La muerte de un Régimen

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En estos meses, semanas, días y horas en que vi cómo se consumaba el golpe parlamentario-mediático-empresarial en contra del gobierno de la presidenta brasilera Dilma Rousseff desde mi platea privilegiada de editor jefe de noticias internacionales del diario Página 12, cada vez que lo pensaba , me venía a la cabeza una de las muchas enseñanzas que me dejó mi querido padre, el politólogo Guillermo O´Donnell. Reconocido en el mundo, fallecido hace poco más de cuatro años, yo nunca había escrito una línea sobre él. Hoy lo hago movido por ese recuerdo recurrente y por un mensaje de mi hermana, la antropóloga brasilera Julia O’Donnell, escrito en mi muro de Facebook: “Santi, precisamos de um texto seu sobre nossa triste situação…”

Papá dedicó su prolífica e intensa vida académica al estudio de la democracia, desde su ausencia en tiempos de dictadura, a su crecimiento en tiempos de transición, a su mejoramiento en tiempos de consolidación. Casi toda su obra se referencia en Agentina y Brasil, los dos países que más amó. Si bien sus colegas, sus discípulos y también sus críticos lo leyeron mucho más y lo comprendieron mucho mejor que yo, a riesgo de equivocarme o sonar demasiado simplista o poco académico me atrevo a decir que hay una línea que él escribió en Contrapuntos: ensayos escogidos sobre autoritarismo y democratización, (1997), muy sencilla, muy simple, muy directa, que de tan efectiva no me la puedo sacar de mi cabeza. La leí por primera vez en un columna domincal que Mario Wainfeld publicó en mi diario en mayo del año pasado, y no deja de retumbar en mi mente desde que empezó la escalada destituyente en Brasil.

Quienes ocupan las posiciones más altas en el gobierno (democrático) no deben sufrir la terminación de su mandato antes de los plazos legalmente establecidos.

Yo no había leído ese libro Contrapuntos que mi padre me había regalado con la esperanza sincera de que yo lo leyera. Demasiado denso, no me daba la cabeza. Pero esa frase sí que la puedo entender, la puede entender cualquiera. Va de suyo. Cae de maduro. Los presidentes deben poder finalizar sus mandatos. Se trata de una regla básica de la democracia. No creo que hoy alguien la pueda discutir. Lo que no sabía, y me vengo a enterar googleando el artículo de uno de sus colegas, es qué él, mi padre, había sido el primero en incluir esa condición en la definición de lo que constituye una democracia. Según escribió el politólogo peruano Luis Meléndez en “La democracia según Guillermo O’Donnell: una revisión crítica” (2013), si lo entendí bien, para arribar a su definición de “régimen democrático”, o sea el piso básico sobre el cual se puede empezar a hablar de una democracia, mi padre había tomado la definición de “poliarquía”, de su maestro en la Universidad de Yale, Robert Dahl. Dahl señala que para que exista una poliarquía, siete instituciones deben estar presentes: funcionarios electos, elecciones libres e imparciales, sufragio inclusivo, derecho a ocupar cargos públicos, libertad de expresión, variedad de fuentes de información, autonomía asociativa. Sin embargo, a diferencia de los regímenes parlamentarios del occidente europeo y el presidencialismo republicano estadounidense que habían marcado el pensamiento de Dahl, mi padre, basándose en su experiencia latinoamericana, en nuestra particular historia periférica post colonialista de golpes militares y dependencia económica, agregó cuatro rasgos necesarios a los siete requisitos enumerados por Dahl. Primero, “quienes ocupan las posiciones más altas en el gobierno no deben sufrir la terminación de sus mandatos antes de los plazos legalmente establecidos”; segundo, “las autoridades electas no deben estar sujetas a restricciones severas o vetos, ni ser excluidas de ciertos ámbitos de decisión política por actores no electos” (como las fuerzas armadas); tercero, “debe existir un territorio indisputado que defina claramente el demos votante”; cuarto, “debe darse la expectativa generalizada de que el proceso electoral y las libertades contextuales se mantendrán en un futuro indefinido”.

Ok, lo de “demos” lo tuve que googlear: “Demos es el conjunto de personas, claramente definido, al que se circunscriben los derechos de decisión, representación y electibilidad en un conjunto político cualquiera. El demos es el listado de miembros plenos de una comunidad política.” Pero lo demás, creo, es bastante claro. Sobre todo el punto uno: los presidentes deben poder terminar sus mandatos.

Por supuesto que existen excepciones. Si el presidente queda incapacitado por muerte o enfermedad, por ejemplo, debe exisitir un mecanismo democrático para facilitar la transición hacia el próximo. Si un presidente comete crímenes aberrantes de tal magnitud que queda inhabilitado moralmente para continuar su mandato, debe existir un mecanismo democrático para que la sucesión no sea traumática. Prácticamente todas las constituciones del mundo preveen mecanismos institucionales para sortear estas situaciones. Pero estas excepciones puntuales no incluyen caídas en popularidad, ni crisis económicas o políticas, mucho menos los tecnicismos burocráticos indentificados como presunto causal jurídico de remoción en el juicio político a Dilma.

