Setentismos

 Parece que en Estados Unidos la violencia revolucionaria setentista ha perdido su encanto. La novedad tomó por sorpresa nada menos que al presidente estadounidense Barack Obama hace diez días cuando el Senado, cuya mayoría es oficialista, bochó al candidato presidencial para ocupar la emblemática oficina de Director (o Secretario) de Derechos Civiles del Departamento de Justicia.

Se trata del funcionario de más alto rango que el Congreso le haya rechazado a Obama, y llega después de seis años de gestión y cientos sino miles de funcionarios aprobados. Y llega gracias a un buen puñado de votos de senadores del partido Demócrata del presidente, a pesar de que Obama y su vice Joe Biden se pasaron la semana anterior al teléfono tratando de convencerlos de que apoyen al candidato. Tal fue la sorpresa y el desagrado de la Casa Blanca que ésta se había negado a retirar la candidatura aún cuando horas antes de la votación, el jefe de bancada había llamado al presidente para advertirle que no tenía los votos suficientes.  “Los principales asesores de Obama están furiosos con los senadores demócratas que votaron en contra”, informó al día siguiente el  New York Times. Ese mismo día, en un comunicado, Obama dijo que la votación había sido una farsa (“travestry”). “Han negado al país un servidor público sobresaliente,” lamentó el presidente.

Claro, se entiende. Había sido un revés político importante. Porque además la secretaría de Derechos Civiles no es cualquier secretaría.  Por la importancia histórica y cultural del movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos, es una vidriera importante, especialmente para los gobiernos demócratas. Ni hablar del primer presidente negro de la historia. Porque el principal objetivo de la secretaría es ampliar los derechos de los negros y de las demás minorías para que sean equiparables a los de la mayoría. El movimiento por los derechos civiles nació de la gesta abolicionista del siglo XIX y alcanzó su apogeo en los años 60, cuando John F.Kennedy ejercía la presidencia y su hermano Robert encabezaba el Departamento de Justicia . Antes de las leyes y de los cambios que implementaron los gobiernos de Kennedy y su sucesor Lyndon B. Johnson ,  en el sur de Estados Unidos había empezado una ola de desobediencia civil, impulsada por patriadas como la de0 Rosa Parks,  al sentarse en un “asiento para blancos” de un colectivo, o de “los Cuatro de Greensboro” que se negaron a levantarse del mostrador de un comedor cuando el dueño les negó servicio por ser negros. También grandes marchas como la de Selma o la de Washington, y miles de “sentadas” de protesta que terminaban en palizas de la policía estatal  y un gran líder como lo fue el reverendo Martin Luther King Jr., cuyos discursos congregaban multitudes conmovían  hasta las piedras . Así,  poco a poco fueron desapareciendo las diferencias entre “baños”  y “baños para negros” en los restaurantes, los bebederos “para blancos” y  “para personas de color” en las plazas, las leyes que hacían casí imposible que un negro pudiera votar, los mapas electorales que dejaban a los negros fuera de la posibilidad de ser electos. Desde la misma Secretaría de Derechos Civiles se implementaron las leyes de discriminación positiva que el Congreso había aprobado en el gobierno de Johnson, las llamadas “leyes de acción afirmativa”, para integrar escuelas y lugares de trabajo en los sectores público y privado a través de un sistema de cuotas obligatorias para minorías.

El movimiento de derechos civiles motorizó otras conquistas emblemáticas de los años 60, como la enmienda constitucional que garantiza igualdad de derechos para la mujer con respecto al hombre. También se ocupa de los defender los derechos de los pueblos originarios, de la discriminación contra los inmigrantes latinoamericanos y, más recientemente, de las políticas antiterroristas que violan derechos de la comunidad islámica de Estados Unidos. Por eso la dirección de Derechos Civiles no es un cargo cualquiera, menos en un gobierno demócrata y mucho menos bajo el primer presidente negro de la historia y para colmo un presidente con una historia tan ligada al movimiento que lo apodaron “el Kennedy negro”. Como muchos jóvenes abogados negros con vocación pública, Obama había empezado su carrera legal trabajando para un estudio especializado en derechos  civiles y había empezado su carrera política con una taréa típica del movimiento, la organización de campañas para registrar  votantes negros en  los suburbios de Chicago.

