El movimiento cannábico: la reivindicación mundial de la marihuana

Durante el mes de Mayo, desde hace varios años se viene celebrando en diversos países, principalmente europeos y americanos, la Marcha Mundial de la Marihuana. Su objetivo es la reivindicación de la licitud del consumo y el cultivo de la planta de cannabis. En la ciudad de Buenos Aires los manifestantes se concentran en la Plaza de Mayo y de allí marchan hacia la Plaza del Congreso. Al caer la tarde, ante un auditorio estimado en unas cien mil personas, varios oradores dan sus diferentes testimonios sobre su compartida intención de terminar no sólo con la prohibición, sino en especial con la penalización de estas actividades –lo que ha llevado a la detención y encarcelamiento de no pocas personas.

Sin embargo, a pesar de tan nutrida concurrencia, no suele haber prácticamente ninguna cobertura al respecto por parte de los medios masivos de comunicación. Si bien puede decirse que existe en la actualidad una mayor apertura hacia este tema tan polémico, cuando no cierta “tolerancia” visto en determinada perspectiva, también es cierto que el mismo está un tanto invisibilizado respecto a la población en general. Se trata de un tema que genera muchas resistencias, cuando no decididos rechazos. En tanto se la considera una peligrosa droga “estupefaciente”, junto con otras sustancias psicoactivas como la cocaína, el éxtasis, el L.S.D., etc., la marihuana ha sido objeto no sólo de una prohibición legal efectiva, sino a su vez de una correlativa estigmatización social.

No obstante, es menester reconocer que, pasado prácticamente un siglo desde el origen de la prohibición, las drogas en general y el cannabis en particular no han dejado de ser producidas y consumidas en gran medida en todo el mundo. En lo que sí ha sido efectiva la política de drogas ha sido en la emergencia de un nivel inaudito de criminalidad organizada, encarnada en el temible “narcotráfico” –cuyo creciente poder es tal que llega incluso a desafiar el propio de algunos estados nacionales-.

A su vez, como lo ponen de manifiesto la marchas evocadas, han ido emergiendo en diversos países una gran cantidad de agrupaciones cuyo objetivo común es la reivindicación del consumo y el cultivo de marihuana. Un factor clave al respecto es que, a diferencia de prácticamente todas las demás drogas prohibidas, la marihuana se destaca porque puede ser auto-producida; es decir, para acceder a la misma no hace falta más que cultivarla. Lo que singulariza a esta planta, que es lo que ha dado lugar a la conformación de un movimiento cannábico muy activo en casi todo el mundo, es pues el hecho de que es relativamente fácil producirla para el consumo personal. De hecho la mayoría de los militantes que se expresan abiertamente en diversos ámbitos al respecto son asimismo cultivadores de cannabis. En tanto muchos de ellos han dejado de recurrir al mercado negro para la adquisición de esta droga, puede decirse –y así lo dicen ellos mismos- que constituyen una suerte de avanzada en la lucha contra el narcotráfico

Es impresionante constatar cómo, a pesar de su prohibición legal, ha florecido una verdadera industria dedicada al estudio y la práctica altamente especializada de la producción de cannabis. En nuestro país ilustración de ello lo ofrecen las revistas THC, Soft Secrets, Cáñamo y Haze, entre otras. Tal es así que, a partir de las experiencias pioneras californianas y holandesas, continuadas en especial en España, se han ido desarrollando una gran cantidad de variedades de cannabis cuya apreciación por parte de sus productores y consumidores es análoga a la que se desenvuelve abiertamente en torno a los productos etílicos. Gracias pues a determinadas innovaciones genéticas se ha posibilitado producir marihuana de diversas cualidades y calidades.