La verdad, más allá del encomiable paso adelante en la lucha contra la corrupción que significa todo el terremoto causado por las causas judiciales alrededor de las coimas pagadas por empresas constructoras para asegurarse contratos con la petrolera estatal, Petrobras, y que no involucran a la presidenta aunque han dañado sensiblemente su popularidad, dio vergüenza ajena ver cómo diputados salpicados por el escándalo invocaban a Dios, Patria y Familia como único argumento para pedir la cabeza de Dilma en el recinto antes de votar.

Recuerdo el día en que mi padre recibió orgulloso su diploma honoris causa de la Universidad de Buenos Aires hace algo más de una década. En esa ocasión dio una clase magistral sobre, claro, qué otro tema sino la democracia. Habló de las tres dimensiones qué el le reconocía a las democracias. Primero, la dimensión clásica o ateniense, esto es, simplemente, que en una democracia la mayoría elige. Segundo, la dimensión republicana para atenuar los posibles abusos de las mayorías: la división de poderes, la alternancia en el poder, los controles estatales. Tercero, el plexo de derechos liberales que se sumaron al concepto de democracia para paliar deficiencias estructurales que perpetuaban la opresión de ciertas minorías: los derechos humanos, los derechos civiles, los derechos de la mujer y todo lo que hoy se da en llamar “nuevos derechos” : matrimonio gay, porro libre, aborto. Siguiendo ese razonamiento histórico-político, podemos decir que los mecanismos republicanos como el juicio político se hicieron para garantizar la defensa de las minorías débiles ante el posible abuso de la mayoría gobernante. Para ser claros, esos mecanismos republicanos no se incorporaron a la constitución brasilera para que una elíte nostálgica de su poder perdido utilice a sus legisladores de alquiler con el fin de tomar por asalto lo que no pudieron conseguir por la vía del voto .

Googleo democracia-O’Donnell y entre muchas otras cosas me aparece esto que él escribió en la revista Nueva Sociedad poco antes de morir:

La pulverización de la sociedad en innumerables actores racional oportunistas y su enojo ante una situación que parece causada por todos y, por lo tanto, aparentemente por nadie-tiene su chivo expiatorio fundamental: el Estado y el gobierno. Ese sentimiento colectivo es un suelo fértil para las ideologías antiestatistas simplistas; y por otra parte, impulsa la abismal pérdida de prestigio del gobierno democrático, de sus tambaleantes instituciones y de todos los políticos. Claro está que esas evaluaciones están bien fundamentadas: los mencionados fracasos del gobierno, sus desatinos y vacilaciones, su omnipotencia impotente, y con demasiada frecuencia la evidencia de su corrupción, así como el deprimente espectáculo que ofrecen (también con demasiada frecuencia) los políticos, dentro y fuera del Congreso, y los partidos políticos, brindan la oportunidad perfecta para la exculpación de la sociedad mediante una proyección sobre los múltiples males del Estado y del gobierno. Lo menos que se puede decir de esos problemas es, en primer lugar, que no ayudan a avanzar hacia una democracia consolidada, institucionalizada; en segundo lugar, que hacen extremadamente difícil la puesta en práctica de políticas complejas, de largo plazo y negociadas multilateralmente, que podrían sacar a esos países del atolladero; y en tercer lugar que (ciertamente no sólo en América Latina) esos problemas interactúan fuertemente con la tradición de un estilo cesarista, antiinstitucional y delegativo de formular políticas.

También leo que mi padre hacía una distinción entre “régimen democrático” y “Estado democrático”. Para él Brasil distaba mucho de tener un Estado democrático pleno en sus distintas dimensiones sociales y territoriales. Para él, el Estado brasilero era “heterogéneo”, estaba lleno de “zonas marrones” y de “agentes” o personas a las que no les llegaban derechos y servicios que otros sí gozaban. Siguiendo su línea de pensamiento, en este momento de quiebre se me ocurre que la democracia fortalece al Estado y que un Estado débil, no por tamaño ni poder fáctico, sino por falta de legitimidad, se vuelve impotente a la hora de defender el régimen. Entonces con el golpe parlamentario Brasil pierde mucho más que un gobierno electo y un Estado legítimo: pierde su régimen democrático.

 

Mi padre era un optimista y un fervoroso defensor de la democracia. Pero también era realista acerca de sus problemas y limitaciones. Hasta el final de sus días buscó soluciones en la sociedad civil, en los derechos civiles, en la relación entre agencia, régimen y estado, en la teoría del juego, en la “razonabilidad” de distintos actores y procesos. Pero en sus últimos años también hablaba y escribía mucho, con temor y aprensión, y a modo de advertencia, sobre “la muerte lenta de las democracias” en nuestra región. Sin ánimo de hacer hablar al difunto, me lo imagino tan triste como mi hermana Julia, acaso pensando que la democracia brasilera había empezado a morir mucho antes del juicio político a Dilma.

 

Publicado el 19 de abril de 2016.

 

 

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About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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