Derechos humanos®

La historia

La historia de las violaciones a los derechos humanos en la Argentina de los setenta, de los miles de desaparecidos por la dictadura militar, es mucho más que una historia, pero también es una historia. Desde un punto de vista periodístico, es la historia más importante de los últimos cincuenta años en este país y sigue vigente. Algún día alguien podrá escribir esa historia y entonces dejará de ser actualidad y pasará a ser historia.

Mientras tanto, quedan por contar las pequeñas historias que hacen avanzar la historia, una historia que va cambiando a medida que aparecen nuevos personajes y se conjugan con nuevos escenarios, historias que nos acercan un poquito más al final, que será el principio de una nueva historia. Ojalá esta historia sirva para eso.

Esta es la historia de un grupo de personas unidas por el deseo de llegar a la verdad y de castigar a los culpables por las desapariciones de esa época a través del sistema legal  de la justicia argentina. Fundaron y trabajaron en el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), la organización no gubernamental que se encargó de llevar adelante la mayoría de los juicios en contra de los represores de la dictadura.

Quienes integraron e integran el CELS provienen de distintos lugares y posturas ideológicas, pero dentro de ciertos límites. Casi todos son profesionales, la mayoría abogados, y el arco político va desde la izquierda democrática hasta el liberalismo progresista. Sus fundadores son padres y madres de clase media de jóvenes desaparecidos, como Emilio y Chela Mignone, y Augusto y Laura Conte. A diferencia de sus hijos, que despreciaban la democracia burguesa y querían cambiar el sistema, ellos pensaban que la dictadura que se había llevado a sus hijos era una aberración del sistema. Supieron ver que solo conocerían la verdad sobre las desapariciones y obtendrían justicia para sus víctimas si recuperaban ese sistema, esa democracia tan vapuleada y despreciada por la generación de sus hijos. Con las herramientas legales y políticas de la democracia ayudaron a reconquistar la democracia. A partir de ahí emprendieron un largo camino para darle sentido a esa conquista formal a través de una praxis, un lenguaje, una iconografía, un relato, al fin, una cultura de respeto a los derechos humanos que hoy se ha instalado en nuestra sociedad para dar pelea a distintas corrientes reaccionarias y fundamentalistas.

La historia del CELS empieza con sus fundadores pero no termina con ellos. También se destacaron militantes jugados como Jorge Baños, que murió en el asalto al cuarte de La Tablada en 1989, abogados trotskistas que ven en la práctica legal un puesto de lucha prerrevolucionario, como Luis Zamora y Marcelo Parrilli, sobrevivientes de la resistencia peronista como Alicia Oliveira, jóvenes idealistas recién salidos de las universidades como Carolina Varsky y Santiago Felgueras, y profesionales de los derechos humanos, educados y entrenados en Estados Unidos, como Víctor Abramovich, Martín Abregú y Gastón Chillier.

Sin embargo, un nombre se destaca entre todos ellos y es el del actual presidente de la organización, Horacio Verbitsky. El influyente periodista de Página/12 es una institución en sí mismo que opaca y visibiliza a la vez al CELS. Actuaciones y relaciones, odios y amores se tocan y se entrecruzan, y aunque Verbitsky dice que para él está todo muy claro, para los miembros del CELS se hace difícil discernir dónde termina la ONG y dónde empieza el periodista. Ni hablar para los de afuera.

En la actualidad, además de los juicios a los militares, el CELS monitorea la aprobación de los ascensos militares en el Congreso y participa en distintos programas, proyectos y actividades vinculados con el reclamo por los crímenes de la dictadura. También se ocupa de casos de violencia policial, de abusos en las cárceles y de libertad de expresión. Además prepara proyectos de ley para mejorar la seguridad y el funcionamiento de la justicia, haciendo de nexo entre la demanda social, la vocación de servicio de sus integrantes y los temas de interés de sus donantes.

