Observaciones sobre el Comité de Expertos

El presidente de la Nación, cuando comunica cada una de las decisiones que viene tomando respecto de la pandemia, destaca que responde a la recomendación del Comité de Expertos establecido a tal efecto. Corresponde a la función del periodismo examinar críticamente la composición de ese Comité.

Ante todo, cabe señalar que todos quienes lo integran son profesionales de generalizado reconocimiento en sus respectivas especialidades. No obstante, llama la atención que entre los integrantes del Comité se cuenten dos especialistas en infectología pediátrica pero ningún neumonólogo o especialista en infecciones respiratorias de la población adulta. Como es sabido, los síntomas del Covid-19 afectan muy reducidamente a niños y no se han reportado hasta ahora casos en niños menores de 9 años, si bien desde luego se sabe que los niños pueden actuar como vectores de trasmisión para la población en riesgo de enfermar.

El Comité tampoco incluye ningún especialista en terapia intensiva, especialidad de importancia central en esta pandemia.

No se trata de que los pediatras estén de más en el Comité. Todo lo contrario, ellos vendrían a contrapesar la imprescindible presencia de neumonólogos e intensivistas en el sentido de hacer valer una pregunta fundamental: ¿cómo repercutirán en la salud de los más vulnerables entre los vulnerables, que son los niños de sectores postergados, las medidas que se tomen para enfrentar la pandemia? ¿Cuál es la mejor manera de protegerlos? La adecuada formulación de estas preguntas ayudaría a prevenir la falsa y nefasta disyuntiva entre «salud» y «economía». Permitiría que estuviera mejor representada la perspectiva de aquellos cuya salud, aun sin estar primordialmente afectada por el Covid-19, resulta afectada por las consecuencias de la pandemia y de las medidas para enfrentarla. Quién mejor que los pediatras del Comité para estudiar cómo la caída en la ocupación e ingresos de los padres, o el hacinamiento en situaciones de cuarentena, puede incidir, por ejemplo, en la capacidad de esos niños para resistir infecciones estacionales como la neumonía y la bronquiolitis. La opinión pública no ha recibido hasta ahora información acerca de si este debate tiene lugar y cómo está siendo resuelto.

En el comité tampoco hay sanitaristas, que hubieran contribuido a una visión integral de la infección por Covid-19 en el conjunto de la problemática de salud de la Argentina.

El Comité tiene 8 integrantes, todos infectólogos, dos de los cuales –las doctoras Mirta Roses y Ángela Gentile– tienen también formación y experticia en epidemiología. Otros dos, en cambio, se especializan en VIH/sida, y uno es especialista en enfermedades tropicales, trasmitidas por artrópodos.

No hay ningún gerontólogo, es decir, ningún especialista en el principal grupo de riesgo para la enfermedad por Covid-19. Si lo hubiera, sin duda habría señalado la notable coincidencia entre la textualidad de la consigna que se planteó desde el principio para este grupo, «aislamiento social de los adultos mayores», y lo que se enuncia desde hace años como principalísimo problema en este grupo etario: el aislamiento, la soledad, que tiene su precio en muertes, tanto por depresión como por inermidad ante eventos como la ola de calor que mató a miles de ancianos en Europa sólo el año pasado. ¿Cómo debe actuar la sociedad para que el aislamiento epidemiológico de los viejos vaya acompañado por la máxima cercanía afectiva y de asistencia a sus necesidades e inquietudes?

Para acercar respuestas a esta cuestión la Argentina cuenta con destacados especialistas en medicina familiar, y también con psicólogos que se han especializado en cuestiones vinculares. Ellos podrían aportar también a una difícil cuestión, cuya existencia invisible señaló hace unos días David Katz –director del Centro de Investigación en Prevención de la Universidad de Yale–, en The New York Times: los mensajes preventivos, en Estados Unidos y, agregamos, en la Argentina, no destacan o no mencionan la necesidad de distanciamiento social intergeneracional dentro de los hogares. El mandato «¡Quedáte en casa!» debiera incluir: «…pero no olvides mantener distancia social preventiva con tus familiares convivientes mayores de 50 o 60 años»; el distanciamiento social con un familiar querido suele ser difícil de cumplir, especialmente en una convivencia de 24 horas, pero su incumplimiento, advierte Katz, puede poner en cuestión la efectividad de los programas de aislamiento social.

Como vemos, falta en la integración del Comité una perspectiva interdisciplinaria. Y esta carencia se vincula sin duda con el modo como fueron elegidos sus integrantes, evidentemente sin mediación institucional: otro modo de elección hubiera sido recurrir a las entidades profesionales respectivas y a las universidades para que, con la necesaria perentoriedad, designaran representantes. Un comité que pusiera en contacto distintas perspectivas quizá no emitiría recomendaciones unificadas en las que el Poder Ejecutivo pueda descansar, pero brindaría los resultados de un debate cotidiano y diverso, que los funcionarios del Ministerio de Salud tomarían en cuenta para sugerir al presidente las decisiones que son exclusiva responsabilidad del Ejecutivo.

La modalidad y funcionamiento del Comité de Expertos no es quizás una cuestión central: pero su examen nos ha conducido a algunas de las cuestiones centrales, irresueltas, que presenta la pandemia en la Argentina.

 

 

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Escritor y Periodista

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