La práctica del cultivo, en particular, ha sido objeto de un estudio y una dedicación sumamente especializada, como lo evidencia el notable conocimiento no sólo de los principios técnicos de cualquier producción hortícola, sino una gran cantidad de factores que son aplicables específicamente a esta planta –sobre todo en lo referente a lograr la optimización de sus propiedades psicoactivas-. De allí una cuidadosa atención a las condiciones del suelo, los nutrientes adecuados, y, en lo que hace al cultivo de interior que se ha desarrollado enormemente, a las apropiadas condiciones de iluminación y ventilación –ejemplo de ello es el notable desarrollo del cultivo hidropónico-. Lo cual a su vez ha dado lugar a la difusión de una pujante industria de productos y utensilios que facilitan la tarea del cultivo, los que se comercializan en los llamados “grow-shops”, habiendo varios locales en las principales ciudades del país y del mundo.

En aras a fundamentar su posición, hay quienes niegan el carácter de “droga” a la marihuana, argumentando que se trata simplemente de una planta. De allí que, junto a consignas como “no más presos por cultivar”, se sostenga consonantemente que “lo natural no puede ser ilegal”. Cabe advertir empero que, si nos atenemos al esmero con que muchos de estos “cannabicultores” se dedican a la producción de marihuana, recurriendo a una gran cantidad de elementos técnicos para lograr la optimización del producto, las plantas así cultivadas son más bien objeto de una “selección artificial” –como lo pone en evidencia la manipulación genética a la que se somete a las semillas-. El objetivo final es sobre todo mejorar las propiedades psicoactivas de las plantas, y en segundo lugar atender también a optimizar sus cualidades de aroma y sabor.

Desde otro punto de vista puede decirse que, en lo que hace al fervor y convicción con que son asumidas estas prácticas y su defensa, y en cuanto se llega a expresar que la marihuana es una “planta sagrada”, muchos miembros de este movimiento manifiestan una actitud prácticamente “religiosa” al respecto –lo que a su vez lleva a que algunas de sus consignas asuman el valor de verdaderos dogmas: “primero la planta” es el más emblemático-. También es interesante observar que la actitud subjetiva hacia esta planta es coincidente con la propia de algunos pueblos originarios, especialmente amazónicos, según la cual con las plantas cultivadas mantienen una relación de parentesco equivalente a la tenida con los hijos objeto de crianza: “nuestras niñas” se suele decir.

Todo esto puede sintetizarse en el declamado “amor” a la planta, que en ciertos casos es una clara expresión, no tanto de cannabifilia, propia de todos quienes son afectos a la marihuana, sino más bien de “cannabicentrismo”. Quizás se trata de una mera reacción defensiva: en tanto los consumidores de marihuana son discriminados y acusados de drogadictos –cuando no de delincuentes, cosa cada vez menos frecuente, pero que todavía sigue castigando injustamente a meros consumidores y cultivadores-, para reforzar su posición se ven llevados a enfatizar las cualidades benéficas de esta singular planta –en especial sus cualidades propiamente terapéuticas, ya ampliamente reconocidas en todo el mundo-. Poniendo de relieve las indudables facetas positivas de su consumo, se pretende así contrarrestar la denunciada falsedad de la propaganda oficial en la materia. Sin negar por supuesto ciertos riesgos que conlleva esta práctica, se promueve un consumo responsable. En consonancia con las conclusiones de estudios científicos llevados a cabo por diversos gobiernos desde ya un siglo –no atendidas en general en la implementación de las políticas respectivas-, se subraya al respecto que el riesgo del consumo abusivo de la marihuana es significativamente menor que el del alcohol o del tabaco.

Ahora bien, es creciente el número de países donde se están discutiendo diferentes propuestas de legalización del cannabis, no sólo para consumo medicinal sino incluso recreativo. En este último sentido, junto con algunos estados norteamericanos, Uruguay ha sido el país pionero, sumándose ahora Canadá. Sin embargo, es interesante tener en cuenta que, como lo ilustró la discusión del proyecto de regularización implementado en Uruguay, el modo efectivo de legalizar estas actividades divide en dos posiciones encontradas a los mismos militantes cannábicos.

