La pregunta de la hija menor

Reseña: Nadie necesita otra novela, de Laura Massolo, Ed. Zona Borde, 2018.

En una morgue de un hospital de Avellaneda, en 1973 –narra Laura Massolo–, alguien o algo mordisquea los cadáveres. ¿Será alguna rata, tal vez el gato? Ese gato que se ha vuelto familiar en el hospital. “Es malo que un bicho se acostumbre a comer carne humana.” ¿Cómo saberlo? Un médico descubre el método: envenenar un trozo de cadáver y después, entonces, descubrir qué ser viviente aparece envenenado. Así, el hallazgo del culpable implicará su castigo y el castigo va a ser la muerte.

En esa peripecia, marginal entre las que componen Nadie necesita otra novela, asoma la trama siniestra que ardió en ese tiempo de la historia argentina, subyaciendo a la historia de familia que vertebra el texto. La historia es presentada por una mujer, la hija menor. Su nombre no se enuncia, lo cual puede sugerir una dimensión autobiográfica, y esta mujer sin nombre habla desde el presente, 2017: se dirige imaginariamente a otra mujer, Maruja, que fue amante de su padre. Ella está a punto de llamar a Maruja por teléfono, la llamará para que, esa tarde, vayan juntas a ver a una anciana, Zulema, “la de las manos tristes”, que trabajó toda su vida haciendo la limpieza en aquel hospital, limpió las cosas sucias del padre y tal vez conozca la respuesta a una pregunta que ella, la hija menor, no cesa de formularse. La pregunta de la hija es por el mal que reside en el padre pero también por el sufrimiento aceptado de la madre, “esa especie de robot que era mamá”, que atraviesa la novela para formar su sustrato más oscuro.

Al mismo tiempo, en la mañana de esa jornada crucial, Zulema, en el geriátrico donde está internada, atormentada en la boca por las llagas que causan la vejez, el cigarrillo y el silencio, medita: “Yo no sé nada”, “qué importa, si todos están muertos”, mientras recuerda que en aquel hospital, en el servicio que dirigía el padre de la hija menor, “iban unos tipos con cara de matones y se metían en la oficina del jefe y hablaban y hablaban toda la mañana”, para luego actuar.

Así, el texto se organiza sobre la base de dos series alternadas: en una de ellas, la hija menor recapitula su vida, la mañana del día en que irá a ver a Zulema para preguntarle la verdad; en la otra serie, un narrador en tercera persona habla de Zulema y registra sus pensamientos y recuerdos. Esta estructura doble permite desarrollar en cien páginas una historia extensa, organizada en capítulos cuyos títulos –“1973”, “1976”, “1983”…– condensan los últimos cuarenta y cinco años de la historia argentina. “Nadie necesita otra novela”, dice la hija porque “ojalá hubiera una novela capaz de borrar esta verdad”. Pero la novela insiste, ya que en este orden de preguntas no sólo se trata de cuál es la respuesta sino de quién ha de darla, en este caso Zulema la de las manos tristes, ya que “algunas vidas que nos parecen mínimas pueden tener la capacidad de generar luz”.

Laura Massolo nació en Buenos Aires en 1954. Entre otros libros publicó La otra piedad (cuentos), Cara de pájaro (novela) y Vocabulario enfermo (poemas). Obtuvo el Premio Internacional Juan Rulfo y el Primer Premio de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires. La editorial Zona Borde fue fundada en 2015. Ha publicado autores argentinos de ficción y de poesía como Laura Yasan, Juan José Burzi y Ariel Bermani.

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Escritor y Periodista

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