El lector de Borges y la World Wide Web

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1. El lector de Borges aborda “El inmortal” como si lo leyera por primera vez. Empieza por el epígrafe de Bacon, all novelty is but oblivion, y enseguida lee que a Homero –el que en “El inmortal” resultará ser Homero– “la práctica del griego le es penosa”: el autor de la Ilíada habla “una conjunción de español de Salónica y de portugués de Macao”.

¿Qué es el español de Salónica?

2. Se ha venido sosteniendo que el uso de Internet puede deteriorar la aptitud para leer literatura. Nicholas Carr, en 2008 (www.theatlantic.com), se quejaba de que la navegación, el hipertexto, afectan la concentración del lector: “La lectura profunda —deep reading–, que solía acontecer naturalmente, se ha convertido en un esfuerzo”. Michael Rosenwald, en 2014 (The Washington Post), advirtió que “Internet, con tanta información, textos linkeados, videos junto a los textos e interactividad, favorece, como ha sido documentado en estudios académicos, una lectura no lineal” que “comienza a invadir la lectura en otros medios”. Steve Johnson (citado por Naomi Baron en Words Onscreen: the Fate of Reading in a Digital World) se inquieta: “Temo que uno de los grandes placeres de leer libros, la inmersión total en otro mundo o en el mundo de las ideas del autor, resulte comprometida”. La experiencia del lector de Borges puede aportar una perspectiva diferente.

3. Habíamos dejado al lector de “El inmortal” ante una pregunta por el español de Salónica y ya ha encontrado su respuesta: el español de Salónica es el que hablaron durante siglos los judíos de esa ciudad de Grecia, adonde habían llegado tras su expulsión de España. Salónica fue la única gran ciudad europea que llegó a tener mayoría de población judía. En 1900 había 80.000 judíos sobre un total de 130.000 habitantes. En la Segunda Guerra Mundial, fueron exterminados. Dio del cielo, dio del cielo,
no topates que hacer. Mos dejates arrastrando, ni camisa para meter. En 1949, cuando fue publicado “El inmortal”, la población judía de Salónica se había reducido a 1.783 personas.

En cuanto al portugués de Macao, es un dialecto hablado en esa ciudad de China que fue colonia portuguesa desde el siglo XVI. El idioma de Homero está compuesto por lenguas marginales, precariamente conservadas en la expatriación.

El lector de “El inmortal” –no importa si lo leyó en papel– obtuvo esos conocimientos por navegación en la World Wide Web. La Wikipedia (que hubiera encantado a Borges por sus precisiones, por sus errores y por el vasto congreso anónimo que comporta) tiene un artículo llamado “Historia de los judíos de Salónica”, que incluye 66 notas bibliográficas; desde una de ellas se accede al estudio “Jewish Community of Thessaloniki”, elaborado por Foundation for the Advancement of Sephardic Studies and Culture. El poema en español de Salónica fue obtenido de “Cantiga del fuego”, que el lector encontró en YouTube en versión cantada por Ana Alcaide. La naturaleza de la World Wide Web no es asimilable a la del Aleph pero se parece a la del Libro de Arena: no es puntual y fulgurante sino sucesiva e ilimitada, ¿cuántas páginas tiene la web?

4. Posible objeción: ¿por qué llamar el lector de Borges al que venimos siguiendo, en lugar de considerarlo simplemente un lector de Borges? Hay quienes leen a Borges sin detenerse en las referencias. O bien, ¿no será que el verdadero lector de Borges, ese a quien dirigió Borges su relato, conoce de antemano aquella y las demás referencias del texto?

En cuanto a la primera posibilidad hay que admitir que, se detenga o no el lector a buscar respuestas, las preguntas están planteadas desde el texto mismo: “español de Salónica”, como “la Ilíada de Pope” o la extraña condición atribuida a Cornelio Agrippa, suscitan interrogación. A menos que el lector ya supiera las respuestas, lo cual lleva a la segunda opción: ¿se dirige Borges a un lector erudito, que en cada punto del texto entiende ya de qué se trata? No. Porque no hay plan de estudios, no hay formación académica que abarque: las campañas militares del emperador Diocleciano en Egipto; la traducción de la Ilíada por Alexander Pope; la biografía de Enrique Cornelio Agripa de Nettesheim (1486-1535); el Poema del Cid; la derrota de Harald Hardrada en la batalla de Stamford Bridge, en 1066; las ideas de Giambattista Vico sobre el saber de Homero; la geografía de la antigua Mauritania; y otros asuntos. Las referencias no se desprenden de un corpus sistemático sino que son resultado de lecturas diversas, conducidas por el azar y el deseo, o ligadas por un proyecto que se organiza a posteriori, en la escritura que esas lecturas habrán de propiciar. La probabilidad de que un lector que no fuese Borges hiciera de antemano el mismo recorrido tiende a cero.