Por un lado están quienes, aprobando en general la iniciativa uruguaya -un tanto osada en un contexto internacional tan hostil al respecto, cabe reconocer-, acuerdan en particular con los términos en que se prevé su implementación: el Estado se haría cargo de la producción para la venta, y aquellos que quieran cultivar para su consumo personal deberán registrase en el nuevo organismo creado a tal efecto -de allí la confección de una suerte de “lista verde” donde se los registraría oficialmente-, así como atenerse al límite fijado de poder tener hasta seis plantas en sus casas.

Por otro lado están quienes cuestionan el carácter en sumo grado controlador de esta propuesta. Se destaca entre ellos la autora de las conocidas obras Cultura Cannabis y Cultivo Cannabis, Alicia Castilla. Esta argentina reside desde hace varios años en Uruguay, donde ha padecido tres meses de prisión por posesión de plantas de marihuana -se ha dicho que su caso fue el impulsor de la discusión del proyecto de legalización-. Esta especialista en educación argumenta que la propuesta implementada no reconoce plenamente el derecho al cultivo para el propio consumo personal. Desde esta perspectiva se cuestiona el espíritu paternalista de dicho proyecto, propio de un Estado Tutelar, que sigue concibiendo a los consumidores como sujetos enfermos, a quienes si bien se les tolera su condición de “drogadictos”, en última instancia se pretende tenerlos bajo control gubernamental. En tanto no se reconoce el derecho a la elección responsable del propio objeto de consumo que uno quiera, se entiende pues que se produce un avasallamiento de la autoridad estatal sobre la libertad personal.

Puede decirse en síntesis que, dentro del mismo movimiento cannábico, coexisten dos posiciones respecto al polémico tema de la prohibición. Quienes se muestran más pragmáticos e inmediatistas son partidarios de la despenalización. Lo que importa en este caso, más allá de la irregular condición ilegal de esta planta, es el hecho de que no se castigue penalmente su recurrencia para el consumo personal. Tal como lo ilustran en general las asociaciones de “reducción de daños”, desde esta posición se entiende que consumir marihuana, antes que un crimen, es una “enfermedad”; de allí que se considere injusto que se sancione con un castigo adicional al que produce la misma naturaleza “estupefaciente” de la droga en cuestión. En tal sentido se subraya la necesidad de desplazar este asunto desde lo jurídico hacia lo sanitario, y promover que quienes consuman drogas, una vez eliminado el peligro de la detención policial, se acerquen libremente a los centros sanitarios a fin de que ser atendidos por sus adicciones.

Por otro lado, quienes son más decididamente principistas, reivindican el pleno derecho a ser reconocidos como ciudadanos responsables, y consideran en consecuencia insatisfactoria la figura de la despenalización. Su objetivo es la lisa y llana legalización de la producción y consumo de marihuana –es decir, el reconocimiento de la licitud de las actividades que muchos cultivadores vienen desarrollando desde hace unos cuantos años –varias décadas en algunos casos-. De allí es que se cuestione no sólo el arbitrario carácter “criminal” de esta conducta, sino incluso su diagnóstico en tanto supuesta “enfermedad”. Desde esta perspectiva, pues, en una época signada por el reconocimiento de diversidades varias: étnicas, culturales, sexuales, el de la diversidad relativa al consumo de drogas se asume como una asignatura pendiente.

About Author

Fernando es Licenciado en Ciencias Antropológicas de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Allí es docente de la materia dedicada a la etnología de pueblos indígenas y el dictado de seminarios de investigación –Metodologías Hermenéuticas, Antropología Lingüística, Antropología Ecológica, La problemática de las drogas-. Ha publicado dos libros: Las drogas en cuestión. Una perspectiva antropológica, y Mana y Tabú. Notas etnográficas sobre la cuestión de las drogas.

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