Colas para el banco

Ayer, después de varios días, bajé a comprar. Cuando abrí la puerta del ascensor en la planta baja, estaba mi vecino del sexto, que es indudablemente mi mejor vecino. Al verme con unas bolsas de ropa para el laverrap, se acercó solícito, «¿No quiere que lo ayude?», me hablaba de frente y se acercaba a un metro, ¿a noventa centímetros? y yo, aterrado, sin poder retroceder, aplastado contra el fondo del ascensor, trataba de decirle que no, no necesitaba ayuda, hasta que atiné a proclamar que la mejor ayuda para todos era mantener la distancia y él, luego de insistir todavía un poquito, me dio la razón. Más me hubiera valido encontrarme con mi vecino del octavo, con el que desde hace años estamos distanciados y espontáneamente hubiéramos practicado ¡el distanciamiento social!

Es que el coronavirus pone en crisis las buenas intenciones. Por ejemplo, nos pareció que los empleados bancarios no eran esenciales. ¿Cómo iban a ser esenciales si vamos al Banelco? ¿Y qué es robar un banco comparado con fundarlo? Y así los trabajadores bancarios, que son como nosotros, quedaban protegidos por la cuarentena, porque los argentinos nos cuidamos entre todos, y tenemos nuestros grupos de whatsapp, nuestros psicólogos para hablar de las crisis de pareja por la convivencia forzada, ya empezamos a reunirnos por zoom y de repente existían estos viejos, miles de viejos que no tenían whatsapp ni siquiera tarjetas de débito y no tenían plata para vivir ni un día si no cobraban en el banco y pasaba un día y otro y otro y otro con el banco cerrado. ¿Cómo no sabíamos que existían? O, mejor, ¿por qué tenemos que saber que existen? Brotaron para contagiarse impúdicamente a la vista de todos, mal vestidos, pobres, feos y malos, sin poder guardar distancia en la cola porque entre ellos se roban el lugar. Nos arruinaron la pandemia.

¿Qué es eso del distanciamiento social? ¿Qué es eso de la cuarentena, que hasta hace un par de meses sólo existía en novelas de otros siglos? ¿Es verdad que, en estos días y días de convivencia permanente, los nietos no han abrazado ni una vez a su abuela? Durante años hemos esperado, del amigo que se alejó, un gesto de acercamiento. Hemos temblado al mirar la cara de la persona amada porque la veíamos distante, pero a veces, en unos momentos preciosos, nos hemos sentido tan cerca. ¿Se puede ir contra lo que está grabado en el lenguaje? ¿Logré aprender que debo aterrarme cuando mi vecino me tiende la mano? O habré de aprender de los viejos que, en las largas horas de cola para el banco, mientras se les administra el virus para dejar de existir, terminan de saber que jamás existieron.

 

 

 

 

 

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Escritor y Periodista

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