Palacio de olvido e Imitación de la vida: Libros póstumos de Alberto Tabbia

La experiencia de lectura de Palacio de olvido –textos póstumos de Alberto Tabbia, editados por Edgardo Cozarinsky– admite varios itinerarios. Uno de ellos está principalmente contenido en dos segmentos del libro: “De una infancia suburbana” y “De esa larga pequeñez”. El primero abarca memorias, escritas en una fecha ulterior que no se precisa; el segundo se presenta como un diario personal “de un cuaderno sin fecha, probablemente de mediados a fines de los años 40 y primeros años 50”, según el editor. En ambos, Alberto Tabbia transcribió recuerdos y anécdotas personales que logran cifrar cabalmente toda una época de la historia argentina. Tabbia nació en 1929 y murió en 1997; fue periodista, crítico cinematográfico y perteneció al grupo de la revista Sur; fue édito en revistas e inédito en libro.

El segundo itinerario de Palacio de olvido se abre en abanico, sostenido en la palabra de los otros. “Hay lugares del corazón del hombre que todavía no tienen existencia, y para que existan entra en ellos el dolor”: Léon Bloy. “Los suspiros que ella cree venir de su alma vienen de su aburrimiento”: Benjamin Constant sobre Mme. Récamier. También se incluye una “efímera propia” que dice: “Nos apegamos a personas que nos hieren, con la esperanza de poder herirlas un día, y este apego alimentado de rencor insatisfecho es con frecuencia más tenaz y dedicado que el amor”. Y la atribución de últimas palabras: “Me estoy muriendo… ¡Más champagne!”, dice Chéjov; “It’s all been very interesting”, se despide Lady Mary Wortley Montagu.

Un tercer itinerario es el de los “Personajes sin autor. Autores de su personaje” (tal el título que puso Cozarinsky a uno de los capítulos), donde ficcionaliza vidas poco conocidas como la de la espía doble y luego marchande de arte Toto Koopman, o más conocidas como la de Elvis Presley o la de “Adolf Hitler, pintor paisajista”. Es quizá la escritura profesionalmente más lograda de Tabbia, pero no es la más personal. Y otro itinerario posible, de fuerte magnetismo, es el que circunda al mismo Tabbia como personaje sin autor o autor de su personaje. Él es quien declara:

“Lentamente, gradualmente, la vida se retira de mí”.

“Como el reflujo del agua abandona sobre la arena objetos dispares, me despierto a menudo sorprendido por los despojos de un modesto naufragio que, al desvanecerse, el sueño me entrega como otros tantos acertijos, sin duda insignificantes.”

En el primer capítulo (“Trauerarbeit”, “Trabajo de duelo”), Tabbia se presenta como el hombre que perdió “el reino que estaba para mí”, que pudo ser el de “las ambiciones literarias”, perdido por falta de “esa mezcla de audacia y tenacidad necesaria para realizar una ambición”. Pero es también el reino que se pierde por “el simple paso de los años. La muerte de las personas queridas, la pérdida del mero futuro, desmenuzándose, encogiendo inapelablemente hasta no ser más que un asterisco que solo conduce a una nota impresa por error al pie de una página lejana”. Desde este narrador y desde este tiempo crepuscular se estructura Palacio de olvido, y la organización rigurosa que así rige un libro construido con fragmentos conduce a otra figura, quizá tan importante como la del autor: Edgardo Cozarinsky, quien reúne en este caso dos condiciones que son distintas y a veces conflictivas: la del editor, ese que selecciona, ordena y titula, y la que se consigna en el copyright del libro: “heredero de Alberto Tabbia”. Palacio de olvido ofrece escasa información del editor sobre los textos que incluye: fecha de publicación original cuando la hubo, medio en el que fue publicado. Estas omisiones se advierten por ejemplo en “Paisaje con fantasmas”, el bellísimo informe-crónica sobre la Costa Azul, donde cuando Tabbia escribe “el último lustro” el lector no puede saber a qué años se refiere. Pero, al mismo tiempo, la selección, ordenamiento y titulación de los fragmentos constituyen en sí mismos un trabajo complejo y sutil. Desde las primeras páginas se alza y retorna la figura del hombre que –como todos– perdió su reino y, ahora, “al retroceder la marea, empiezo a recuperar rostros, frases y episodios que hasta hace poco no habían pesado en mi memoria”. Tal vez una acumulación de referencias de edición podría haber perturbado la unidad poética que Cozarinsky logró para estos fragmentos. También es cierto que la solidez, el logrado cierre de la estructura de Palacio de olvido no facilita pensar en una continuación. ¿Hubo más “cuadernos sin fecha”, diarios en los que Tabbia lograse captar lo esencial del momento histórico a través de la experiencia personal?

Lo que sí hay, y también fue editado como libro por Cozarinsky en estos meses, es una serie de rigurosos, documentados y divertidos ensayos cinematográficos de Tabbia: Imitación de la vida. Estos textos fueron publicados en vida del autor, en publicaciones periodísticas que el editor no precisa (de hecho, Tabbia y Cozarinsky codirigieron la revista especializada Flashback). Ahora estos ensayos, juntos y completos, permiten contar con un guía de exquisito gusto para rever películas esenciales, a veces olvidadas. Así por ejemplo, la filmografía de Edgar Ulmer, empezando por Detour (accesible, incluso con subtitulado, en Youtube). O bien, un examen de la vida y la obra de Rainer Werner Fassbinder (“junto a Pasolini, son los dos únicos creadores cinematográficos de este momento tan domesticado del cine internacional que pueden aspirar a esa estatura mítica, trágica, reervada a las muertes precoces de los ídolos de la música popular”, escribió Tabbia en 1983). Y también la obra de Ingmar Bergman, examinada dede la perspectiva de Fanny y Alexander. Y “renegados” –así los llama el autor o titula el editor– como Cassavetes, Monte Hellmann. Y Dreyer, Eisenstein, Lubitsch. Y los preciosos perfiles de Humphrey Bogart o Rita Hayworth.

La recopilación incluye también las “Notas para una contrahistoria del cine argentino”, que habían sido publicadas en 2015 en el marco del 30° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. En estas notas Tabbia encara una revisión crítica (“Hoy resulta increíble, por ejemplo, que la fuerte sensibilidad, poética y barrial, de David José Kohon haya podido ponerse en un mismo nivel que la grosería y el mimetismo de Rodolfo Kuhn”), con una distancia temporal que le permite reexaminar el éxito de La historia oficial en relación con las condiciones políticas y culturales de su estreno, o rescatar obras olvidadas como Noches sin lunas ni soles, que dirigió José Martínez Suárez en 1984.

Palacio de olvido. Alberto Tabbia Edición al cuidado de Edgardo Cozarinsky, con prólogo de Luis Chitarroni. Ed. La Bestia Equilátera.

Imitación de la vida. Escritos sobre cine. Alberto Tabbia. Selección y edición de Edgardo Cozarinsky. Ed. Djaen.

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Escritor y Periodista

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