Trump, Khan, la ola y la espuma

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La ola Trump llegó, rompió y ahora es un mar de espuma. Alcanzó su pico hace un par de semanas en la convención republicana del Cleveland, donde en medio de un circo romano lleno de reaccionarios extremistas que pedían cárcel para Hillary y algo peor para Obama, las pocas autoridades partidarias con estómago suficiente alzaron su brazo y lo ungieron candidato, candidato del pueblo, candidato de todos los laburantes bien nacidos que están hartos de ver cómo el mundo globalizado los pasa por arriba, candidato que entonces peleaba cabeza a cabeza con una rival que, bueno, habrá pensado él, además de ser mujer, ni siquiera calienta a su propio marido.

 

Todo iba bien hasta que se metió con el soldadito. Habían festejado sus bravuconadas con los mexicanos, habían asentido en silencio cuando propuso prohibir la entrada al país a musulmanes extranjeros, miraron para otro lado cada vez que maltrató a mujeres, discapacitados, gays, pacifistas, periodistas y manifestantes. Lo siguieron mientras arrasaba en las primarias de costa a costa, surfeando el descontento popular post crisis que engendró el movimiento ultraconsdervador Tea Party, basado en el desprecio por el Estado, el establishment político y el propio Partido Republicano.

 

Parecía que sus votantes se habían vuelto locos, que nada los haría reaccionar, que no les importaba votar a un racista y sexista hombre de negocios entre dudosos y mafiosos, admirador de Putin y Kim Jon-un, figureti de farándulas de Miami, Los Angeles y Nueva York, caricatura gastada del americano prepotente, grandilocuente y grosero, que se lleva el mundo por delante y no se priva de ningún placer.

 

Pero no, no estaban locos. Los millones de seguidores que generaron la ola en las clases medias urbanas y rurales empobrecidas por el estallido de la burbuja inmobiliaria del 2008 no lo votaron a Trump por sus modales y menos aún por su, digamos, visión de política exterior. Lo eligieron porque aún empobrecidos seguían siendo conservadores y él era el único candidato del partido conservador, del partido religioso, del partido anti aborto, anti matrimonio gay, pro portación de armas, el único candidato de ese espacio que prometía no recortar Medicare (el plan de salud universal para jubilados y pensionados) ni Medicaid, (el plan de salud universal para los pobres), ni mucho menos el presupuesto del VA, el organismo encargado de asistir a los veteranos de guerra. Y era el candidato republicano que más recortes de impuestos proponía, sin importarle demasiado inflar el déficit. Y, además, como el resto de los principales precandidatos republicanos, Trump no quería saber nada con esos tratados internacionales de los demócratas y de los Bush que supuestamente les sacarían los trabajos a los estadounidenses justo cuando la economía iniciaba una frágil recuperación.

 

A esto Trump le agregaba una lógica del éxito que se retroalimentaba a medida que Trump sorprendía al mundo sumando adeptos, movilizando al extremo a los sectores libertarios que típicamente no participaban de actividades cívicas y políticas en un país donde no es obligatorio votar. “Apoyame porque soy exitoso”, parecía decir Trump en cada gesto, en cada discurso, en cada viaje de helicóptero, en cada edificio que lleva su nombre “Si me sigues también serás exitoso y Estados Unidos será mejor.”

 

Encima se manejaba con un estilo poco convencional. Si lo acusaban de algo, no importa qué, él doblaba la apuesta. Si le criticaban un insulto, él decía otro peor.

 

Así, por una u otra razón, se llenó de adeptos y se llenó de votos. ¿Quién puede culparlo por pensar que lo votaban por ser como es, decir lo que piensa y expresar lo que siente, por pensar que lo votarían siempre?

 

 

Hasta que llegó la convención Demócrata de Filadelfia, una semana después de Cleveland, y Trump, que ya había pasado por bancarrotas y divorcios escandalosos, se pegó el porrazo de su vida. En su enésima entrevista de campaña con la cadena ABC no tuvo mejor idea que meterse con los padres del Humayun Khan, un capitán del ejército estadounidense muerto en Irak en el 2004 a los 28 años de edad, estrella de bronce al heroísmo, hijo de inmigrantes paquistaníes que habían sido invitados por la campaña de Hillary Clinton a dar un discurso en la convención Demócrata a nombre de su hijo.

 

En la entrevista, casi como al pasar, Trump ironizó que el que había hablado era el padre del soldado, (vestido de impecable saco y corbata) mientras la mamá, (lucía un velo tradicional paquistaní sobre su cabeza), se había quedado callada, como diciendo que a las mujeres musulmanas no las dejan hablar. “Ella está ahí sin decir nada, como sin saber qué hacer. A lo mejor no la dejan hablar,” deslizó.

