Antes del naufragio

Antes de que su captura dispare un incidente internacional de proporciones, el Chong Chon Gang  ya venía navegando aguas peligrosas. En los últimos cuatro años, en orden cronológico, el viejo buque mercante (1977) de bandera norcoreana se había tiroteado con piratas somalíes en el mar Arábigo, sufriendo la baja de dos marineros heridos por el impacto de un misil RPG; había anclado en la base naval que Rusia mantiene en Tartus, Siria, en los albores de la guerra civil en ese país; había sido confiscado en el puerto de Oktiabrsk por autoridades ucranianas que le habían encontrado heroína sintética y munición para rifles automáticos AK 47; había sido denunciado por Egipto por llevar “un cargamento peligroso” y había pasado por Pyongyang y La Habana, hasta que finalmente fue apresado el 15 de julio pasado en la entrada al canal de Panamá.

Era como si lo estuvieran esperando. El ministro de Seguridad panameño informó que el abordaje de las autoridades de su país fue resistido por la tripulación norcoreana y que el capitán del barco sufrió o fingió un ataque al corazón y luego intentó suicidarse. Como los marineros se negaron a levantar el ancla, los panameños tuvieron que cortarla para mover la nave, contó el ministro. El Chong Chon Gang fue abordado en la ex base militar estadounidense de Fort Sherman, en la punta del canal, donde la tripulación de 35 norcoreanos quedó detenida en una dependencia militar panameña. Ese mismo día, rodeado por cámaras de televisión que transmitían en vivo, llegó al barco el mismísimo presidente de Panamá, Ricardo Martinelli. Subido a bordo mientras lo enfocaban desde el muelle, el presidente supervisó la requisa como si fuera un funcionario judicial. Martinelli es un magnate de los supermercados devenido en político exitoso, transitando su segundo mandato, a quien le gusta tuitear fotos y noticias de sus encuentros con famosos como Robert de Niro o Carlos Slim. Cuando terminó el allanamiento de la nave norcoreana Martinelli tuiteó una foto. Mostraba la punta de una estructura mecánica de acero pintado de marrón, dentro de las paredes metálicas acanaladas de un contenedor de carga (twitter.com/rmartinelli/status/356968267019083776/photo/1). “Panamá capturo barco de bandera Norcoreana proveniente de cuba con cargamento bélico no declarado,” escribió el presidente en el tiut que acompañaba la imagen. Así, a las apuradas, con “cuba” escrita en minúscula y “capturo” sin acento. Así fue como se dio a conocer esta historia.

La noticia dio la vuelta al mundo. El ministro de Seguridad se encargó de dar los detalles: el abordaje había sido “violento”, sí, y debajo del cargamento declarado de diez mil toneladas de azúcar marrón habían encontrado 240 toneladas de armamento oculto en 27 contenedores. Cargamento que iba camino a Norcorea, un país al que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) mantiene bajo estricto embargo militar en castigo por el programa de desarrollo de armas nucleares que tanto enorgullece al Líder Supremo del país asiático. La dinastía Kim va por su tercera generación de reinado despótico del país más retrasado, opaco y aislado del mundo, cuya población viene de atravesar hambrunas severas en las últimas décadas, y cuyo gobierno apenas mantiene relaciones diplomáticas con China, Vietnam, Cuba y alguno más.

Sin perder tiempo, autoridades panameñas solicitaron a la ONU que envié una comisión a inspeccionar el cargamento para determinar si se había violado el embargo y para decirles qué hacer si éste era el caso. La ONU no tardó ni un día en contestar, confirmando que dicha comisión inspectora llegará al Panamá el próximo cinco de agosto.

