Tortura

 

El Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos publicó esta semana un extracto de un informe sobre la tortura durante el gobierno de Bush hijo. El informe concluye que la CIA torturó regularmente a sus prisioneros, aunque tuvo la delicadeza de hacerlo fuera de Estados Unidos, en Guantánamo y en cárceles de países clientes como Egipto, Jordania y Afganistán.

Ninguna sorpresa ahí, porque más allá de los silencios, las evasivas y las explicaciones ambiguas y retorcidas de los principales responsables, que preferían el término “técnicas de interrogatorio reforzadas” (enhanced interrogation techniques), hace mucho que se sabe que Estados Unidos torturaba o tortura.

Por lo menos desde el 2004, cuando aparecieron las escalofriantes fotos de prisioneros desnudos y vendados sometidos a vejaciones con perros bajo la divertida mirada de agentes estadounidenses de antejos negros y uniformes camuflados en la cárcel iraquí de Abu Grhaib.

Ese mismo año se conocieron las famosas opiniones legales del abogado de la Casa Blanca y luego Fiscal General de Bush, Alberto González,  conocidos como los “memorándums de la tortura.” En uno de ellos, de agosto del 2002, González, o sea el departamento legal de la Casa Blanca, recomienda adoptar diez técnicas de “interrogatorio reforzado” hasta entonces prohibidas: “(1) atención sostenida durante horas. (2) encadenar contra la pared (3) agarrar de la cara (4) cachetear (con insultos) (5) confinar en un lugar apretado (6) parar mirando a la pared durante horas (7) colocar en posiciones estresantes (8) aplicar quita de sueño (9) Colocar insectos en la celda de confinamiento y (10) aplicar el ‘submarino´”. Si eso no es tortura, ¿la tortura donde está?

Pero no. Para  sostener que todo eso no es tortura, González, o sea el gobierno de Bush, llegó al absurdo de reinventar la definición del término, pretendiendo limitarlo a aquellas prácticas “específicamente diseñadas para producir un daño físico o psíquico severo”, dejando a gusto del usuario la interpretación de “severo”.

Por eso digo, más allá de que para negar lo obvio hasta el día de hoy Bush, los republicanos y la CIA se siguen aferrando a estos argumentos leguleyos, que de no ser tan nefastos serían casi infantiles, hace mucho que se sabe Estados Unidos torturaba o tortura.  El propio Obama lo reconoció el 10 de enero del 2009, un día después de asumir. No llegó a decir que Estados Unidos torturaba, pero prometió abolir la práctica, que es casi lo mismo.

Para que no queden dudas, semanas después del cambio de gobierno el fiscal General de Obama dio a conocer un documento del  Departamento de Justicia, fechado en el 2005. El escrito admitia oficialmente que la CIA había sometido a Khalid Shiek Mohammed, principal sospechoso detenido por la voladura de las Torres Gemelas, a 183 sesiones de submarino en el mes de marzo del 2003, poco después de capturarlo en Pakistán. Esto es más de seis sesiones de tortura por día durante 30 días sin contar las otras nueve técnicas de tormentos habilitadas que pudieron haberle aplicado en ese momento, ni las torturas que podría haber recibido antes o después, mientras espera en la cárcel de Guantánamo ser juzgado por un tribunal militar, acusado de cargos que conllevan la pena de muerte.

El informe de Senado aportó algunos detalles a lo ya conocido y recontrasabido en Estados Unidos. Por ejemplo, que durante las sesiones de tortura Sheik Mohammed llegó a estar siete días y medio sin dormir, la gran mayoría de ese tiempo parado. O que otros prisioneros fueron sometidos a las técnicas (1), (2) (6), (7), parados y encadenados contra la pared durante largas horas, con el agregado de que esos prisioneros tenían los pies fracturados. También da cuenta de otra técnica de tortura que aplicó la CIA pese a no estar incluida en el top ten de González:  la “rehidratación anal.”

Pero no fueron estos detalles los que dispararon un encendido debate en Washington dentro y fuera del Capitolio, sino una de las conclusiones del informe, la que decía que la tortura, o la “interrogación reforzada” o como se quiera llamar, no había servido para nada, no había producido ninguna información valiosa. La CIA y los republicanos saltaron como leche hervida y juraron que si no fuera por las confesiones extraidas bajo esas condiciones, Bin Laden nunca hubiera sido encontrado.

En cambio, salvo por algún funcionario perdido de Naciones Unidas y algún organismo de derechos humanos,  poco y nada se habló de castigar a los torturadores y quienes los instigaron y encubrieron desde las altas esferas del poder. Para calmar las aguas, la Casa Blanca hizo saber a través de un vocero anónimo que nada de eso sucedería. Los mismo había prometido Obama años atrás en un discurso que dio en la Academia Militar al principio de su presidencia.

En otras palabras, lo que hoy se discute en Estados Unidos es si la tortura sirve o no sirve y no si está bien o está mal. La ausencia de toda consideración moral, o al menos la subordinación de lo moral a lo práctico en el debate público y legislativo demuestra hasta qué punto se ha naturalizado la tortura en Estados Unidos. Y esto no es casual, es producto de la cultura del terror generada o exacerbada por el 9-11. Sólo ese miedo explica que la tortura aparezca como algo bueno, algo positivo, desagradable quizá pero necesario, en series de prime time como “24 horas” o tanques de Hollywood como “La caza de Bin Laden”. El informe del Senado es un arma valiosa para luchar contra esa idea, pero su punto de partida ilustra cuánto terreno se ha perdido en la batalla cultural contra la barbarie y el miedo irracional desde la caída de las Torres Gemelas.

En la Argentina ya vivimos esta experiencia y se supone que aprendimos de ella, pero quizás no tanto. No creo que la tortura siga siendo una práctica habitual en nuestra fuerzas armadas o de seguridad, pero hay prácticas de violencia institucional que se han naturalizadas en cuarteles, comisarías, cárceles y barrios marginales.  Aprietes, abusos, patoteadas y ninguneos de cada día en zonas grises de Estado ausente e ilegalidad, que parecen casi aceptables para el resto de la sociedad ante la amenaza de los grandes males de nuestro tiempo, la inseguridad y el narcotráfico.

 

Ahora que las fuerzas armadas parecen cada día más cerca de retomar públicamente tareas internas de espionaje y represión ante la creciente aceptación ge una opinión pública que cada vez pide más mano dura, el informe estadounidense viene a recordarnos lo inmoral de pagar cualquier costo con tal de sentirnos un poquito mejor. No vaya a ser que para de aliviar nuestros deseos de venganza  por hacernos sentir miedo seamos capaces de naturalizar actos degradantes para la condición humana, para terminar siendo iguales o peores que los narcos, chorros y asesinos sueltos que tanto nos atormentan.

 

 

Publicado 12 de diciembre de 2014.

 

 

 

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

Leave A Reply