Corrupción en Argentina

Antonio Di Pietro. Llega precedido por su fama mundial de experto en corrupción, un tema candente en la Argentina de hoy. Tenemos la oportunidad de preguntarle.  Tenemos al protagonista de la megainvestigación “Manu Pulite” de los años 90 en Italia, que terminó con cientos de legisladores, docenas de ministros y varios presidentes de partido condenados, según él mismo se encargaría de enumerar. Nos damos la mano, mesa de por medio, en un salón privado de un hotel del centro a dos cuadras de la Casa Rosada. Él está impecable: camisa blanca, traje oscuro, corbata al tono, todo de primera. Saluda mirando a los ojos. Estamos con Daniel Santoro de Clarín y Rafael Saralegui de El Guardián. También están Oscar Feito, que armó el encuentro, y un traductor y nadie más. ¿Cuáles son las reglas de juego? Oscar se lo pregunta a nuestro ilustre invitado. No hay restricciones, todo se puede contar, contesta el ex fiscal con una gran sonrisa.

Entonces aprovecho para preguntarle por la corrupción en la Argentina. ¿Hay poca? ¿Hay mucha? ¿Más o menos?

 

“En lo específico no conozco la problemática…” arranca diciendo. “La corrupción es un problema sistémico que está en todos los países”. Sigue un poco más y vuelvo a preguntarle. Disculpe señor fiscal, pero usted es considerado uno de los expertos más grandes del mundo en el tema corrupción. Mi pregunta es si usted percibe o nota que acá hay mucha corrupción o no tanta. “No conozco la situación, más allá de lo que se publica en los diarios… ”  vuelve a atajarse. Cuando termina la respuesta, a riesgo de faltarle el respeto, decido insistir. Para mí es bastante evidente que hay mucha corrupción en la Argentina, y en particular en el gobierno nacional, desde donde el patrimonio admitido de la presidenta Cristina Kirchner ha crecido un mil por ciento. Disculpe, le digo, no suelo hacer la misma pregunta tres veces seguidas, pero por ahí no me hice entender: quiero saber si para usted Argentina está más cerca de Costa Rica y Suecia, o de Paraguay y Ucrania, por decir algo, le digo. Contesta con paciencia, pero vuelve a escaparle a la pregunta.  Dice que no se puede generalizar. “Además sería ofensivo hablar de más o menos corrupción cuando en todos los sistemas hay mucha gente honesta que podría ofenderse si decimos que es corrupta. “

Ahí me cae la ficha. Tarde, para variar. Caigo en cuenta que estoy sentado frente a un político. Un político que sabe mucho de corrupción, y que ha sido muy valiente enfrentándola cuando era fiscal, sobreviviendo atentados y persecuciones judiciales y asesinatos de colegas. Un experto en corrupción que contará cosas muy interesantes durante las dos horas en que hablamos con él, pero político al fin. Fundador del partido Italia de los Valores,  aliado al Partido Democrático que hoy encabeza el gobierno italiano,  ya ha sido diputado, senador, eurodiputado y dos veces ministro de Prodi.  Había leído en La Nación que había venido a la argentina para participar en un congreso organizado por el subsecretario de Justicia de Macri. Luego me enteraría que también se había reunido con Massa y con Lorenzetti. Me imagino que también habrá pasado por la Rosada o tenía expectativas de hacerlo.

Durante la entrevista Rafa, Daniel y yo tratamos de sacarle alguna definición sobre lo que está pasando acá, a horas nomás de las PASO, después de que Lanata instalara a la corrupción como el tema central de los domingos a la noche, mientras el kirchnerismo contesta que el problema no es la corrupción sino la utilización política de denuncias falsas o incomprobables para esmerilar a un gobierno que hace las cosas bien. En un punto Daniel menciona que Argentina aparece muy abajo en el índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional (TI). Di Pietro contestó largamente que los países que encabezan el ránking de TI son unos hipócritas porque usan paraísos fiscales, y el uso paraísos fiscales es una forma de corrupción. En Italia, ejemplifica, los paraísos fiscales son el Vaticano y San Marino.

Cierto, pero los paraísos fiscales son utilizados por empresarios y ahorristas de  todo el mundo, más allá del nivel de corrupción de sus respectivos gobiernos, digo. En Chile nadie se animaría a coimear a un carabinero;  acá con la policía bonaerense es cosa de todos los días, agrego. Le estamos preguntando por esa corrupción, esa que emana de la discrecionalidad en el uso del poder, y que va desde la adjudicación a dedo de un gran contrato, hasta la anulación de una multa de tránsito, pasando por la facilitación de un trámite burocrático, todo a cambio de distintas sumas de dinero en negro,  le digo a Di Pietro. Por ejemplo, redondeo, uno se imagina que en Italia hay más corrupción que en Suiza o Alemania. ¿Es así?

“Le voy a contestar con lo que me contó un importante empresario suizo,” me contesta Di Pietro. “El empresario me contó que cada vez que viaja a Italia en su Mercedes Benz, mientras está en territorio suizo conduce a la velocidad máxima de 90 millas por hora. Pero en cuanto cruza la frontera acelera a 180. ¿Por qué? Porque la corrupción es un tema cultural, un fenómeno social que excede al gobierno de turno,” concluye.