 

Y vaya que le contestó esa mujer que con o sin velo nunca había callado y que ya había dado varias entrevistas a los principales medios del país, cuestión que Trump evidentemente ignoraba. “Donald Trump dijo que no tengo nada que decir. Sí que tengo. Mi hijo, Humayun Khan, un capitán del Ejército, murió en Irak hace 12 años. Amaba a los Estados Unidos,” le espetó desde la página editorial del diario Washington Post.”Donald Trump no sabe lo que es la palabra sacrificio”.

 

 

Seguro que Trump había dicho cosas peores y seguro que había recibido respuestas más venenosas. Pero la mamá de Khan tocó un nervio. En un país como Estados Unidos, enraizado en el puritanismo anglosajón, donde cada generación tuvo su guerra y cada guerra es un ritual de pasaje para las nuevas camadas de jóvenes, para millones de estadounidenses de distintas razas, colores y grupos socioeconómicos, hermanados en combate bajo el juramento de que “nadie queda atrás”, faltarle el respeto al familiar de un soldado caído puede provocar un tembladeral. Importantes carreras políticas y públicas se han derrumbado en ese país por incorrecciones políticas similares o aún menores.

 

Es cierto que Trump ya había dicho barbaridades sin ofender demasiado al puritanismo anglosajón, o al menos sin dañar demasiado su intención de voto. Pero no las había dicho en un momento tan delicado. Trump acababa de ser nombrado candidato de su partido, finalista en una competencia de a dos, frente a un rival confiable y experimentado, con el valor agregado de la novedad de ser mujer. Pero, vamos, él sabe bien que hoy día Hillary Clinton ni siquiera despierta el entusiasmo de sus propios seguidores.

 

Trump había llegado tan cerca del poder que podía olerlo. Entonces se dio una versión yanqui del famoso teorema de Baglini: “el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder.” Como el dirigente no se hacía cargo, los votantes asumieron la responsabilidad y a partir del incidente con la mamá de Khan empezó la estampida. A los norteamericanos les pasó lo mismo que a los franceses en el 2002 cuando el racista xenófobo Jean Marie Le Pen accedió a un ballotage con Jacques Chirac en medio de un clima de malestar social. Los franceses se asustaron, se movilizaron y terminaron votando en masa por Chirac. (Ahora está la hija de Le Pen compitiendo otra vez con una versión más light y aggiornada del programa del padre, pero esa es otra historia.) Como le había pasado al viejo racista francés, la luz del poder a Trump lo dejó desnudo.

 

Pierde en todos los grupos demográficos salvo el de los blancos sin título universitario, un segmento cada vez más minoritario al que Trump parece haberle exprimido hasta su último voto. Según las últimas encuestas quedó a cinco puntos de Clinton, lo cual no parece demasiado, pero a esta altura de la carrera, faltando siete semanas para la general, nadie ha remontado semejante ventaja desde que empezaron este tipo de encuestas, allá por los 60.

 

Entonces se entiende lo de Trump en estos días, cuando pide perdón, después echa por blando al jefe de su campaña, después contrata un par de halcones para volver a mostrarse “auténtico”, es la palabra que usan sus nuevos asesores, con un mensaje misógino sobre la salud mental de Hillary, después pega otro giro y trata de quedar bien con los latinos, (suman el 10 por ciento del electorado y le votan en contra 8 a 2) diciendo que está dispuesto a “suavizar las leyes contra los inmigrantes”, como si fuera posible olvidar que el Trump “autentico” había propuesto echarlos a patadas.

 

Manotazos de ahogado. Cuando baje la marea sólo quedará una carrera presidencial que en realidad fue una larga campaña de marketing, construida sobre chicanas y golpes bajos por un viejo pirata que se cansó de fundir casinos y empresas de construcción y que debe más de quinientos millones de dólares pero no le importa porque cuanto más debe más lo ayudan los que quieren cobrar. Quedará el recuerdo del paso por las grande ligas de la política de él, Trump, la marca, la estrella fugaz de reality show que supo mezclar como ninguno altas dosis de frivolidad y brutalidad, con sus corbatas chillonas y su peinado ridículo, y que acuñó para la posteridad el triste latiguillo televisivo “¡Estás despedido!”

 

Como si fuera divertido echar gente de su trabajo. Como si fuera gracioso burlarse de un minusválido imitando su discapacidad. Como si fuera una genialidad reírse de los inmigrantes pobres que vienen a ganarse el pan. O mofarse de la desesperación de los refugiados que perdieron todo. O tratar de estúpidos a los musulmanes que visten diferente. O agredir a mujeres con chanzas machistas. O reírse del dolor y el sacrificio de una madre, la mamá de un soldado valiente que murió peleando por él.

 

Ironía de ironías para el más rabioso chauvinista que alguna vez estuvo cerca de ser elegido presidente en el país del pato Donald. Su ola de patriotismo berreta chocó con la tumba de un soldado y ahora se diluye en un montón de espuma.

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About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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