Ahora, al buscar respuesta a las preguntas que el texto suscita, el lector de Borges recupera ese recorrido. Antes de que existiera la web, no lo hubiera hecho. Claro que hubiese podido, como diría Borges, fatigar bibliotecas, pero entonces el lector hedónico se hubiera convertido en otra cosa, en un investigador laborioso.

5. La antigua Mauritania abarcaba la mayor parte de Africa del norte. Borges cuenta que, en ese país, los garamantas “tienen las mujeres en común y se nutren de leones”. Plinio el Viejo (Historia natural, libro V) dice de los trogloditas que “la carne de serpientes es su alimento y dan gruñidos, sin voz, porque están privados de la palabra”. Herodoto (Los nueve libros de la historia, libro IV, cap. 183) agrega que en esas tierras “los bueyes van paciendo hacia atrás, porque teniendo las astas retorcidas hacia adelante van retrocediendo paso a paso, pues si fueran avanzando no podrían comer, porque darían primero con las astas en el suelo”. Y el wikipedista anónimo también aporta datos extraordinarios: una de las principales industrias de la región era la elaboración del garum, salsa preparada con vísceras fermentadas de pescado muy apreciada en Roma por sus virtudes afrodisíacas y que hoy, en 2017, se volverá a fabricar gracias a restos perfectamente conservados en Pompeya. También en la web está la Encyclopaedia Britannica, donde puede leerse que la Ilíada de Alexander Pope, es decir, la traducción al inglés que completó en 1720, se despreocupa de la fidelidad al original, ya que “Pope ofreció a sus lectores la Ilíada que, en su sentir, Homero hubiera escrito si hubiese vivido en el siglo XVIII en Inglaterra”.

Borges, Plinio, Herodoto, la Britannica, el wikipedista, funcionan en el mismo plano: no están uno en la biblioteca del lector, otros en estantes más o menos polvorientos de una biblioteca pública y otro en una revista de actualidad; están todos ahí en la pantalla, pueden leerse del mismo modo. Y en este relato extendido al que aportan viajeros, literatos, informantes anónimos antiguos y contemporáneos, en este texto múltiple que se compone bajo el aliento de lo recuperado, ¿no vislumbramos al narrador ausente que evocó Benjamin?

6. En “El narrador”, publicado en 1936, Walter Benjamin construye la figura del narrador: ese cuya fuente era la experiencia transmitida de boca en boca; el que, anónimo, daba testimonios de sus viajes o bien de las tradiciones de su tierra de origen; ese cuyos relatos aportan una moraleja, una regla de vida, una indicación práctica; ese que, dice Benjamin, fue aprendiz y maestro en las corporaciones artesanales medievales y que, en el siglo XIX, pudo ser representado por el cuentista ruso Nicolai Leskov. Como hemos visto en Plinio, en Borges y en Herodoto, “lo extraordinario, lo prodigioso, están contados con la mayor precisión, sin imponerle al lector el contexto”. Benjamin cita a Herodoto y menciona a los cronistas, pero ante todo se trata de la condición mortal: “Es en el moribundo donde, no sólo el saber y la sabiduría adquieren una forma trasmisible, sino sobre todo su vida vivida; y ése es el material del que nacen las historias”. Arte de la narración cuyo largo ocaso empezó con la aparición de la novela como género literario y llegó a su crisis cuando, con la prensa de masas, tuvo que enfrentarse a una nueva forma de la comunicación: la información.

El narrador de Benjamin no se presenta como el resultado de una investigación histórica sistemática sino como una construcción, en el sentido en que lo son las “Construcciones en el análisis” que Freud publicó un año después. En ambos casos una realidad posible, postulada hacia el pasado, procura dar cuenta de una situación actual –individual en la construcción freudiana, social en la de Benjamin– definida por una imposibilidad de simbolización: “Nos está siendo retirada la facultad de intercambiar experiencias”. La desaparición del narrador da testimonio de una época cuyo emblema, en Benjamin, se define por un avance de la tecnología comunicacional: la reproductibilidad técnica de la obra de arte.

