En la piel de Pikachu

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Cualquiera que haya estado una temporada en Mar del Plata, vio pasar un tren o un barco por la calle repleto de personajes de fantasías y dibujos animados en tamaño real, que bailan y cantan al ritmo de un grupo de turistas. Una joven cronista se entregó a las profundidades de la Disneylandia sobre ruedas, pero no todo lo que encontró fue diversión.

Por ROCÍO DÍAZ CORRAO

No sufro de claustrofobia, pero lo que está por venir no me simpatiza demasiado. Me acuerdo de la semana pasada, encerrada por tres minutos en el ascensor de la redacción en la que trabajo, y la respiración se me acelera.

Me saco el pantalón. Miro la calza corta que me puse abajo y sonrío por haber escuchado el consejo de llevarla. Dejo el buzo arriba del freno de mano y quedo en musculosa. Mientras pasan cientos de autos por el boulevard más conocido de Mar del Plata, yo resisto. Me siento incómoda, vulnerable.

Estoy prácticamente en bolas adentro del auto del dueño. Uno de los dueños de todo esto. Uno de los que maneja el negocio. El único que tiene una silla en toda la cuadra para poder descansar sus piernas sesentosas. No distingo el modelo ni la marca, sólo noto que es negro y que las bolsas de consorcio que cubren los asientos hacen que el momento parezca más oscuro todavía. Me siento sucia. ¿Para qué habrá puesto ese nailon? Sospecho que no debe querer sentir el sudor de todos los que esa noche pasaremos por ahí.

La única puerta abierta es la del acompañante, que funciona como un biombo para taparme de los curiosos que quieren mirar. Estamos estacionados en la Plaza Colón, frente a la Rambla, un lugar muy transitado por estos días de verano. El sol se está por terminar y este lugar es un paso obligado en la rutina de los turistas que vuelven de la playa al hotel.

—¿Trajiste desodorante para ponerle? Puede tener un poco de olor —me dice uno de los chicos mientras me alcanza una parte del traje.

Se olvidaron de uno limpio para mí, por eso tuve que esperar a que uno de mis compañeros de trabajo de esa noche llegara de su primer vuelta en el trencito y me diera el personaje que “más llama la atención”. Él se convirtió en el Hombre Araña, un disfraz mucho más ajustado al cuerpo que le permite, a sus 17 años, moverse con facilidad y lograr las acrobacias que caracterizan al héroe azul y rojo.

Me pongo el pantalón. Es de polar. ¡De polar! Un material hecho de botellas derretidas exclusivo para protegernos del frío del invierno. Me pasan la remera, de algodón en el torso y los brazos otra vez de polar. ”No te desmayes, no te desmayes, Rocío”, me repito como un mantra. Todavía falta ponerme el cuerpo del Pokemon y pienso que si me desmayo, muero de la vergüenza. Respiro profundo. Paso el brazo derecho, el izquierdo y quedo adentro. No puedo ver nada. ¿Qué hago acá? ¿Quién mierda me obligó a hacer esto?

—Ah, ¿también hay guantes?

Me los pongo y el olor a humedad mezclado con el poco amarillo que puede verse atrás de la mugre, me da nauseas. Siento asco, pero mi cara aparenta felicidad.

Ya estoy jugada. No hay marcha atrás.

Por dos horas no seré mujer, no me llamarán Rocío y no tendré 26 años. Para todos seré Pikachu. Incluso para los que saben que ahí adentro hay una periodista en busca de una crónica. Me dirán Pika Pika, Amigo Pikachu y hasta Pi-Ka-Chuuuuuu. Se sacarán fotos conmigo sin conocerme. Seguro apareceré en Facebook o en algún perfil de Instagram. No lo voy a saber. Porque esa noche no seré yo.

—¿Lista para arrancar?.

* * *

2

“¡Boletos, boletos para el tren!”. “¡Nos vamos de paseo!”. “¡Ya salimos!”. Acá en la vereda funciona así. Las palabras no están dirigidas a alguien en particular. O por ahí sí, a todos. Más bien al viento, que se las lleva a los que tienen ganas de escucharlas. A los que no tienen otra cosa por hacer. A los que justo pasaban por ahí. A los que bajaron la guardia y sin darse cuenta los engancharon.