La principal fuente de financiación del CELS es la Ford Foundation, la segunda organización filantrópica de Estados Unidos por el volumen de ayudas que maneja y con un importante programa para fortalecer los derechos humanos en América Latina. Además, entre sus principales donantes están la Unión Europea, la Fundación Oak (una ONG global con sedes en Londres, Ginebra y con base en Carolina del Norte, Estados Unidos), el Sigrid Rausing Trust (Suecia), la Fundación Heinrich Böll Cono Sur (con base en

Alemania), Open Society Foundations (OSF, la ONG de George Soros) y el Fondo de Contribuciones Voluntarias de las Naciones Unidas para las Víctimas de la Tortura. No recibe fondos del gobierno nacional, excepto a través de convocatorias académicas concursadas, como la que le permitió suscribir un acuerdo con el Ministerio de Salud de la Nación a través del programa de becas Carrillo-Oñativia. El CELS también cuenta con donantes particulares. Hoy tiene unos sesenta y cinco empleados, la mayoría de ellos full time. Su presupuesto anual para el año 2014 fue de casi 2,6 millones de dólares, según su último balance.

La embajada estadounidense toma los informes del CELS como fuente principal para elaborar sus informes

anuales sobre derechos humanos para el gobierno norteamericano. El CELS es la pata local de una importante red internacional de organismos de derechos humanos, cuyos referentes principales son Amnistía Internacional, con sede en Londres, y Human Rights Watch, con sede en Nueva York. A la vez, la institución argentina está a la vanguardia de una tendencia global hacia la descentralización de esa red para democratizar su agenda y establecer nuevas alianzas en lo que se dio en llamar “marcos de cooperación Sur-Sur”.

La historia del CELS está atravesada por los debates que fueron marcando el camino de las organizaciones de derechos humanos, desde la creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) hasta el apoyo al gobierno de los Kirchner, pasando por el punto final de Alfonsín y los indultos de Menem. La relación con los distintos partidos políticos y gobiernos, la aceptación de las reparaciones económicas a familiares de las víctimas de la dictadura, la distancia con las organizaciones armadas mientras existieron, las coincidencias y diferencias con los demás organismos de derechos humanos y el modelo estadounidense de ONG de derechos humanos adoptado por Mignone (encarnado por profesionales hiperformados) y continuado por sus sucesores, la simbiosis con la figura de Verbitsky.

¿Y por qué llegamos nosotros a esta historia? Porque la vivimos, porque la mamamos desde chicos y porque la fuimos a buscar. Pero también porque nos encontró. En 2008 el CELS nos había contratado para que escribiéramos su historia oficial. A insistencia de los representantes de la institución, convenimos que ellos iban a tener la edición final del libro pero nos reservamos el derecho a no firmarlo.

Nos dieron un cronograma, una guía temática, una lista de libros y documentos que debíamos incorporar en nuestro texto, así como una lista de personas que debíamos entrevistar. Cumplimos en tiempo y forma con lo pedido, pero nos echaron después de entregar el tercer capítulo. Nos hicieron saber que no entendíamos los debates principales del movimiento de derechos humanos, que no estábamos familiarizados con la literatura básica y que, en general, no estábamos a la altura de la tarea encomendada.

El golpe fue duro. Veníamos de trabajar en el Washington Post, en Radio France Internationale, en La Nación, Clarín, Perfil, Página/12. Habíamos editado publicaciones para Poder Ciudadano, el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) y la Fundación Síntesis. Acabábamos de terminar un libro para la Fundación Ford sobre los organismos de derechos humanos que financia esa institución en América Latina. Nunca nos había pasado algo así.

Tocados en nuestro orgullo, pedimos otra oportunidad. Hicimos autocrítica delante del director ejecutivo, prometimos mejorar, propusimos duplicar nuestros esfuerzos, ofrecimos internarnos en los pasillos de CELS durante el tiempo que hiciera falta, sin costo adicional para la institución, hasta salir de nuestra ignorancia. Pero no hubo caso.

“Yo quiero que esto termine bien, que puedas seguir escribiendo artículos sobre el CELS y que podamos tomarnos una cerveza”, le dijo a uno de nosotros el director ejecutivo. “La única manera de que podamos seguir tomando cervezas es hacer el libro”, se le contestó, pero él se mantuvo irreductible en su posición. Cuando le dijimos que por supuesto que íbamos a seguir, con o sin apoyo del CELS, porque nadie era dueño de nuestras palabras y mucho menos de nuestros silencios, el director ejecutivo se mostró sorprendido. “¿En serio quieren seguir? Dejame ver, no creo que haya problema.” Como no había más nada para hablar, nos despedimos. Ese mismo día uno de nosotros llamó a un abogado y politólogo que conocía muy bien a la institución y a su gente para contarle la triste noticia. “No te preocupes, no te calientes —consoló—. A veces esta gente del CELS se cree que mea agua bendita.”

