Brasil

Debe haber un motivo muy profundo para lo que está pasando en Brasil. Nadie sabe. Hablo y en Brasilia, San Pablo y Rio la gente está asustada por que no sabe lo que va a pasar.

Un millón de personas en la calle; violencia, desmanes, saqueos y descontrol. Empezó con el precio de los pasajes de colectivos, carísimos, pésimo servicio, dos viajes horribles de dos horas cada día para ir a trabajar en las grandes ciudades. Protestas en Sao Pablo de un grupo de estudiantes por un aumento de menos de diez centavos de dólar. Convoca un grupo por la gratuidad del transporte público llamado Movimiento Pase Libre, miembro del foro social de Porto Alegre. La protesta crece: mil, cinco mil, diez mil manifestantes porque el aumento irrita, porque hay mal humor. La inflación irrita. La oficial (en Brasil es posta) no pasa del siete por ciento, pero en alimentos es más del doble, llegando al quince por ciento. Hace muchos años que en Brasil no hay tanta inflación y encima le llega a una economía estancada. Encima se juega la Copa de las Confederaciones de futbol, una fiesta nacional, y muchas veces el goce ajeno acentúa las miserias propias.

Hasta hace diez días no pasaba más que eso: estudiantes de izquierda con una buena causa, protestas crecientes estimuladas por un sutil mal humor social. Protestas, cuando no ignoradas, retratadas con cierto desprecio por los grandes diarios y noticieros, como transgresiones de jóvenes revoltosos y a veces violentos que no respetan la ley. Una semana más tarde la calle era otra. El jueves, en el clímax de la protesta, ya no era unos pocos miles de estudiantes politizados de San Pablo y eventualmente Rio, sino un millón de jóvenes mayormente despolitizados de las clases medias de todo el país.

En el medio pasó de todo. Primero, la brutal represión de las distintas policías, empezando por la de la gobernación de San Pablo, que dejó un saldo de dos muertos y cientos de heridos. También, la incapacidad para negociar y consensuar de los alcaldes y gobernadores que impusieron el aumento del colectivo, y la demora en dar marcha atrás con la medida ante la ola de rechazo. También, en medio de las protestas empezó a jugarse la Copa, con sus lujos, sus extravagancias, su realeza y sus elefantes blancos. Los jugadores, acaso un poco avergonzados por el contraste, se solidarizaron con la protesta y la hicieron crecer.  Los grandes medios se dieron vuelta y empezaron a promover las protestas con letras de molde. En un clima a esa altura ya descontrolado, el lunes Dilma fue abucheada hasta por los privilegiados que pudieron pagar casi un salario mínimo por una entrada del partido inaugural.

Cuando llegó la multitudinaria protesta del jueves la calle había cambiado. Ya no estaban los grupos gay, los grupos indigenistas, y los demás movimientos sociales que había acompañado al principio a los estudiantes de Pase Libre. Tradicionales aliados del gobierno, aunque se le acuse a Dilma de no cobijarlos tanto con Lula, uno a uno fueron anunciando en las redes sociales que ya no participarían en la protesta. Su lugar fue ocupado por jóvenes vestidos con los colores de Brasil que protestaban sin ninguna consigna clara contra el gobierno, contra los políticos, que gritaban “el Pueblo despertó” y se largaban a cantar el himno. Jóvenes alienados y desilusionados que denunciaban la corrupción, bandas fascistoides que les pegaban a quienes osaran salir a la calle con remeras rojas, borrachos que rompían botellas en el asfalto y tránsfugas que saqueaban negocios aprovechando la confusión. Nadie parecía demasiado enojado por nada en particular y casi todos querían salir en televisión. Un carnaval sin música, según alguien que estuvo ahí, entre 300,000 cariocas movilizados.

El viernes, después de un día de furia, Pase Libre anunció que ya no convocaría protestas porque no estaba de acuerdo con muchas de las nuevas consignas y porque quería contribuir a la paz social. El clima se apaciguo, aunque la tensión y el miedo persiste, los manifestantes se desmovilizaron, al menos por ahora.

No es fácil descubrir por qué el fastidio estalla en enojo, menos cuando un gobierno tiene un alto nivel apoyo en la opinión pública, en el caso de Dilma, por encima de los dos tercios. Pero si de Brasil se trata, seguro que el fútbol tuvo algo que ver. Quizás tuvo que ver con el absurdo de hacer construir un gran estadio en Brasilia, Para que lo usen en la copa y el mundial en una ciudad sin tradición futbolera, donde el equipo más importante languidece en la primera C. Quizás influyó la gentrificación de las masas que acudían al viejo y querido estadio Maracaná, cita obligada de negros y pobres, de putos y putas, durante décadas de precios populares para la torcida, hoy transformado en un crucero de lujo para la elite blanca que puede pagar los más de cien dólares que cuesta asistir a un match. En la calle, en medio de consignas difusas la gente hacía saber su malestar por los gastos exorbitantes por esta Copa de Confederaciones, que demandó la construcción a nuevo de algún estadio y la remodelación de varios más, más la Copa Mundial del año que viene más las Olimpíadas del 2016. Pero al mismo tiempo están chochos. Van a las marchas y queman sus boletos de la Copa, pero antes usan esos boletos para ir a la cancha y disfrutar del espectáculo. Se quejan por la falta de transparencia en el manejo de los fondos para los megaeventos deportivos, pero no dejan de destacar la actuación del equipo y los goles Neymar. Protestan porque los estadios deben tener “Estándar FIFA” por más que cueste una fortuna. Los aeropuertos deben tener “Estándar FIFA” y los hoteles que alojan a los jugadores también deben tener “Estándar FIFA”. Todo bien, pero semejantes logros abren el apetito para tener una educación “Estándar FIFA” y sobre todo un sistema de transporte público “Estándar FIFA”. Más allá de los matices y las mutaciones, me parece que lo que la gente salió decir, por razones profundas que apenas intuimos, es, simplemente, que el campeón de mundo se merece algo mejor.

sábado, 22 de junio de 2013

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Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de cuatro libros: ArgenLeaks, Politileaks, Derechos Humanos® La historia del CELS y Argenpapers. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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