Cual promotor de tiempo compartido, los encargados de vender los tickets se ganarían un Martín Fierro a la insistencia si ese premio existiera. “¡Ya salimos!”. “¡Boletos, boletos para el tren!”. “¡Nos vamos de paseo!”. Pasaron dos minutos y sólo cambiaron el orden. Ni la voz, ni el tono, ni las palabras.

—¿Papis, suben? Faltan unos minutitos nomás y ya salimos.

A veces, como la primera vez que me subí al trencito (siendo persona), esos “minutitos” se transforman en una laaaarga espera que provoca unas caras desencajadas en los padres que me hubiesen gustado retratar. El vehículo únicamente sale si está lleno o si se logró ocupar un gran porcentaje de asientos.

Hijos, nietos, sobrinos, ahijados. Siempre que pasan por la plaza quieren subir al trencito. Los más grandes muchas veces buscan pelear. A un Minion, a Dark Vader, a Mickey o a cuanta princesa de Disney se les cruce. Incluso a mí. Bueno, a Pikachu. Los más chicos, en cambio, son los únicos que disfrutan de todo. Los colores, la música y sus personajes favoritos en directo los conquistan rápidamente. A todos quieren abrazar. Con una mano, un saludo o una foto, son los más fáciles de conformar. Es en ellos donde está la clave. La inocencia de la que saca jugo este negocio.

Así me lo explica el dueño: “Esto funciona muy fácil, mientras el muñeco entretiene al nene, los otros tratan de venderle un boleto a los padres”.

Más tarde, yo misma seré víctima de ese mecanismo de trabajo que tampoco tiene los mejores modos para funcionar.

—Dejen de hablar y pónganse a vender —nos pide uno de los supervisores al Hombre Araña y a mí.

Está claro que aunque somos el eslabón principal de la cadena, somos también el más débil, el que pone en juego ese sudor que el dueño no quiere sentir en su auto, el del trabajo.

Más tarde, cuando el supervisor se entere que bajo el traje de Pikachu se esconde una periodista entregada a los desafíos de una crónica, cambiará el discurso. Se disculpará conmigo y aprovechará ese momento para desahogarse, para tirar sus bombas. Olvidará que en la escalera ficticia del orden laboral, tiene al dueño arriba y a los muñecos abajo. Se acordará que ese no es el trabajo que quiere. Ni para él, ni para ninguno de los que están ahí.

* * *

3

Siempre fui la más alta de la clase. En preescolar agarraba la mano de una sola compañera cuando hacíamos la fila para salir porque del otro lado no había nadie más, yo era la última. En la primaria me pasó lo mismo, aunque tenía su beneficio: el chico que me gustaba también era el más alto, así que aprovechaba la posición para poder hablar con él. En la secundaria puedo contar con una mano las pocas veces que armamos una hilera, pero sí, también me tocaba el último lugar. Esta noche no es la excepción. Otra vez la altura me condiciona. Aunque en realidad mis 1.66 metros no tienen demasiado que ver. Son las orejas de Pikachu las que no me permiten avanzar.

Acabo de subir al tren por primera vez con el traje puesto y no pasaron más de diez segundos que ya no puedo caminar. “¡Agachate Pikachu!”, me grita un nene que no alcanzo a ver. Me metieron por la puerta trasera y los demás personajes quedaron del otro lado, cerca del conductor. Alcanzo a ver por uno de los tres agujeros que tiene la cabeza del muñeco que, en el centro, el techo es más alto. Intento ir hacia ahí. Por suerte, el animador se da cuenta que no estoy entendiendo mucho la situación, me agarra de la mano, me lleva a un asiento vacío y me dice: “Amigo Pikachu vas a sentarte un rato por acá”. De pronto se me viene a la cabeza la vez que subí sin ser un muñeco y recuerdo que cada personaje es presentado al principio del viaje. ¿Quién será el primero esta vez? ¿Yo? ¿Y si me toca a mí qué hago? Me descompongo. Me va a nombrar. Ley de Murphy: si algo puede salir mal, va a salir mal.

—Con ustedes… nuestro amigo… Pi-ka-chuuuuuuuuuu.

