American lawfare: el juicio político a Trump

El juicio político contra Donald Trump no va a prosperar y no sólo porque los Demócratas son minoría en el Senado y hacen falta dos tercios del voto para sacarlo de la Casa Blanca. En los 70 no pocos senadores Republicanos, después de escuchar las grabaciones de Watergate, anunciaron su apoyo al impeachment de Richard Nixon, razón por la que Tricky Dick debió renunciar.

Pero esta vez, hay que decirlo, los Demócratas andan mucho más flojos de papeles. No es que los hechos por los que se lo acusa a Trump estén en disputa o el acusado no tenga su lado antipático. Y nadie dice que Trump estuvo bien con el tema de Ucrania. Suena feo que haya retenido ayuda militar al gobierno de Kiev hasta que éste abra una investigación judicial sobre un presunto fraude del hijo de su principal rival en las elecciones de noviembre.

No queda bien, y pasó. Trump le dijo a su colega Volodimir Zelensky que no vería un dólar del Pentágono en plena guerra fría con Rusia hasta que un juez ucraniano abriera una causa contra Hunter Biden, el hijo de Joe. Está grabado, hay testigos. Hunter fue director de Burisma, una empresa gasífera investigada en su país y Gran Bretaña por hechos ocurridos mientras Hunter se sentaba en el Board y su padre ocupaba la vicepresidencia del gobierno de Obama. Es obvio que cualquier noticia con estos ingredientes en plena campaña ayuda.

El problema es que para sumar votos Republicanos y ganar la batalla de la opinión pública, los Demócratas deben probar que Trump cometió un delito. Es cierto, no fue necesario un crimen para voltear a Lugo en Paraguay y a Dilma en Brasil, pero en ese sentido Estados Unidos es un poco distinto. Entonces lo acusan a Trump de abuso de poder y obstrucción del Congreso, y hasta cierto punto deben demostrarlo.

Joe Biden junto a su hijo Hunter.

¿Y qué contestan los republicanos? Que Trump no pidió que metan preso a Biden junior, ni siquiera que lo acusen. Que un presidente que sospecha de un caso de corrupción en el extranjero tiene todo el derecho del mundo de pedir, y hasta de exigir, que se investigue el caso, ya que los intereses de Estados Unidos podrían estar en juego. Y si quiere condicionar una ayuda financiera hasta que Ucrania cumpla con su compromiso de colaborar con Estados Unidos en el combate de la corrupción, mejor todavía. En cuanto a la obstrucción del Congreso, es como la frutilla del postre. Nadie se la toma demasiado en serio. Es cierto que Trump “recomendó” a algunos funcionarios que no colaboren, pero ninguno dijo que les ordenó mentir.

Esta semana los Republicanos se hicieron una fiesta de declaraciones en los pasillos y salas del Congreso durante la apertura del juicio político.

“Si alguien que casualmente es un rival político es también corrupto, pedirle a Ucrania que lo investigue es un asunto de interés nacional,” dijo el senador republicano de Luisiana John N. Kennedy, nada que ver con JFK.

Su colega partidario en representación de Florida, Matt Gaetz, fue más lejos. “Mostrame un ucraniano que haya sido presionado,” desafió. “Acá no se trata de hacer o no campaña sucia. Se trata de conocer la verdad acerca de un acto de corrupción.”

Mientras Trump sumaba a la causa peleándose con Greta Thunberg en Davos, ninguneando el proceso y exhibiendo su negacionismo ambiental para deleite de los cowboys, petroleros y cristianos fundamentalistas que lo votan, en el Capitolio los Demócratas aburrían con sus frases solemnes y derrotistas cargadas de “deber”, “honor” y “responsabilidad ante mis constituyentes”.

Entonces, envalentonados por la falta de evidencias claras de delitos, los senadores Republicanos pasaron a la ofensiva. Uno tras otro, acusaron a los Demócratas de perseguir a Trump por razones muy distintas a los cargos presentados. Solo quieren impedir que Trump siga gobernando, dijeron, porque detestan su forma de pensar. Y porque detestan a los que piensan como él.

El senador republicano de Ohio, Jim Jordan, lo explicó así: “Quieren destituirlo porque no nos quieren. No quieren a toda la gente simple de Ohio, Wisconsin, Tennessee, y Texas,” dijo, refiriéndose al centro del país blanco, rural y conservador, base electoral del magnate neoyorkino.

La definición del senador Jordan tiene un correlato en América latina. Quien se encargó de unir los puntos es un periodista de izquierdas que simpatiza con Trump, Glenn Greenwald, el mismo que esta semana fue acusado de delitos informáticos por un fiscal en Brasil, país donde reside, en retaliación por haber publicado información clave sobre graves irregularidades en la detención de Lula.

Glenn Greenwald.

Greenwald, amigo de Snowden y admirador de Chomsky, no necesariamente comulga con el racismo, machismo, o el mesianismo de Trump. Pero el rubio de peinado raro le parece más auténtico y más revulsivo que la elite tradicional del Partido Demócrata y sus aliados en Washington, Hollywood, Silicon Valley y el Pentágono, quienes conformarían lo que él llama el “estado profundo” que gobernaría los Estados Unidos. En agosto del 2018, mientras el fiscal especial Mueller buscaba pruebas de los chanchullos de Trump con los rusos en la última elección para mandarlo a juicio político, Greenwald declaró en el New Yorker:

Están usando la ley como un arma política en contra de Trump, igual que las elites brasileñas la están usando en contra de Lula.”

Lawfare, no lawfare o contralawfare en el país que supuestamente la inventó, no parece demasiado temprano para vaticinar que la jugada electoralista de Nancy Pelosi y los demás líderes Demócratas va a terminar rápido y mal.

En términos futbolísticos la votación hasta puede acabar en goleada. Y no parece que el juicio se estire más allá de febrero, con siete meses por delante para que el candidato Trump se victimice por lo que él ya está llamando, a la vieja usanza, “caza de brujas”.

La gente sencilla de Texas y Alabama puede quedarse tranquila. El resto del mundo no tanto.

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Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de cuatro libros: ArgenLeaks, Politileaks, Derechos Humanos® La historia del CELS y Argenpapers. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

2 comentarios

  1. Hola Santiago

    Llegué a tu sitio web y a esta nota en particular un poco por casualidad. Me parece que el texto es excelente, y resume en pocas líneas una situación compleja con mucha precisión.

    Te mando un cordial saludo

    Cesar

    • Guillermo Collini on

      Hola, César. Gracias por la crítica. Un saludo de parte mía y del equipo de MX. Nos podés seguir en face y tw como Medio Extremo o @medioextremo

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