Cuando el futuro duele

A una semana de que un ignoto legislador se autoproclamara presidente de Venezuela para ser rápidamente bendecido por Estados Unidos, Brasil y sus aliados regionales subalternos, la situación no deja de empeorar. El sábado la Unión Europea congeló las cuentas del estado venezolano y le dio ocho días al gobierno de Maduro para que llame a elecciones, sumándose a la ofensiva de Trump. Mientras tanto Rusia, China e Irán se pusieron firmes del lado de Maduro pero no ofrecieron soluciones ni paliativos económicos para tan siquiera empezar a superar la profunda crisis que vive el país caribeño. Solo la prudencia y cohesión de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, cuyo líder Vladimir Padrino se pronunció a favor del respeto a la constitución pero también del díálogo, pudo evitar por ahora la guerra civil y el caos. Pero esto recién empieza.

Con Estados Unidos, Brasil y Europa jugados al cambio de régimen llegarán boicots, bloqueos y sanciones económicas. Esos que Maduro y sus apologistas venían utilizando como excusa para el colapso económico del país. Antes eran puras excusas: hasta ahora Estados Unidos compraba al contado el 60 por ciento del petróleo que Venezuela producía, y la dependencia en ese mercado había crecido del 40 por ciento cuando asumió Chávez. A pesar de toda la retórica ni Chávez ni Maduro expropiaron jamás un bien estadounidense, ni siquiera una franquicia de McDonald´s, y viceversa.

Pero ahora van a empezar las presiones económicas y políticas en serio en un país que lleva cinco años seguidos de crecimiento negativo y que perdió más de un tercio de su riqueza en ese período, y que además lleva más de dos años de hiperinflación. Habrá quienes culpen al imperio y tendrán parte de razón. También quienes le apunten a un gobierno ineficiente y corrupto que ha vaciado de legitimidad a sus principales instituciones. También tendrán su parte de razón

¿Y qué hay de la oposición? Se pasó casi un año negociando un acuerdo en Santo Domingo y se levantó de la mesa intempestivamente a último minuto en febrero del año pasado, cuando un borrador había sido acordado para un proceso electoral limpio y debidamente supervisado. En consecuencia, se rompió la Mesa de Unidad Democrática, la formación política que agrupaba a todas las fuerzas opositoras. Tres meses después esa misma oposición fue dividida a las presidenciales, permitiendo que Maduro sea reelegido: una parte se encolumnó detrás de la candidatura perdidosa de Henri Falcon; otra, quizás mayoritaria, se abstuvo de votar. Ese zigzagueo constante entre el compromiso y la confrontación ha desgastado a los líderes antichavistas y aún más a su militancia. Aunque miles de opositores siguen saliendo a la calle, ya no son la marea humana de antaño y además el aparato chavista también mantiene su poder de convocatoria y sus contramarchas neutralizan el movimiento de protesta.

Ya sea por el apetito del imperio, por la ineficacia del gobierno o los errores de la oposición, que cada cual que le asigne la porción de culpa que le parezca, lo que no se puede discutir es el resultado. Nada menos que el colapso económico, político legal y moral de una nación partida al medio. Y ningún desenlace imaginable parece inocuo para los que hoy más sufren. El precio de agitar y asfixiar a Venezuela para que Maduro deje el poder lo pagará el castigado pueblo venezolano. Los muertos de una eventual represión para sostener a sangre y fuego el proyecto bolivariano también los pondrán los propios venezolanos.

Es un país donde el hoy duele y el mañana todavía más.

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Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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