Sólo veo flashes y celulares registrando todos mis movimientos. Los nenes aplauden, los padres filman. Por primera vez me doy cuenta que es de noche y que el trencito tiene luces de colores. Muchas. Siento la alegría, la puedo respirar. Suena reggaetón, es lo único que pasan por estos tiempos en los espacios infantiles. No sé bien qué tema es, yo escucho a Shakira, Carlos Vives y la bicicleta. Me gusta. Así que aspiro a recordar algún paso que aprendí en la clases de zumba que empecé hace unas semanas y me lanzo a la nada misma. Voy de acá para allá como puedo. Moverme con este traje que me dobla en tamaño es bastante incómodo. Pero trato de que no se den cuenta, más que nada los chicos que en este momento están viendo a su personaje favorito y no a mí. Los brazos como viboritas, la cadera para la izquierda y la derecha. Tengo que avanzar de costado, de otra manera no entro. Hago cinco, seis, siete, ocho pasos más ¡Esto ya está bueno!

Cuando empiezo a disfrutarlo, cortan la música. Mi presentación terminó y tengo que volver al asiento en el que me depositaron al principio. Por suerte, cuatro lugares más adelante hay una nena que me saluda. Cuando le respondo, vuelve a sonreírme y otra vez a saludarme. Me estoy divirtiendo.

Después de las presentaciones de mis compañeros: el Hombre Araña, Rapunzel y la Doctora Juguetes, comienza una seguidilla de temas para bailar. Siempre reggaetón. Me paro y veo a otra nena que me habla emocionada. Un Pikachu de peluche asoma por sus manos. La miro, pero claro, ella no se da cuenta. Como me sale, señalo el muñeco con mi mano y luego a mí, trato de decirle: “Soy yo”. Se ríe. Me da la mano y salimos a bailar.

Se acercan a mí varios nenes más, no los cuento. A pesar del calor que empiezo a sentir, no estoy sufriendo este momento. Alcanzo a ver que estamos en calle Buenos Aires y sé que vamos a llegar pronto. “Primero voy a sacarme un rato esto, así respiro un poco, y después tomo agua, tengo mucha sed”, pienso.

—Amigo Pikachu, te necesitan acá adelante —escucho que dice el animador.

No entiendo bien, tal vez hay un nene que quiere una foto o sólo saludarme. Voy. Cuando llego cerca del conductor, me vuelvo a trabar. El techo otra vez es más bajo. Pero una mano que me agarra y me tironea para bajar por las escaleras no me deja protestar demasiado.

—Se viene la segunda vuelta, ¡ahora la experiencia barquito! —me grita el hijo del dueño.

¿Quéeeeeeee? No quiero, no quiero, reniego en mi cabeza y casi sin darme cuenta estoy otra vez arriba, aunque ahora de un barco. Claro, con ruedas. Me siento una nena de cinco años que no quiere que la mamá la deje sola en el jardín. Acá sí que no me conoce nadie. No hay un animador que sepa quién soy, y el otro Hombre Araña no es mi amigo. Este es como el que se pone negro en la tercera película, no me gusta, yo quiero al otro. ¿Y si me bajo?

—¡Se te cayó la cabeza Pikachu! —me grita un nene.

Estoy cansada y ya no tengo ni precaución con el traje. Siento una gota que me corre por la espalda, intento secarla, pero obviamente no puedo. No tengo idea de la temperatura afuera, sólo puedo acordarme del actor que se disfrazaba del Barney original en Estados Unidos y soportaba 50 grados de calor adentro del muñeco. Hace que me duelan los hombros. Me enoja.

Alcanzo a ver que también están en el barquito Pepa Pig, Minnie, y un perro que no sé ni cómo se llama. No hay chicos en mi familia, por eso no miro dibujos animados hace mucho tiempo. Mi última cercanía con Disney Channel, Cartoon Network y Nickelodeon fue hace como dos años cuando trabajaba de niñera.

Acá también me presentan, pero mi emoción no es la misma. Me muevo lo suficiente como para que no piensen que soy una ortiva y me siento. Otra vez reggaetón y a bailar. Tengo miedo de caerme. Mis reflejos no son iguales que hace dos horas cuando me puse el traje y no puedo manejar bien los movimientos del andar del vehículo. Encima me agarra una nena dispuesta a no soltarme hasta que lleguemos a la plaza. ¿Y si me caigo arriba de ella? Diooossss, ¡que termine esto! Jamás animé un cumpleaños y no me caracterizo por ser muy divertida. Los cuatro bostezos seguidos de la nena terminan de confirmarlo.