 Siguiendo el mismo ejemplo, ¿Argentina es Italia o Suiza? Le pregunto al fiscal.  Se ríe. “Argentina limita con el océano, puede ser muchas cosas,” se escapa otra vez.

Tampoco tiene mucho para decir sobre la reforma judicial de Cristina. Con respecto a los cambios en el Consejo de la Magistratura, dice que él ni siquiera está a favor de que exista dicho consejo, cree que los jueces deberían tener todo el poder para decidir sobre sus promociones y actos de indisciplina, sin ser supervisados por representantes de otros poderes o la sociedad civil. Por lo tanto, le parece mal el elegir a los consejeros por votación popular. Dice que dichas elecciones politizan la justicia, algo que él mismo vivió en carne propia en su pelea judicial y mediática con el ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi.

De esa pelea Di Pietro aprendió el peligro que significa una empresa de multimedios con posición dominante para la transparencia de una nación. Hablaba de Berlusconi, pero era difícil no pensar en Clarín. “Berlusconi controlaba una cantidad importante de los diarios y canales de televisión, radio y telefonía, y esos medios decían que todo el tiempo que todo lo que hacía Berlusconi estaba bien, y todo lo que hacía la oposición estaba mal. También podía usar sus medios para atacar a un competidor en un negocio. Agnelli (el dueño de la FIAT) no tiene una editorial, pero si la tuviera podría usarla para buscar información sobre sus competidores en la industria automotriz. Por eso presenté legislación en el Europarlamento para que los dueños de medios no puedan participar en otros negocios y se dediquen exclusivamente al negocio editorial.”

Igual, digo yo ahora, no se lo dije a él, no creo que su propuesta saque muchos votos en el Europarlamento. Suena anticuada para el mundo hiperconectado en el que vivimos hoy, donde los medios tradicionales dependen de un pequeño número de grandes corporaciones (o ayuda estatal) para sobrevivir, mientras los estados y empresas cooptan o desarrollan medios para comunicar incontaminados por la injerencia del periodismo crítico.

Cuando aflojamos un poco con las preguntas sobre Argentina Di Pietro nos contó una historia muy interesante sobre cómo combatió la corrupción en sus años de fiscal general de Italia. Dijo que el criminal siempre es más rápido que el guardia porque el criminal acciona mientras el guardia reacciona. Por eso el guardia casi siempre llega tarde. O sea, el crimen evoluciona más rápido que la represión. Entonces, contó el ex fiscal, para ganarle al criminal, el guardia tiene que innovar, inventar estrategias que el criminal ni siquiera imagina. El policía, fiscal o juez deben estar por delante del ladrón en innovación. Es lo que hizo él.

¿Y cuál fue su innovación? En Italia, el delito de corrupción es un delito de acción pública, le cabe a los funcionarios públicos. Antes, cuando se investigaba la corrupción, contó Di Pietro, se investigaba a los funcionarios públicos. Sobre todo, se evaluaba el acto en sí por el que estaba acusado de corrupción el funcionario, y se evaluaba si el nivel de vida del funcionario acusado estaba acorde con sus ingresos declarados. Pero los funcionarios empezaron a usar testaferros para ocultar sus ingresos extraordinarios, explicó el ex fiscal. Entonces su innovación consistió en investigar a los empresarios, particularmente aquellas empresas con cuentas en paraísos fiscales. Porque para pagar coimas hay que tener plata en negro y la mejor manera de tener plata en negro es esconderla en un paraíso fiscal. Entonces Di Pietro iba a las empresas que tenían cuentas off shore y revisaba sus balances. Cuando veía algo raro en el balance, alguna cifra o categoría de gasto difícil de explicar, entonces ponía la lupa en esas cuentas y ponía presión sobre el empresario, valiéndose de una ley fiscal que penaba con cárcel la falsedad deliberada en los balances contables. Entonces el empresario rompía su matrimonio de conveniencia con el político coimero y así  Di Pietro y compañía pudieron apresar a tanto político corrupto.

El corolario de esta historia es que el aparente final feliz no lo es tanto, cuenta Di Pietro. Operativo Manos Limpias no terminó porque se acabaron los políticos corruptos en Italia a mediados de los años noventa, dice Di Pietro, sino porque Berlusconi frenó la iniciativa judicial. Berlusconi le hizo la guerra a los jueces, dijo Di Pietro,  y logró el pasaje de tres leyes clave para asegurarse su impunidad. Una de esas leyes elimina la pena de cárcel para la falsedad en los balances. Otra ley reduce los plazos de proscripción para crímenes financieros. La tercera ley no permite utilizar pruebas recogidas en una causa judicial como evidencia en otro proceso contra el mismo acusado.  “Si un tribunal le embarga un auto a Berlusconi pero pierde el juicio, otro demandado no puede embargar el mismo auto,” ejemplifica el ex fiscal.

Entonces van ganando los malos, al menos en Italia, nos informa Di Pietro. Ni hablar de Argentina. ¿Hace falta? 

 

Publicado el 10 de agosto de 2013.

 

 

 

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de cuatro libros: ArgenLeaks, Politileaks, Derechos Humanos® La historia del CELS y Argenpapers. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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