SANTIAGO O'DONNELL


18 de marzo de 2020

Para reducir el pánico ante la pandemia, suele emitirse un mensaje tranquilizador: la mortalidad en la mayoría de los casos es reducida, salvo en ciertos grupos de riesgo como los mayores de 65 años, especialmente si tienen comorbilidades como las afecciones cardíacas o la diabetes. Ahora, hay que admitir que, cuando lo recibe un integrante del grupo de riesgo, el mensaje no es muy tranquilizador. Afortunadamente, este cronista tiene bien a mano un integrante de ese grupo: él mismo. El cronista-entrevistado está bien provisto de ancianidad y de comorbilidad. ¿Qué quiere usted mostrar de esta pandemia?, pregunta el cronista, y la respuesta del entrevistado le resulta inesperada.

–Esta epidemia tiene una felicidad.

–¿Cómo dice? –dice el cronista, enojado, y el entrevistado contesta: porque esta epidemia, aunque ataca a los viejos, perdona a los niños.

El entrevistado, cuando era niño, vivió la epidemia de poliomielitis. A él le llegaban, veladas, las noticias de chicos que quedaban paralíticos, como se decía entonces, era la parálisis infantil. Él recuerda la bolsita de alcanfor que su madre le colgaba del cuello con esperanza triste; la angustia que su madre trataba de disimular pero que a él lo calmaba, un poco, porque esa angustia de la madre demostraba su amor. Recuerda, después, a su madre alabando a Jonas Salk, el creador de la vacuna, y piensa, ahora, que los que cuestionan las vacunas tienen que ser personas más jóvenes. no puede haber antivacunas entre quienes vivieron la epidemia de parálisis infantil.

Está bien, la epidemia no vulnera el orden por el cual los jóvenes entierran a los viejos pero, por otro lado, la fórmula «aislamiento social», dispuesta para nuestro grupo de riesgo, ¿no enuncia exactamente lo que se ha señalado como problema principal para los ancianos? El aislamiento, la soledad. Mi vecino del segundo B, ese que se quedó sordo pero finge no estarlo y en las tardes baja a sostener conversaciones absurdas con el encargado del edificio, ¿ya no debe bajar? ¿Aunque no se acerquen más de un metro y medio? ¿Él necesita más aislamiento social?, pregunta con sarcasmo el entrevistado, pero el cronista le recuerda que no sólo el sordo sino todos debemos hacerlo, para cortar la trasmisión del virus, hasta el 31 de marzo.

–¿Y el 1º de abril?