Diario del año de la peste

Gracias al cinismo de Boris Johnson, Reino Unido estaba alcanzando la mejor respuesta, en el marco de una democracia occidental, para el coronavirus: dejar que los que tengan que morir –no mucho más que unos cuantos viejos– se mueran de una vez, permitiendo así que la producción, el consumo y las finanzas no se vengan abajo en el marco de un apocalipsis económico. Al fin y al cabo, un buen cálculo actuarial –ese en el que sin duda se basaron los asesores del Primer Ministro– debería indicar que los daños causados por la lucha contra la pandemia, incluso en el orden de la salud pública, son superiores a los que pueda causar un virus cuya letalidad es tan específica.

Sin embargo, científicos muy responsables empezaron a firmar solicitadas advirtiendo  que los muertos iban a saturar las morgues, la opinión pública empezó a escandalizarse y Johnson, cuyo oportunismo supera su cinismo, empezó a retroceder.

Lástima, porque hubiera sido la más auténtica respuesta republicana al coronavirus: un laissez faire sanitario, una destrucción creativa que, de paso (¿cómo no reconocer esta ventaja?), resolvería la crisis global de los sistemas previsionales gracias a la desaparición física de los jubilados.

Claro que ya hay una solución probada para la epidemia, la que pusieron en práctica los chinos; pero tal vez requiera una incomparable capacidad tecnológica aplicada al control social, bajo un Estado autoritario firmemente instalado desde hace muchas décadas. China ya venía demostrando que, bajo la globalización, un sistema de gobierno autoritario puede servir al desarrollo capitalista todavía mejor que la democracia burguesa. En estos días demuestra que, aunque su reacción ante el brote inicial se haya malogrado por la burocratización y el talante pusilánime que suscita el autoritarismo –el primer médico que advirtió sobre la enfermedad fue desoído y castigado–, cuando se trata de cortar la propagación es muy conveniente un régimen donde, si el Estado te sugiere que no salgas de tu pieza, vos no vas a mover un pie. Como sostuvo Marco Bellocchio en 1967, pero ya con los mejores motivos, hay que anticipar: «La Cina è vicina».

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Escritor y Periodista

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