La experiencia nos sirvió para entender un poco mejor al sujeto de nuestra observación. Aprendimos que la mayor fortaleza del CELS es, a la vez, su mayor debilidad. Como suele pasar con la gente brillante, exitosa y trabajadora, quieren todo y creen que todo lo pueden. Así, quieren y creen que pueden ser juez y parte en los procesos legales y políticos por las violaciones a los derechos humanos en la Argentina; quieren y creen que pueden hacer política y a la vez defender los derechos humanos, pero sin politizar la defensa de los derechos humanos; quieren y creen que pueden cambiar las reglas de la democracia pero dentro de las reglas de la democracia. Y muchas veces lo consiguen.

¿Y qué querían de nosotros? ¿Qué fue lo que no les supimos dar? Querían una enciclopedia, un inventario

que comprendiera todas las acciones que había realizado el CELS, quiénes habían sido sus cultores y ejecutores, y cuáles habían sido los resultados, más los debates internos y con los demás organismos, las discusiones, los fundamentos que las sostenían y la bibliografía en la que se apoyaban. Querían algo positivo, claro, y con una postura ideológica definida. Algo no necesariamente masivo, un trabajo más bien académico, con citas al pie de página, con tapa dura quizá, algo que pudieran lucir orgullosos en sus bibliotecas y regalar a sus financistas.

En otras palabras, querían un Verbitsky. Querían algo parecido a sus tres tomos sobre los doscientos años de la historia de la Iglesia Católica argentina, pero sobre los treinta años del CELS. Y todo bien con el estilo Verbitsky. Pero nosotros queríamos contar una historia más simple y a la vez más contradictoria, más dramática y a la vez más divertida, protagonizada por personas, no por mártires o héroes o expedientes.

Cuando uno de nosotros le explicó esto a Verbitsky tres días después de ser echados, él se sonrió. “Supongo que no servimos como escribas”, se le dijo. “Tenés razón, en eso nos equivocamos”, contestó. En ese encuentro, que tuvo lugar en su departamento, Verbitsky aseguró que él no había tenido nada que ver con la decisión del CELS de prescindir de nuestros servicios. A su vez, se le dijo que esa decisión, por muy dolorosa que nos había parecido, terminaba siendo una bendición, porque nos liberaba de ataduras

institucionales y nos permitía salir a buscar la historia a nuestra manera, con personajes, temas, tiempos y estilos elegidos por nosotros. Y que por respeto al CELS y a nosotros mismos, el libro lo íbamos a hacer. En ese momento a Verbitsky la idea mucho no le gustó. “Entonces va a haber dos libros, no sé si va a ser bueno eso”, objetó, recordándonos que el CELS pensaba seguir adelante con su libro institucional, con otros autores, proyecto que finalmente quedó trunco. “El CELS se merece dos, tres, cuatro y mil libros también”, se le respondió.

A los tres meses, después de que retomáramos nuestra primera entrevista, el director ejecutivo nos escribió diciendo que el libro era “inconveniente” para el CELS y que si queríamos escribirlo, teníamos que devolverle lo que nos habían pagado y cierto material “no público” del CELS que supuestamente nos habían confiado. Contestamos con alguna ironía, dejando en claro que los reclamos nos parecían absurdos y particularmente abusivos para una institución que defiende la libertad de expresión, para ratificar nuestra intención de seguir adelante.

De a poco fuimos abriendo puertas y encontrando cómplices, tanto adentro como afuera del CELS, que nos contaron historias que a nosotros nos parecían interesantes, historias de héroes y villanos, sí, pero sobre todo de seres humanos. De seres sensibles, inteligentes, comprometidos, desafiantes, estudiosos, ingeniosos, militantes, arrogantes, cabrones, ambiciosos, desconfiados, seductores y seducidos. Dejamos para casi el final las entrevistas con Verbitsky y el director ejecutivo. Ambos fueron muy generosos con su tiempo y su disposición a contestar todo lo que les quisimos preguntar.