Ochenta años después, tiene interés releer las construcciones de Benjamin tomando en cuenta los muy distintos usos posibles de Internet: no es lo mismo el posteo en Facebook o Twitter que la lectura enciclopédica mediada por la World Wide Web. En el relato abierto que suscita “El inmortal”, Plinio dice que los trogloditas se nutren de serpientes y Borges dice que los garamantas se nutren de leones, pero estos leones se nutrirán de esos bueyes que, en la formidable percepción de Herodoto, sólo pueden nutrirse al retroceder.

7. Es cierto que muchos textos literarios se facilitan con la web. El lector de Doktor Faustus, de Thomas Mann, encontrará rápidamente en YouTube la sonata para piano de Beethoven y el nocturno de Chopin, incluso el ensayo de Adorno sobre el estilo tardío, pero hay una diferencia: el lector de Thomas Mann sabe de música. Doktor Faustus da por entendido que su lector está formado en la teoría de la música académica occidental, y las ignorancias del lego, lector eventual, no interrumpen la corriente caudalosa de la novela. En Borges las ignorancias del lector, ineludibles, escanden el texto. Al llegar a “el español de Salónica” o a “Bikanir”, el lector, busque o no la referencia en otra parte, alza los ojos al menos por un instante. Borges (como Rulfo, como Di Benedetto) no propicia el deep reading, “la inmersión total en otro mundo” que algunos creen añorar. Esa inmersión total era la que suscitaban Dickens o Dumas cuando sus novelas se publicaban por entregas, y su legado es recogido en Internet por series filmadas cuyo público se sumerge en ellas sin que la web ni las redes sociales ni el what’s app lo distraigan. La lectura de Borges es, justo como temen los preocupados por Internet, “no lineal”, porque “el mundo de las ideas del autor” no es cerrado sino que, en cada escansión, se abre a la intertextualidad.

8. Borges anticipó un lector. Escribió como si ya existiera la World Wide Web, porque él mismo navegaba en una red universal de lecturas. Hoy cada escritor tiene derecho a que su trabajo, desde la primera palabra, se oriente hacia ese lector dispuesto a todas las preguntas. Pero —all novelty is but oblivion– este lector nuevo es también el más antiguo: es el niño, que, en el diccionario o en la web, busca palabras, obscenas o no. El niño que persigue la palabra obscena es bien distinto del adulto que busca la imagen pornográfica, ya que éste busca un goce y aquél un saber. Él pregunta acerca de su propio ser y, aunque no obtenga respuesta, acierta al indagar por lo que en sí mismo está fuera de escena.

Pero este no es ya el lector hedónico: lee movido por la cuestión que lo desgarra; su lectura no está escindida de la angustia. En cambio Borges, en el epílogo a sus ensayos de Otras inquisiciones, registró su propia “tendencia a estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético y aun por lo que encierran de singular o maravilloso”. El lector de la nueva enciclopedia puede haber tomado un camino diferente.

9. Hemos seguido una perspectiva específica, la del lector que el texto literario implica. Desde otra perspectiva, se ha opinado que “La biblioteca de Babel”, “Examen de la obra de Herbert Quain” o “El jardín de senderos que se bifurcan” serían precursores de una ‘hiperficción'”, entendida como nuevo género literario basado en el uso del hipertexto (Perla Sasson-Henry, Borges 2.0: From Text to Virtual Worlds, Peter Lang Publishing). Más aún, un autor llamado Stuart Moulthrop escribió una “novela en hipertexto”, Victory Garden, basada en “El jardín…”, donde cada peripecia se ramifica en diversas posibilidades entre las que el lector debe optar. Pero la novela ramificada El jardín de senderos que se bifurcan es una ficción contenida en el cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”, y este cuento no tiene bifurcaciones sino que se desarrolla hasta un final unívoco, firme y cerrado. Pretender escribir una novela de verdad sobre el modelo de El jardín… equivale a reescribir el Quijote mediante el procedimiento de Pierre Ménard.

No es seguro que las tecnologías generen una escritura literaria diferente. Lo seguro es que el lector es previo al texto; el escritor, para empezar a escribir, debe haber recibido su llamado. Estudiar la lectura que Internet permite es preguntar qué lector, hoy, se ofrece al acto de escritura.

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Escritor y Periodista

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