Cuando pienso que las cosas no pueden empeorar más, el celular que puse entre el elástico de la calza y el pantalón de polar amarillo se suelta. Siento cómo se va deslizando por la pierna hacia el piso. Si se llega a caer, cagué. Voy a perder todas las anotaciones que hice cuando estaba en la vereda. ¡Y la entrevista con el dueño! Pero no puedo sentarme, la nena se va aburrir más todavía. Junto las rodillas para trabar al aparato y bailo hasta que termine la canción. Parezco un pingüino. Un pingüino chueco.

—¿Y?, ¿cómo te sentiste? —la voz del hijo del dueño me trae a tierra. No sé cómo bajé ni cuándo llegamos. Sé que el viaje terminó.

—No lo vuelvo a hacer nunca más.

* * *

4

—¿Puedo tomar agua? —pregunta, con la ingenuidad de sus 11 años, la Doctora Juguetes al dueño.

—Sí, como siempre. Pero andá para allá —responde él.

“Allá” es atrás del trencito. Dicen los defensores de “no perder la fantasía” en los grandes parques infantiles, que los nenes no deben ver quiénes se esconden debajo de sus personajes favoritos. Acá en el Tercer Mundo, lejos de las imponentes hectáreas del mundo mágico que creó Walt Disney en los años 70, las cosas parecen funcionar igual. Si se tiene sed hay que esperar hasta que el trencito vuelva y se estacione, agarrar el bidón comunitario que está al lado de un poste e irse para “allá”.

Cuando se quiere ir al baño pasa algo similar. Hasta las 9 de la noche están abiertos los públicos de la plaza. Después hay que aguantar: “¿O alguna vez viste un muñeco entrando a un restaurante?”.

Un trencito, barquito o lo que sea diseñado para pasear familias por la ciudad mientras bailan y cantan acompañados de personas disfrazadas de dibujos infantiles, vende cerca de 200 boletos por noche. A un precio promedio de $50 por pasajero, el dueño de uno de estos vehículos obtiene más o menos unos $10.000 por una jornada que empieza a las 18 y termina cerca de la 1 de la madrugada.

Según uno de los empresarios, cerca de un 30% se va en gastos. Entre ellos los sueldos, la nafta y el seguro. Pero si más o menos esos números se mantienen durante todo el mes, el dueño de uno de estos trencitos puede ganar unos $200 mil en treinta días, que en el caso de aquel que tiene dos transportes se duplica a $400 mil.

A los animadores y a los vendedores, que son mayores de edad, les pagan entre $400 y $500 por noche. A los personajes, que son alrededor de 12 por trencito y la mayoría tienen entre 14 y 15 años, no más de $200. Aunque casi todos reciben el mismo dinero por su trabajo, cuenta un animador que “muchos agarran lo que les dan y otros más o menos la pelean”. A pesar de que a veces están en la plaza más de las seis horas estipuladas, el pago es el mismo. Siempre en negro.

Los descansos, por otro lado, suelen ser de quince minutos, pero “todo depende del humor del dueño”.

El animador ejemplifica (la protagonista es de nuevo la Doctora Juguetes):

—La nena quería unos minutos para comer la vianda que se había llevado de su casa. Tenía hambre porque ese día no había podido almorzar. Pero el dueño no la dejó. Y a pesar de que lloró, lo único que consiguió fueron palabras como ‘hay que vender’, ‘seguí así vestida’ o ‘hay que traer gente’. Recién casi una hora después pudo cenar.

—¿Nunca tuvieron una inspección?

—Han pasado, pero le dan una par de vueltitas gratis para el trencito y se olvidan.

* * *

5

Los primeros trencitos llegaron a Mar del Plata a principio de los años 80. Hasta ese momento lo único que había era un vagón que salía de Arenales y Colón y llevaba a los nenes a dar vueltas por la plaza frente al Casino Central. Cuando llegó “la alegría” de la mano de los personajes y la posibilidad de sumar a los padres en el paseo, también llegó el éxito para el rubro.

