Marcha Nisman

 

Fue una marcha muy linda, de eso no tengan dudas. En vivo o por televisión fue una marcha masiva, sentida, respetuosa, evocativa. Miles de personas reclamando justicia en medio de tanta corrupción y tanta impunidad. Miles de personas caminando bajo la lluvia exigiendo la verdad sobre la muerte de un fiscal que apareció muerto después de denunciar a la presidenta por encubrimiento del peor atentado terrorista en la historia argentina. Un atentado que 21 años después, seguimos sin saber quienes fueron los culpables. Miles de personas acompañando el dolor de la familia del fiscal Alberto Nisman, quien hace apenas un mes apareció en el baño de su casa con un balazo en la cabeza.

Fue una marcha muy linda, sí, pero al día siguiente Argentina amaneció más dividida, más desunida, más partida.

Triste el título de tapa de mi diario, Página/12:   «Bajo el paraguas de la muerte.» Triste que en mi diario ninguno de los intelectuales, políticos, magistrados y demás personalidades públicas, incluyendo muchos progresistas, que habían asistido a la marcha convencidos y de buena gana, tuviera una columna de opinión para explicar por qué fue y qué sensación le produjo su participación. Triste leer a una reconocida firma insistiendo con ese verso gastado del «golpe blando» como si no supiera que Cristina llega tranquila y bien al final de su mandato, con la fusta debajo del brazo, por virtudes propias pero también por el aprendizaje democrático de toda la sociedad.

Tan triste como las omisiones de Clarín y La Nación, donde los miembros de las tres agrupaciones que nuclean a las víctimas de los familiares de la AMIA no tuvieron espacio para contar por qué se abstuvieron de participar en la marcha, lo mismo que una mayoría de los cerca de ochenta fiscales del fuero federal, así como numerosos magistrados, intelectuales, políticos y personalidades públicas, incluyendo varios antikirchneristas, que brillaron por su ausencia en dichos matutinos. Triste que en esos medios nadie pudiera argumentar que una marcha a favor de Nisman es también, en buena medida, una marcha en favor del oscuro y hoy vilipendiado agente de inteligencia Jaime Stiuso, porque Stiuso dirigìa a Nisman en la investigación del atentado, según contó el propio juez de la causa AMIA, una investigación que tras casi diez años bajo la conducción de Stiuso-Nisman parece haber avanzado poco y nada.

Entonces uno termina de leer los diarios, termina de escuchar las radios de la mañana después, y ni siquiera necesita llegar al cotorreo de la televisión para ver cómo una marcha opositora disfrazada de marcha de todos se blanquea como marcha de la oposición y recuerda cómo el día anterior, horas antes de la marcha, Crsitina había arengado a la militancia k por cadena nacional, haciendo de cuenta que le hablaba a todo el país.

Y me da pena que una marcha por la verdad que convocó a tantos argentinos de buen corazón oculte tantas verdades.

No me gusta hacer de aguafiestas. Pero no tengo la culpa de que cinco años antes de que Nisman apareciera muerto, Wikileaks me haya confiado una serie de cables secretos del Departamento de Estado estadounidense que demuestran sin lugar a dudas que el fiscal recibía órdenes de la embajada norteamericana y que por lo tanto llevó adelante una investigación incompleta y parcial, provocando la desconfianza e indiganción de decenas de familiares de víctimas de la AMIA que el miércoles eligieron no marchar en honor a su memoria. Tampoco tengo por qué ocultar que en la denuncia que Nisman le hizo a la presidenta no presentó prueba alguna y que dicha actitud es por lo menos irresponsable, más allá de la íntima convicción que pueda tener el fiscal

Tampoco tengo la culpa de que la presidenta haya multiplicado su patrimonio durante su mandato y el de su marido, en sociedad comercial con el principal contratista de obra pública del país, mediante negocios opacos y plagados de conflictos de interés según muestran, también sin lugar a dudas, sus declaraciones juradas ante el Estado y el fisco, provocando la bronca y la irritación de miles de argentinos que eligieron la marcha del miércoles para expresarla. Y tampoco que la presidenta haya engordado la marcha con su actitud grosera de no extender sus condolencias en nombre de todos los argentinos a la familia del fiscal muerto, y que haya engordado la marcha aún más al embarrar la cancha nombrando sospechosos y suspicacias en su página de Facebook, mirando de reojo a las encuestas de opinión.

Y tampoco que una ley de medios consensuada entre los principales académicos expertos en el tema, con amplio apoyo de actores del sector, votada por mayoría holgada de socialistas y radicales además de peronistas federales y kirchneristas, ratificada por la Corte Suprema, con el propósito sano y democrático de poner límite a uno de los principales grupos económicos del país, que ejercía una posición dominante en casi todos nuestros mercados infocomunicacionales, de un extremo al otro de la cadena de producción y emisión de contenidos, hiciera que ese multimedios entre en guerra con el gobierno, y que ponga todo su todavía considerable poder de fuego mediático al servicio del éxito de la marcha, y que luego use ese éxito para golpear y debilitar a su enemigo.

O que al mismo tiempo y en sentido contrario, que el gobierno haya usado esa legislación para entrar en guerra con el Grupo Clarín, y que haya desvirtuado esa ley de medios a través del uso faccioso de su organismo de control y del reparto generoso y antojadizo de la publicidad oficial, para crear su propio multimedios estatal y paraestatal, y que se haya valido de ese multimedios oficialista para ofender y para intentar asustar a los participantes de la marcha, tildándolos de o dando a entender que los consideraba golpistas y narcotraficantes.

O que el gobierno y las grandes corporaciones que lo enfrentan compitan por cooptar magistrados federales con sobres y prebendas y chantajes varios, y que los muchos que se resisten y que honran la profesión sean invisibilizados por los héroes mediáticos de uno u otro bando.

Todo esto y muchas cosas más, que todos sabemos o intuimos pero que a veces no nos animamos a decir, o tan siquiera a pensar, puede ponernos un  poco tristes cuando leemos los diarios y escuchamos las radios del día después, y hasta sacarnos de quicio cuando miramos el blah blah blah de los debates por tevé.

Pero no olvidemos que fue una marcha linda, tanto para los que fueron como para los que, por una u otra razón, la seguimos por televisión.  Una marcha sentida, generosa y respetuosa, de gente buena en su inmensa mayoría, de argentinos comprometidos con una Argentina mejor. Una marcha que tuvo el noble propósito de exigir verdad, de exigir el fin de la impunidad. O sea, un sinceramiento de las distintas ramas del Estado y de los distintos poderes fácticos, de nosotros, de lo que hacemos, de lo que decimos y de lo que representamos.

Para acortar tanta distancia, más allá de las saludables y respetables diferencias.  Para animarnos a cerrar viejas heridas que aún nos duelen y hacen mal.

 

 

Publicado el 20 de febrero de 2015.

 

 

 

 

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de cuatro libros: ArgenLeaks, Politileaks, Derechos Humanos® La historia del CELS y Argenpapers. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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