La historia del CELS, dijimos, está atravesada por los debates que marcaron las distintas etapas de la historia del movimiento por los derechos humanos en la Argentina. También está marcada por los sucesivos relatos de esa historia.

Primero, el relato de las “víctimas inocentes” de la era alfonsinista. La historia de las monjas, los catequistas y la turista sueca que no tenían nada que ver con la violencia y de repente desaparecieron. La de los chicos de la secundaria que eran “chupados” por reclamar un boleto estudiantil. En ese momento, con los militares todavía poderosos y la joven democracia acechada por intentos golpistas, estas historias edulcoradas parecían ser las únicas que la sociedad estaba dispuesta a aceptar.

Luego, a medida que los militares fueron perdiendo recursos e influencia, el relato empezó a cambiar. Con el

endurecimiento del discurso de Hebe de Bonafini primero y después con la publicación de la trilogía La voluntad, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós, surgió a fines de los ochenta y principios de los noventa la narrativa de “los jóvenes idealistas que dieron la vida por un país mejor”. Ya no eran meras víctimas pasivas sino militantes de armas tomar, valientes, generosos, comprometidos, que dieron todo y hasta lo que no tenían para seguir el sueño de utopías marcado a sangre y fuego por el Che Guevara.

Después, con la reapertura de los juicios, con cientos de represores en la cárcel, con plazas llenas el Día de la Memoria, con nietos emblemáticos recuperados, otro relato fue posible. Abrieron el camino la denuncia ética del filósofo y ex montonero Oscar del Barco y el diálogo público entre el politólogo y ex montonero Héctor Leis y la referente política y madre de Plaza de Mayo Graciela Fernández Meijide.

Sin caer en la trampa de los dos demonios, ahora podemos decir que además de víctimas inocentes, además de jóvenes idealistas, que muchos lo fueron, también muchos fueron ególatras, violentos y egoístas con sus familias, a las que pusieron en riesgo e hicieron sufrir. Que se alzaron en armas no sólo contra una dictadura, sino que también antes lo hicieron contra una democracia. Una democracia con paritarias, aguinaldo y salario mínimo, entre otras garantías que bastante había costado conquistar.

Ahora podemos y debemos decir también que muchos de esos jóvenes de los setenta, por responsabilidad individual o colectiva, fueron y son asesinos. Mataron y aplaudieron la muerte de personas desarmadas. Y que muchos no se hacen cargo y otros tantos ni siquiera se arrepintieron. Y que algunos hoy ocupan lugares en el Estado y ONG, desde donde juzgan la actuación que tuvieron otros en aquella época tan terrible y sangrienta. En ese contexto, no deja de ser una paradoja que un ex guerrillero que nunca habló de sus acciones armadas en una organización que atacó a civiles, un ex montonero que nunca nombró a sus víctimas y —que se sepa— nunca les pidió perdón, hoy ocupe la presidencia del CELS.

Más allá de que a las fuerzas del Estado como tales les cupieron responsabilidades mayores y que los crímenes paraestatales fueron mucho más aberrantes y masivos, no deja de ser llamativo que este tema, el de la contribución de las organizaciones armadas a la violencia en los setenta, nunca haya sido siquiera mencionado, no ya debatido, en ninguna reunión o asamblea del CELS. Para nosotros es una clara señal de que esta historia no se terminó, de que no se terminó de contar, de que sigue enterrada a la vuelta de la esquina junto con la identidad de los nietos que faltan recuperar y demás secretos que nunca soltaron los desaparecedores.

Por eso es una historia incompleta. Por eso y porque no entrevistamos a todas la personas del CELS, ni contamos todas y cada una de sus muchas y decisivas contribuciones al proceso de verdad y justicia y al fortalecimiento de la democracia. Hay personas muy reconocidas que trabajaron mucho y bien en el CELS y que merecían estar en este libro, pero ni siquiera las nombramos. Tal vez decimos cosas que no tendríamos que decir y somos injustos y estamos equivocados. En ese caso, pedimos perdón. Pero es nuestro aporte limitado, nuestra historia chiquita, nuestro aprendizaje incompleto.

Este es nuestro homenaje al CELS y a quienes desde el CELS contribuyeron a mejorar nuestro país.

 

Publicado el 12 de agosto de 2015.

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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