en la Argentina, Luisa Brumana, al presentar la Encuesta Nacional de Niñas, Niños y Adolescentes, efectuada por Unicef entre el 8 y el 15 de abril. El informe empieza por advertir que «el 96,2% de la población argentina aprueba el aislamiento social preventivo y obligatorio como medida para evitar el contagio de coronavirus COVID-19, pese a que en el 59% de los hogares se perciben menos ingresos y en el 31% se dejó de comprar algún alimento por no tener dinero, situación que se agudiza en villas y asentamientos donde las privaciones nutricionales afectan a 5 de cada 10 hogares». Los directivos de Unicef se reunieron el 22 de abril con el presidente Alberto Fernández para presentarle los resultados de su encuesta. Es sabido que el descenso en la calidad de la nutrición infantil compromete tanto la salud física como el desarrollo cognitivo de los niños.

Ese mismo día, el New York Times advirtió que «la pandemia de coronavirus ha traído el hambre a millones de personas alrededor del mundo. Los confinamientos y las medidas de distanciamiento social están destruyendo empleos e ingresos. 135 millones de personas ya venían sufriendo graves limitaciones alimentarias y, con la pandemia, 130 millones más podrían sufrir hambre en 2020. En total, una cantidad estimada de 265 millones podrían ser llevadas al hambre extrema». La nota observa que «el coronavirus ha sido llamado un igualador, ya que enfermó tanto a ricos como a pobres, pero, tratándose de la alimentación, la igualdad se acaba. Son los pobres, incluyendo muchos de los países más pobres, los que están pasando hambre». El NY Times no aborda, o no concibe, el caso de que situaciones comparables puedan darse en uno de los principales productores mundiales de alimentos como la Argentina.

Dos veces por día, de lunes a domingo, el Ministerio de Salud de la Nación actualiza la información sobre la pandemia en la Argentina: cantidad de infectados, fallecimientos, testeos realizados, etcétera. No incluye, y nadie espera que los incluya, datos sobre los niños afectados por lo que Unicef denomina «el impacto socioeconómico de la pandemia de Covid-19 en la Argentina». Esos datos no serían menores. El Censo Nacional de Población, que iba a efectuarse en octubre de este año, preveía encuestar a más de 15 millones de hogares, con un total de unos 11 millones de niños de 0 a 14 años. Si el 31 por ciento de ellos se privaron de alimentos por falta de dinero en el contexto de la pandemia, la nutrición de más de 3 millones de niños está comprometida.

Se admite que la infección por Covid-19 enferma predominantemente a adultos mayores y casi en ningún caso a niños. Pero la encuesta de Unicef demuestra que no es así. Los niños, aunque no todos sino los pobres, son víctimas, pero ocultas. Sin embargo, los procedimientos sanitarios y sociales adecuados para remediar este efecto del Covid-19 son distintos a los que dan resultado en adultos, ya que deben contrarrestar un «impacto socioeconómico». El informe de Unicef muestra que el procedimiento para dar respuesta a estas tres millones de víctimas de la pandemia –consistente en, por lo menos, garantizarles una alimentación con el mismo nivel nutricional de la de los restantes niños de la Argentina– no se ha puesto en juego todavía.

La presentación de Unicef va encabezada por el dato sobre la aprobación a la gestión gubernamental de la pandemia, que se eleva al 96,2 por ciento. Quiere decir que aun los padres y madres de muchos de los niños así desnutridos dan por sentado que no sería posible una gestión que les permitiera otorgar mejor alimentación a sus hijos. Desde el punto de vista de la gestión política, entendida como la generación de los más amplios consensos para las medidas que se adopten, se trata de un éxito notable. Por lo demás, las inquietudes y demandas de los padres y madres de las víctimas ocultas suelen ser verbalizadas por sacerdotes que, piadosamente, como era costumbre antes de la Revolución Francesa, los acompañan. En caso de que estos padres desearan manifestarse colectivamente por sí mismos, no podrían hacerlo, porque la cuarentena obligatoria impide movilizaciones masivas.

En 1973, Ursula Le Guin escribió un breve relato llamado «Los que se van de Omelas»: la verdad que emerge de su texto es aplicable de manera precisa y puntual a la situación de los niños del informe de Unicef.  El lugar que los niños a los que alude Unicef ocupan en la organización social argentina es exactamente el mismo que ocupa el niño de «Los que se van de Omelas». Esto no se refiere a lo anecdótico, a las condiciones concretas de vida de ese niño y estos niños –aunque la similitud también vale en este plano–, sino a la relación de conocimiento-desconocimiento que la comunidad mantiene con el niño afectado.

El relato de Le Guin puede encontrarse en varios sitios de Internet. Uno de ellos ofrece la traducción de Carlos Gardini, que publicó en su momento la revista El Péndulo: https://www.luisbeltran.com/2004/08/los_que_abandonan_omelas/

 

 

 

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Escritor y Periodista

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