De caranchos y pseudorevolucionarios

En este momento mucho se discute sobre si Maduro es o no un dictador. Es una discusión válida pero inoportuna. Lo que está claro es el altísimo nivel de personalismo que rige las relaciones políticas del régimen chavista. En un país con dos años seguidos de hiperinflación y media docena de tipos de cambio con varios ceros de diferencia, donde gran parte de la población depende de una bolsa de comida que el gobierno reparte a discreción, donde en muchos barrios los colectivos armados son ley, es obvio que estamos ante un sistema de gobierno donde la supervivencia, y ni hablar del bienestar, dependen de la cercanía formal o informal de cada persona con agentes del régimen.

Más allá de la represión de los estudiantes, la cárcel y la proscripción de opositores, el copamiento del Tribunal Supremo de Justicia, el desplazamiento de la Asamblea Legislativa y la prohibición del principal candidato opositor en la internacionalmente cuestionada última elección presidencial, hay raíces políticas y sociales que apuntalan al gobierno de Maduro desde una base de apoyo que, en medio de la debacle, se beneficia o sufre menos gracias a las decisiones del poder local integrado a la superestructura oficialista. Existe una historia reciente de misiones chavistas que llevaron bienestar a las barriadas antes ignoradas, en la edad de oro del chavismo cuando Venezuela lideraba una coalición internacional. Esos recuerdos y esas relaciones clientelares no se borran tan fácil, por más que Trump y Bolsonaro hayan decidido que llegó el momento de cambiar de régimen y que la oposición haya recuperado la iniciativa a través de la audacia del ignoto presidente de la Asamblea Juan Guaidó de autoproclamarse presidente.

Entonces el problema no es que Maduro sea o deje de ser un dictador. Ni que su gobierno no haya sido exitoso. Ni que haya sido malo. Ni pésimo. Ni siquiera horrible. El problema es que su gobierno fue peor que eso. Debe haber pocos gobiernos tan fracasados en la historia del mundo, al menos en Latinoamérica. En cinco años de crecimiento negativo la gestión de Maduro bajó la riqueza del país a la mitad. Millones de exiliados, muchos desnutridos. Una economía completamente colapsada y una política constante de victimización cuando siempre fue Estados Unidos el principal cliente y financista de la revolución bolivariana. Entonces no hay que seguir buscando. El principal responsable de este desastre no es otro que Maduro. Tendría que haber renunciado hace mucho. Pero no se va.

Cuando muere un viejo animal en medio del campo muy pronto aparecen los caranchos. Rápidos, oportunistas, ruidosos, desgarran y desvisceran el animal, dirimiendo a picotazo limpio el reparto de tripas y carne. Lo mismo pasa con Venezuela hoy. Los intereses en danza exceden largamente a Estados Unidos para abarcar a buena parte del tablero geopolítico mundial. Por eso en Venezuela hoy comen caranchos locales y de todo tipo de nacionalidades. Es una lástima que ya no esté la Unasur para mediar, como hacía una década atrás en todo Sudamérica. Eso sí que es pérdida de soberanía regional.

Pero nadie habla de eso. En el caso de Venezuela sólo se habla de imperialismo o de dictadura. O sea, de los oportunistas y de los cínicos. De los caranchos y de los pseudorevolucionarios. Mientras tanto el saqueo sigue y ya no queda casi nada. Promesas vacías del gobierno de un bienestar inminente que de tan repetidas ni los chavistas se las creen. Declaraciones rimbombantes y triunfalistas de la oposición que más que afirmaciones parecen expresiones de deseos. Ojalá que en Uruguay, el Vaticano, Venezuela o donde sea se pueda encontrar una salida razonable y sobre todo pacífica. Que Maduro, acorralado, no pierda la calma. Y que en el país de los dos gobiernos que no hacen uno, que la farsa no termine en tragedia.

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Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de cuatro libros: ArgenLeaks, Politileaks, Derechos Humanos® La historia del CELS y Argenpapers. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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