Era como si lo estuvieran esperando. Fuentes del Pentágono le contaron a la cadena CNN que al Chong Chon Gang lo venían siguiendo desde hace rato, entre otras razones, porque un informe de Naciones Unidas del 2012 lo incluía en una lista de barcos sospechosos de transportar drogas ilegales. Al día siguiente de la captura, el portavoz del departamento de Estado, Patrick Ventrell, celebró la intervención panameña: «Estados Unidos apoya fuertemente la decisión soberana de Panamá de inspeccionar la nave de bandera norcoreana y saluda las acciones que el gobierno de Panamá ha emprendido en este caso».

Norcorea tardó diez días en contestar. En cambio Cuba respondió al día siguiente. Lo hizo a través de un comunicado del ministerio de Relaciones Exteriores, leído por el conductor de Cuba Hoy de la televisión estatal durante la emisión del 16 de julio de ese noticiero. «En la citada nave se transportaban 240 toneladas métricas de armamento defensivo obsoleto -dos complejos coheteriles antiaéreos Volga y Pechora, nueve cohetes en partes y piezas, dos aviones Mig-21 Bis y 15 motores de este tipo de avión, todo ello fabricado a mediados del siglo pasado-, para ser reparado y devuelto a nuestro país», dice la declaración de la cancillería cubana. «Los acuerdos suscritos por Cuba en esta esfera se sustentan en la necesidad de mantener nuestra capacidad defensiva para preservar la soberanía nacional».

O sea, nada. Armas de la década del 50 y 60 que sus viejos aliados comunistas soviéticos le habían regalado a los cubanos cuando ya no las usaban más. Armas tan viejas que ya ni los rusos las arreglan. Hay que llevarlas a Norcorea, donde a causa de años de embargos y la necesidad de pertrechar a un ejército de más de un millón de soldados, todo armamento se ata con alambre y se usa otra vez. Ahí se las iban a reparar para que vuelvan a Cuba, a cambio del cargamento de azúcar.

Al menos eso dio a entender la cancillería cubana. En cambio el ex presidente colombiano Álvaro Uribe denunció que las armas iban a Ecuador para ser trianguladas a la guerrilla colombiana de la Farc. También se habló del Congo, de Siria y de muchos lugares más donde estas armas obsoletas serían bienvenidas.

La respuesta panameña al anuncio cubano fue moderada. «La carga es ilícita porque no está declarada. Lo que no está consignado, aunque sea obsoleto, es contrabando», dijo a una estación de televisión el ministro de Seguridad. Martinelli siguió yendo al barco la semana pasada, donde una fila constante de empleados portuarios bajaban a mano las 240,000 bolsas de 45 kilos de azúcar que llevaba el barco norcoreano. No pudieron bajar las bolsas con las grúas del amarradero porque los marineros norcoreanos habían cortado los cables durante la refriega del abordaje, explicó el ministro de Seguridad. Mientras otros se ocupaban de las bolsas de azúcar, los marineros norcoreanos tomaban sol en una playita, jugaban al ping pong o miraban películas norteamericanas en sus cuartos con aire acondicionado, cuando no estaban recibiendo ropa, comida y elementos de higiene de la delegación de la Cruz Roja que iba todos los días a visitarlos.

El domingo pasado el presidente panameño tuiteó una segunda foto del barco (pic.twitter.com/diFFmHM2zR). Esta vez la imagen era fácil de identificar: dentro del contenedor se podía distinguir claramente la parte delantera de un avión. “El segundo avión Mig 21 encontrado en el barco de Corea del Norte” escribió el mandatario a sus 227 mil seguidores en la red social. La Procuradora General de Panamá acusó a los marineros norcoreanos de “contrabando agravado” y de “atentado contra el orden público” por transportar un arsenal no declarado, crímenes que acarrean hasta cuatro y seis años de cárcel en el país centroamericano, respectivamente. Esta semana la procuradora, acompañada por fiscales, defensores públicos y traductores oficiales fue dos veces al barco para tomar declaración testimonial a los marineros norcoreanos, el martes y el viernes. Pero no logró arrancarles ni una palabra.

