Sobreinformación

«Te recomendamos evitar la sobreinformación. Mirá las noticias con una frecuencia moderada y de fuentes oficiales», dice el mensaje firmado por «Argentina, Presidencia». Va implícita la existencia de expertos, en este caso en salud mental, quienes han considerado preferible la exposición «moderada» a las noticias. Incluso se ha precisado cuál es la mejor frecuencia para recibir noticias, preferiblemente dos veces por día. Hay una posología de la información, orientada por el Estado. Y las fuentes, destaca la fuente oficial, deben ser oficiales.

Esta medicalización del acceso ciudadano a la información acompaña, por supuesto, a la cuarentena, que es, con toda exactitud, un toque de queda medicalizado. «Quedáte en casa», escuchamos, y a este imperativo le subyace una voluntad de cuidado personal: «Cuidarse es cuidarnos». Cuídate a ti mismo: el Estado te asegura que ese propósito, firmemente centrado en lo individual, se traducirá en un beneficio para la comunidad. ¿Quién lo garantiza? ¡Los expertos! En el origen de cada una de las series de mandatos debe haber un experto o, mejor, una comisión de ellos para legitimarlos desde la medicina. Y en el otro extremo de la serie se ubica, imprescindible, la acción física de las fuerzas represivas, apuntalada por la delación ciudadana.

Se podría formular que existe una dictadura de la medicina, lo cual no está necesariamente mal. Tal como el marxismo previó la necesidad de una dictadura del proletariado, en determinado período y con determinados objetivos, bien puede ser que, ante la extraordinaria emergencia de una pandemia, la medicina se haga cargo de marcar el camino a los gobiernos. Lo notable es que esto tiene lugar en el momento de mayor debilidad de la medicina.

Los impresionantes progresos que la medicina experimentó en el último siglo y medio son tributarios de su vinculación con la ciencia, con el método científico. Podemos fechar este encuentro en los trabajos de Louis Pasteur, químico de profesión, en las décadas de los 60 y los 70 del siglo XIX. Una de las revistas médicas más antiguas y prestigiosas, creada en 1823, se llama The Lancet: sus fundadores eligieron como emblema de la profesión médica la lanceta, el instrumento utilizado para la sangría, intento de curar las más diversas enfermedades –sobre la base de una infundada teoría de «desequilibrio en los humores»– extrayéndole al paciente una cantidad de sangre. El autoritarismo delirante que caracterizó durante siglos a la medicina subyace aún, en mayor o menor medida según los países, y puede inferirse de desarrollos como la «medicina basada en la evidencia», que procura enseñar a los doctores la importancia de atender a las verdades que discierne la ciencia antes que a las provenientes del «ojo clínico».

Pero con respecto al Covid-19 la medicina, al menos hasta ahora, ha perdido el sustento de la ciencia. Esto quiere decir que los laboratorios no la han provisto de vacunas ni de medicamentos contra el virus pero, sobre todo, quiere decir que no hay verdades universales, aunque fuesen provisorias y revisables como son las de la ciencia. Entonces, la respuesta varía según los países y los liderazgos: es diferente en China, en Corea, en Suecia, en Alemania, en la República Checa, en el estado de California, en el estado de Nueva York, en Chile, en Argentina. Y aparecen palabras que no se escuchaban desde la época de la sangría, como: cuarentena.

Si la medicina, asistida por la ciencia, fuese efectiva, volvería a ser sólo un servicio: iríamos al vacunatorio y saldríamos vacunados, sin ninguna prescripción sobre cuántas veces por día debemos consumir noticias. Sin el sostén de la ciencia, la medicina, librada a sí misma, se torna imperativa y emite o avala mandatos que, no siendo evidente su racionalidad, deben ser cumplidos mediante el amedrentamiento y la fuerza. Paradójicamente, la impotencia de la medicina para curar o prevenir viene a exaltar su poder como asociada del Estado.

Claro que este poder no afecta de igual modo a los distintos sectores sociales. La cuarentena perjudica especialmente a los más pobres porque los priva de su herramienta política cardinal, que es la irrupción callejera: la única acción política posible para los pobres es irrumpir en el espacio de los que no son pobres, donde su sola presencia, aunque no se lleven nada, equivale a un saqueo. Si aun un gobierno como el de Mauricio Macri no descuidó del todo la asistencia a los más necesitados fue para evitar esa irrupción, o para ponerle fin cuando acampaban en la avenida 9 de Julio. Si hubiera tenido la suerte de tenerlos en cuarentena durante todo su mandato, ¿habría dedicado un peso a su asistencia? El 19 de marzo pasado, en cambio, una movilización del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) fue reprimida con violencia y 22 personas fueron detenidas por violar la prohibición de reunirse en espacios públicos en el marco de la pandemia.

El 11 de abril, entrevistado por el diario Perfil, el presidente Alberto Fernández no vaciló en decir: «Prefiero tener el 10% más de pobres y no 100 mil muertos en la Argentina. De la muerte no se vuelve. En cambio, de los problemas económicos, sí. Siempre pongo el mismo ejemplo. El año anterior a que asumiéramos con Néstor en 2003, la economía había caído 11 puntos, 11% de caída del PBI, 57 puntos de pobreza, 25 puntos de desocupación, y volvimos. Todo eso se puede recuperar, lo que no puedo recuperar es una vida». Esto suscita una pregunta obvia: ¿el doctor Fernández ignora que existe un capítulo de la medicina dedicado a las enfermedades de la pobreza? ¿Cuántas vidas se perderían si la pobreza creciera un 10 %? ¿Cuántas se perdieron, y cuántas fueron arruinadas por enfermedades, durante la crisis de 2001-2002? En términos conceptuales, ¿se está aplicando una perspectiva sanitarista, desde la cual, para cada medida a tomar respecto de la pandemia se evalúe su repercusión, no precisamente sobre la economía sino sobre la salud pública en su integridad?

Lo interesante es que esto no parece preocupar a mucha gente. Un par de días después de esa entrevista, el Presidente retuiteó un mensaje que incluía un insulto de escuela primaria («gordito lechoso») a un periodista, y la opinión pública saltó indignada: entidades profesionales, partidos políticos, diversas personalidades fustigaron el retuiteo y el doctor Fernández hubo de salir a pedir disculpas. La posibilidad de un aumento de la pobreza y de sus enfermedades no suscitó en cambio ningún revuelo. Sobre todo, no se registraron protestas de los futuros pobres, que, además de estar en cuarentena, se cuidan a sí mismos evitando la sobreinformación.

 

About Author

Escritor y Periodista

Leave A Reply