El candidato de Obama que su Senado bochó se llama Dego B. Adegbile.  Fuera de su ámbito no es muy conocido. Se trata de un abogado de derechos civiles, hijo de un inmigrante nigeriano y una inmigrante irlandesa, que preside desde hace años el departamento legal de la NAACP (literalmente “Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color”), la principal ONG de derechos civiles para negros. Adegbile nació en 1966. No tuvo una actuación pública en los 70 ni se le conocen actos de violencia. Pero registra un antecedente que la mayoría del Senado no pudo tragar. En el 2009, en nombre de la NAACP,  presentó en la Corte Suprema una apelación en favor del condenado a muerte más famoso de Estados Unidos. La apelación funcionó. El preso fue liberado de la pena capital porque la Corte consideró que durante el juicio por un asesinato cometido en 1981 el jurado había recibido instrucciones tendenciosas del juez en favor de la pena máxima.  El condenado a muerte más famoso de Estados Unidos había matado a un policía. En el Senado, los defensores de Adgbile argumentaron que no está bien confundir a un abogado con su defendido, ya que la constitución estadounidense le garantiza el derecho a la defensa a todos sus ciudadanos. Contestó Bob Casey, senador  Demócrata por Pennsylvania, cuyo voto en contra fue decisivo para hundir la nominación: “Respeto que nuestro sistema de leyes le asegure el derecho a la representación a todos los ciudadanos, sin que importe lo horrible que pueda ser el crimen cometido. Al mismo tiempo es importante que le aseguremos a los ciudadanos de Pennsylvania y de todo el país que pueden tener confianza plena en sus representantes públicos, tanto los electos como los designados.”

El ex condenado a muerte más famoso de Estados Unidos se llama Mumia Abu-Jamal, nacido en Philadelphia en 1954. A los dieciseis años se unió a la organización africanista revolucionaria Panteras Negras, donde alcanzó el puesto de “Teniente de Información”. En una entrevista que concedió por entonces como vocero de la organización en Philadelphia, citó a Mao: “el poder político crece en el cañón de un arma”. Después de dejar las Panteras Negras a fines del 1970 siguió vinculado a la causa del llamado nacionalismo negro y se convirtió en un seguidor de las enseñanzas de Malcolm X, contracara del movimiento pacifista de King y autor de la famosa frase “por todos los medios necesarios”.  Al mismo tiempo emprendió una carrera de periodista radial, llegando a entrevistar a ìconos afroamericanos como el autor de la biografía de Malcolm X y de la novela èpica “Raíces” Alex Haley, el autor del himno revolucionario “Guerra” y leyenda del reggae Bob Marley, y la estrella de básquet Doctor J (Julius Erving), que en ese entonces lucía el peinado afro más desafiante del deporte profesional. En esos años Abu-Jamal también hizo un reportaje a miembros de grupo anarquista local, MOVE, antes de que fueran encarcelados por el asesinato de un policía. Alcanzó el cargo de  presidente de la Asociación de Periodistas Negros de Philadelphia, pero trabajaba en radios marginales y manejaba un taxi para mejorar sus ingresos.

En la noche  9 de diciembre de 1981, un agente de policía llamado Daniel Faulkner paró un auto conducido por el hermano de Abu-Jamal  en un esquina de Philadelphia. Según testigos, mientras el condutor discutía con el policía, Abu Jamal, que estaba estacionado en su taxi en la vereda de enfrente, salió corriendo hacia el policía y empezó a dispararle. Antes de caer muerto, Faulkner contestó el fuego e hirtió a Abu-Jamal en el pecho. Cuando llegó la ambulancia Abu-Jamal estaba tirado en el asfalto a pocos metros del policía muerto. Sobre su camisa ensangrentada a llevaba puesta una cartuchera de cuero para guardar un arma corta debajo el sobaco y cerca de él yacía un revólver calibre 38 registrado a su nombre que recién había sido disparado, con una bala y cinco vainas vencidas en el tambor, cuyos proyectiles se alojaban en el cuerpo de Faulkner.