Pasaban los días y ni noticias de Pyongyang. El miércoles pasado, a diez días del incidente, Norcorea finalmente contestó. Con el tono desafiante que caracteriza sus cruces diplomáticos con Estados Unidos y sus aliados, lo hizo a través de un comunicado firmado por un portavoz de la cancillería y difundido por la agencia de noticias oficial. «Este cargamento no es más que armas ya viejas que serán enviadas de vuelta a Cuba después de ser reacondicionadas, según un contrato legítimo», indicó el comunicado. «Las autoridades de Panamá deberían liberar a la tripulación detenida y dejar partir cuanto antes al buque.»

El canciller panameño le contestó que antes de pedir por el barco Norcorea podría presentarse. «Con Corea del Norte no tenemos relación y, desde luego, el líder coreano a principios de este año actuó de manera irresponsable al intentar probar que era tan macho como su padre y abuelo. Eso es un error y tuvimos que evacuar parte de nuestra embajada en Corea del Sur por sus amenazas. No tenemos relaciones ni intención de tenerlas. En el caso de Cuba, creo que no fueron conscientes del problema que le estaban ocasionando a un país amigo,” declaró el jefe de la diplomacia panameña.

Anteayer Martinelli salió a suavizar los dichos de su canciller. El presidente panameño declaró que lamentaba no tener relaciones con Corea del Norte porque a él le parecía que había que encontrar un acuerdo diplomático que permitiera liberar al barco y a la tripulación y devolver el cargamento de azúcar a sus dueños. Con el visto bueno de las Naciones Unidas, claro, porque el conflicto ya está instalado en ese ámbito, y más allá de lo que determine la justicia panameña, que ya está actuando a través de la Procuraduría General, aclaró el presidente, como para que nadie se ofenda.

Así llegamos al día de hoy con varias preguntas sin contestar. ¿Qué hacían los coreanos en Panamá? ¿Qué hacía el presidente de Panamá arriba del barco? ¿Qué hacían las reliquias bélicas cubanas ocultas debajo del azúcar? ¿Qué hacía el Departamento de Estado estadounidense festejando la captura de un viejo barco lleno de azúcar y chatarra de siglo pasado? ¿Qué va a hacer Naciones Unidas con los descartes soviéticos? ¿Qué va a hacer Panamá con el azúcar y con los marineros norcoreanos? ¿Qué va a hacer Cuba con el papelón? ¿Cómo va a hacer Norcorea para seguir amenazando al mundo con una hecatombe nuclear, sólo para vender su desarme por un puñado de dólares, si no consigue que sus cohetes vuelen y sus barcos no sean interceptados?

Cuando todo pase, cuando termine el show de Martinelli, los gringos y las Naciones Unidas, lo único que va a quedar es un montón de espuma. Y algo más: un cuento, una metáfora, tal vez una alegoría. La historia de un barco a la deriva perdido en el tiempo, conducido por un timonel suicida que hace rato no sabe a dónde va ni de dónde viene, que carga con un pasado oscuro, un andar sinuoso y montón de fierros retorcidos sobrevivientes de guerras anacrónicas, más un montón de azúcar que nadie quiere ni necesita, cargados en un país perdido en el tiempo que sigue peleando guerras anacrónicas, navegando bajo bandera de otro país perdido en el tiempo que fabrica miedo porque es su único bien exportable y canjea azúcar por viejos trastos con el único camarada comunista que le queda, mientras espías avezados y tecnológicos alertan a presidentes mediáticos que es hora de montar un show grotesco con los despojos del fracaso soviético que sus viejos satélites reciclan en clave de farsa. Nave triste y decadente que se aleja a contracorriente de la historia, perdiéndose en la tormenta, cerca de naufragar.

 

Publicado en Página/12 el 27 de julio de 2013.

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de cuatro libros: ArgenLeaks, Politileaks, Derechos Humanos® La historia del CELS y Argenpapers. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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