El pirata Peter Sunde

 

Peter Sunde debe diez millones de euros y sonríe cuando lo cuenta. “Ya deben ser once o doce (millones) con el interés, me están cobrando algo así como el catorce por ciento”, aclara divertido, en un oscuro rincón del lobby del hotel Nogaró, a metros de la Casa Rosada. Alto, flaco, rubio, ojos claros y cara de bebé; remera y jeans gastados, zapatillas de lona y smartphone guardado en el bolsillo, el hacktivista finlandés, fundador del famoso sitio para bajar canciones y películas gratis Pirate Bay, invitado para disertar esta tarde en el C.C. Kirchner, Sunde dice que vino a la Argentina porque no se la podía perder: el tango, que los finlandeses reclaman haber inventado; los bifes, aunque sea para mirarlos porque él no come mucha carne; Boca Juniors, aún cuando él no sea fanático del fútbol, ni fanático de nada, como buen escandinavo. También vino porque le interesa la movida tecnológica local y lo que está pasando en internet a nivel latinoamericano. “Al tratarse de una población que en general tiene ingresos más bajos, ustedes tienen una internet que todavía es más comunitaria que comercial, o sea, su principal función es la comunicación antes que el consumo”, contesta en fluido inglés.

En esta parte del mundo, a diferencia de Estados Unidos, Europa y Asia, los sitios pagos como Netflix (películas) y Spotify (música) no están tan desarrollados porque no hay tanta gente capaz de pagarlos. Entonces hay mayor uso de sitios gratis como Pirate Bay o Popcorn Time, una aplicación de fuente abierta para compartir videos que fue desarrollada en Argentina. Al igual que Pirate Bay en su momento, el servidor de Popcorn Time fue cerrado el año pasado por distintas presiones legales, pero sigue operando a través de reproductores en distintas partes del mundo. En el caso de Pirate Bay las batallas legales con los estudios de cine y los sellos musicales empezaron prácticamente desde su fundación en noviembre del 2003. Sunde fue arrestado y multado en 2009 y debió cumplir una condena de seis meses de cárcel en Suecia. Este año la Corte Suprema de ese país ratificó el fallo. En todo ese tiempo decenas de sitios para compartir música y video gratis cerraron en todo el mundo, sucumbiendo ante la presión legal de la industria del entretenimiento, ejercida a nivel mundial a través de la Justicia y el lobby comercial de Estados Unidos, incluyendo gigantes del rubro como Napster, Megaupload y Kazaa. Pero Pirate Bay nunca cerró. ¿Cómo hicieron?

Según Sunde, la diferencia es que él y sus socios no abrieron Pirate Bay para hacer plata, sino para generar un cambio en la cultura. Esto es, una cultura de código abierto, de compartir conocimientos, partiendo de la base que en toda creación el autor toma prestado conocimientos adquiridos a otras personas. Antes de crear Pirate Bay Sunde formó parte del núcleo fundacional de Piratebyron, un centro de estudios sueco que dio origen al movimiento pirata europeo, que hoy cuenta con partidos políticos y millones de seguidores, sobre todo en el norte del continente, pero también acá en Brasil y el resto del mundo.

Entonces, como Pirate Bay surgió de un movimiento cultural y no de una necesidad comercial, las discográficas y los estudios de cine no pueden voltearlos. Y no es que no lo intentaron. “Son peores que la mafia”, asegura. “Porque la mafia te manda tres o cuatro tipos a que te rompan una pierna y te saquen tu plata. En cambio estos tipos te mandan cien abogados a perseguirte por todo el mundo para meterte preso y sacarle todo el dinero para siempre, no sólo a vos sino a toda tu familia. Entonces son peores que la mafia.” Sin embargo, agrega, a ellos no los pueden cerrar porque lo que hacen es completamente legal y porque el intercambio de películas y canciones que Pirate Bay facilita a sus usuarios no pasa por un servidor centralizado, sino que se realiza directamente entre los usuarios. “Es como las páginas amarillas”, lo describe. O sea, el portal simplemente conecta a un usuario que busca una película o una canción con otro usuario que se ofrece a compartir el material. Hay sitios espejo de Pirate Bay distribuidos por todo el mundo. Cuando cierra uno, sólo hay que cliquear el siguiente. “A los demás los pueden amenazar, les firman un papel diciendo que les reducen la multa y que no les van a hacer más juicios si cierran su sitio, y con eso consiguen frenarlos, aunque es relativo porque enseguida aparecen otros sitios con el mismo sistema. A nosotros nunca nos interesó ese tipo de arreglo. “