 A pesar de todas las evidencias, Abu-Jamal nunca admitió lo que hizo.  En el juicio no declaró y recién en el 2001 escribió su versión de los hechos. Dijo que esa noche había escuchado unos disparos y después había visto que su hermano estaba desorientado, entonces se acercó y le dispararon. Aún así se convirtió en una celebridad.

Eran tiempos en que los policías eran “cerdos”. Las Panteras Negras, con sus grandes peinados afro y sus exhibiciones públicas de armas de fuego, estaban de moda.  El mundialmente famoso compositor y director de orquesta  Leonard Bernstein recibía a sus líderes (con sus afros y sus fierros) como especies exóticas que adornaban  las fiestas de alta sociedad que celebraba en su mansión de Park Avenue de Nueva York, con la excusa  benéfica de juntar dinero para el fondo legal de la organización revolucionaria, tal como lo describiera Tom Wolf en su gran ensayo “El radicalismo chic le hace mau mau a los RR.PP. de moda.”

Aunque la viuda de Faulkner y el principal sindicato de policías estadounidenses  (Fraternal Order of Police) nunca dejaron de denunciar que Abu -Jamal era un asesino y un mentiroso que nunca se arrepintió, la inhumanidad misma de la pena capital le permitió presentarse en sociedad como un erudito prisionero político, víctima de un sistema injusto. Su campaña para intentar demostrar que había recibido una condena injusta en un juicio supuestamente amañado recibió el apoyo de sindicatos, organizaciones sociales y políticos. Figuras de la izquierda champán de Estados Unidos como los escritores Norman Mailer, E.J. Doctorow y  Maya Angelou, y referentes mundiales de la libertad de expresión como el escitor inglés Salman Rushdie prestaron sus nombres a la causa. Así, Abu-Jamal  fue declarado ciudadano honorario de 25 ciudades del mundo, incluyendo Paris, Copenhagen, Montreal y Palermo. Un grupo alemán de víctimas de fascismo lo designó miembro honorario. Hasta bautizaron una calle “Rue Abu-Jamal” en el suburbio parisino de Saint-Denis. Sus escritos desde la cárcel sobre el africanismo revolucionario en Estados Unidos han aparecido en prestigiosas publicaciones especializadas como el Yale Law Review, mientras programas radiales transmitidos desde su celda han sido reproducidos por la reconocida red estatal National Public Radio.

La NAACP se unió a la defensa de Abu-Jamal en el 2009 con la presentación de un escrito amicus curiae ante la Corte Suprema, pidiendo que se revoque la pena de muerte, petición que había sido apoyada, entre otros, por Noam Chomsky, Danielle Mitterand y Günter Grass. En el 2012 la Corte Suprema cambió la pena capital por reclusión perpetua sin posibilidad de ser excarcelado, que Abu Jamal hoy cumple en la prisión estatal de Frackville, Pennsylvania.

La decisión del Congreso de rechazar la candidatura del abogado de Abu-Jamal parece mostrar que algo ha cambiado en la mirada estadounidense  sobre la violencia revolucionaria setentista.  Seguro que atentado de la Torres Gemelas le restó glamour a la romántica idea de tomar el poder por medio de tácticas terroristas.

Pero hay algo más. Algo que nos acerca a esta historia. La llegada al poder de un presidente negro, impensable décadas atrás,  parece mostrar que la lucha por los derechos civiles en cierto sentido ha triunfado en Estados Unidos.  Del mismo modo, en la Argentina, el encarcelamiento de cientos de los principales represores de la dictadura, algo impensable diez años atrás,  parece mostrar que el movimiento por los derechos humanos  en cierto sentido ha triunfado también.  Esos dos hitos, alcanzados acá y allá en estos tiempos, son los que permiten avanzar con una relectura más crítica y menos parcializada e idealizada de lo que pasó en esos años, tanto en Estados Unidos como en la Argentina. El debate excede y por mucho lo votado en el Capitolio y la distinta suerte que corrieron Obama, Adegbile y Abu-Jamal. En el contexto histórico de la violencia revolucionaria contra gobiernos demócraticos, los Panteras Negras no son tan distintos a los Montoneros.

 

Publicado el 15 de marzo de 2014.

 

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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