Goofy, Pluto, Mickey, el pato Donald, Superman, la Mujer Maravilla y la Pantera Rosa fueron algunos de los primeros muñecos que se subieron a un trencito en la ciudad. Hechos de fibra de vidrio, hicieron “la revolución” por esos años. El recorrido se amplió: “Íbamos hasta Punta Iglesias, dábamos la vuelta por San Luis, bajábamos a Colón y volvíamos a la plaza”, cuenta uno de los dueños en la actualidad. Más o menos el mismo recorrido que hacen ahora.

No existían los salones infantiles, por eso la llegada del trencito fue realmente novedosa. “Hacíamos cumpleaños adentro, bajábamos en distintas paradas para romper la piñata o soplar las velitas y hasta pasábamos Súper 8”, recuerda el hombre que hoy tiene casi 70 años y fue el primero en obtener un permiso para esta actividad en Mar del Plata. “Yo tengo la licencia número 1”, dice y se enoja porque en los últimos años otros comerciantes dedicados a lo mismo “tienen éxito gracias al trabajo de nosotros y encima quieren quedarse con los mejores lugares de la plaza”.

En la actualidad, hay siete vehículos que pertenecen a cinco empresarios diferentes. Todos salen y llegan a la misma cuadra de la plaza Colón frente a los clásicos lobos marinos. Todos tienen la misma forma de trabajo y hasta repiten personajes. Todos explotan el negocio únicamente en verano. El resto del año son remiseros, jubilados o transportistas. “Nadie puede vivir de esto. Yo quise quedarme dos años, pero no llegué ni a las vacaciones de invierno”, sostiene el comerciante. Vive en ciudad de Buenos Aires, llega Mar del Plata en diciembre y por lo general se queda hasta después de Semana Santa.

“Nosotros trabajamos con el turista, con el local te morís de hambre. Tenemos una empresa de turismo y vamos donde va el turista. Si tengo que ir a Córdoba, voy a ir a Córdoba. Encima las temporadas son cada vez peores en Mar del Plata, porque no hay inversión. Hay más villas que en otra ciudad del país y no hay proyecto de que cambie. Y encima te discriminan porque no te quedás acá en el invierno”, escupe casi sin respirar.

Para él esto no es un negocio, sino “un proyecto familiar que creció a pulmón”. Fue en 1982 después de participar en los desfiles de primavera en Saavedra que salió la idea de traer a Mar del Plata el trencito que habían armado entre varios hermanos sobre una camioneta. Después crearon otro sobre un Ford 350 y más tarde un barquito pirata con la base de una lancha. “Fuimos aprendiendo de la inexperiencia y hasta tuvimos nuestro salón infantil”. Hoy, junto a uno de sus hijos, tiene también un trencito en San Bernardo y otro en Villa Gesell, y además el resto del año en Buenos Aires organizan cumpleaños, casamientos, inauguraciones de algún negocio relacionado con lo infantil y hasta una carroza en Navidad. “Creatividad sobra, lo que faltan son años para hacer todo lo que tengo en la cabeza”, concluye.

* * *

6

Ya no estoy disfrazada. Sin embargo, sigo sonriendo como si alguien todavía quisiera sacarse una foto conmigo.

—Pasa seguido —me dice el Hombre Araña como si me leyera la mente—. Una vez que te acostumbras al traje, te lo sacás pero parece que lo seguís teniendo por un rato largo.

Espero. No sé qué cosa. Me alejo un poco del ruido. Lo necesito.

Una nena se acerca a saludar al Hombre Araña. Su cara lo dice todo: no puede creer que está tan cerca de ese héroe que adora. Él se agacha para estar a la misma altura y la nena se abre el cierre de su campera con la ayuda de su papá. Abajo, el personaje rojo y azul se asoma colgado de una gran tela de araña. Él le acaricia el pelo. Ella se levanta el abrigo y le muestra que abajo, una remera también lo lleva a todas partes. Se abrazan. No les hacen falta las palabras

Desde donde estoy todo es música, luces, colores y sonrisas. Así imagino que lo ven muchos de los turistas que pasan distraídos. Un vendedor me saca de mis pensamientos.

—¿Cómo te llamabas?

—Rocío.

—¿Y qué hacías acá?

—Soy periodista.

—No te olvides de contar que en este lugar hay trabajo infantil —me susurra cuando el dueño se aleja.

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