Claro que la Justicia sueca no está tan de acuerdo con que Pirate Bay es perfectamente legal, se le dice a Sunde. “Lo que aprendimos es que no hace falta hacer algo ilegal para ser perseguidos por la Justicia, sólo molestar. Y nosotros molestamos.” Según él, documentos filtrados a la televisión pública sueca demostraron que el gobierno de Estados Unidos presionó al sueco para que cerrara Pirate Bay, amenazando con sanciones unilaterales y con ponerlo en la lista negra de la Organización Mundial del Comercio si no lo hacía. Y que la justicia sueca procedió en el 2007, a pesar de que un año antes después de un allanamiento al sitio, un fiscal sueco había dictaminado que el sitio, al que describió como “ingenioso” por su arquitectura legal, no violaba las leyes suecas.

Sobre este tema, de algún modo, versará su charla de hoy a las 18.30 en el foro de Cultura Digital del CCK: hablará sobre la hegemonía legal, política y sobre todo cultural de Estados Unidos en la Internet global y el riesgo que eso representa para las culturas del resto del mundo y en particular para América latina. “¿Te gusta que todas tus comunicaciones puedan ser interceptadas por Estados Unidos? Facebook, Amazon, E-Bay y Twitter son todas empresas de ese país, y son las que dominan la Internet. Hablaré de la necesidad de proteger el patrimonio cultural digital de cada país y de cada región, para que no sea completamente dependiente de Estados Unidos, como sucede en Europa y Asia.”

Sunde se fue de Pirate Bay en 2010 –según él se había cumplido un ciclo, trabajaba demasiado y lo hacía gratis, financiándose con otros proyectos de consultoría y programación– y pasó a formar la empresa Flattr, que se dedica al microfinanciamiento de sitios de internet. Como vive en Finlandia y Alemania pero no en Suecia, el fisco de ese país no puede alcanzarlo y él puede viajar libremente por casi todo el mundo, exceptuando Estados Unidos, por razones obvias, y Rusia, porque alguna vez los servidores de Pirate Bay hospedaron sitios web de independentistas chechenos. Ahora se alejó un poco de Flattr, dice, aunque sigue estando en su consejo consultivo, para dedicarse a nuevos proyectos de internet, como la creación de un tribunal virtual para que usuarios comunes puedan juzgar conductas. “Me interesa generar un debate sobre la preponderancia de la ética y la moral por sobre la Justicia”, señala.

Dice que no está en contra de la idea de propiedad intelectual, a la que prefiere llamar “propiedad inmaterial”, sino que está en contra de la soberbia y el elitismo de ciertos grupos de poder que fetichizan a los libros, la música y las películas como si fueran las únicas creaciones que merecen ser recompensadas cada vez que alguien se detiene a observarlas. “Imaginate que construís una casa”, argumenta. “Vos por entrar a la casa, por observarla, no tenés que pagarle al arquitecto o al dueño de la casa. Por atravesar una puerta no tenés que pagarle al carpintero que hizo la puerta. Una creación sólo tiene un valor monetario cuando alguien está dispuesto a pagarlo. Lo que no se puede hacer es imponer tus condiciones a la Internet, fijar precios y forzar pagos de manera arbitraria, como quisieron hacer los estudios y las discográficas, en un medio como internet que promueve la interactividad, el libre intercambio, la resignificación del arte y la colaboración a través de fuentes abiertas. Gracias a que existen sitios como Pirate Bay se pudo cambiar el sistema y se encontraron soluciones como Spotify, que no elimina el derecho de autor pero lo adapta a la cultura de la red.”

 

 

Publicado en Página/12 el 15 de octubre de 2015.

 

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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