Rojo o Naranja

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Una última peleíta antes de llegar a las fiestas de fin de año: el tironeo por Ucrania. Resulta que el presidente de ese país, Viktor Yanukovich, estaba por firmar un acuerdo de cooperación  con la Unión Europea (UE), antesala a la membresía plena,  a fines del mes pasado en Lituania, una de las ex repúblicas soviéticas que ya se incorporó al bloque continental. Pero una semana antes de la firma del acuerdo Yanukovich emitió un comunicado anunciando que la firma se suspendía y que Ucrania había iniciado conversaciones para unirse a la Unión Aduanera que forman Rusia, Bielorusia y Kazakstán.

El anuncio causó un gran revuelo en Kiev y alrededores, donde decenas de miles de manifestantes pro-europeos salieron a la calle a protestar. La policía reprimió y cientos de ellos fueron encarcelados. La presión aumentó y Yanukovich amnistió a los manifestantes. Pero lejos de dar marcha atrás, la semana pasada viajó al Kremlin y firmó un acuerdo de ayuda financiera por 15,000 millones de dólares y consiguió una rebaja de cerca del 20 por ciento en el precio del gas ruso.

Putin aprovechó la ocasión para regodearse con la pulseada ganada a Europa, haciendo notar que la ayuda financiera era “sin condicionamientos” a diferencia de los llamados “rescates” de la Unión Europea, que vienen acompañados por la imposición de duros ajustes que suelen funcionar como salvavidas de plomo. Además, para avanzar en la integración con Europa, Bruselas le exigía, más bien le exige, a Ucrania una serie de reformas y gestos políticos que ponían en riesgo el poder de Yanukovich y su eventual reelección en el 2015.

En concreto, la Unión Europea exigía una reforma judicial, una nueva ley electoral y la libertad de la principal rival de Yanukovich, la liberal Yuliya Timoshenko, la ex primera ministra que encabezó la llamada Revolución Naranja pro-occidental en el 2004. Timoshenko había sido condenada en el 2011  a siete años de cárcel por comprar gas ruso a precios supuestamente inflados, condena que fue denunciada como fraudulenta por los gobiernos de Estados Unidos y la UE..  Timoshenko permanece internada en un hospital de Yarkov, en el este de Ucrania, con una severa hernia de disco que apenas le permite caminar, a la espera de un permiso del gobierno para salir del país y tratarse en Alemania.

Esta semana  los líderes europeos reunidos en Bruselas dejaron en claro que no se resignan a incorporar a Ucrania, pero aclararon que ya no le creen a Yanukovich, quien dijo que las negociaciones con la UE seguían en pie. “Si firmamos algo, va a ser con el próximo gobierno”, se esperanzó uno de esos líderes europeos después de la cumbre, reflejando el pensamiento de la mayoría.

Hablando de mayorías, las encuestas señalan que la mayoría de los ucranianos prefiere negociar con Europa y no con Rusia. Esto es, prefieren la amarga medicina europea antes que el parque de diversiones que promete Putin. ¿Por qué? Esas mismas encuestas dicen que los ucranianos no quieren copiar la corrupción y el nepotismo que son endémicos en el imperio que heredó los personalismos de regímenes zarista y soviético. Pero las encuestas no cuentan toda la historia,

Más allá de las urgencias políticas de Yanukovich, el golpe de timón de Ucrania responde a  un cambiante contexto externo.

Por un lado, Europa permanece sumergida en una profunda crisis financiera desde el 2008 y comprometida con la receta de ajuste neoliberal y centralización bancaria bajo la mano firme de la canciller alemana Angela Merkel, la opción de sumarse al bloque continental no es tan tentadora como en la década del 90, cuando vecinos de Ucrania como Polonia se beneficiaron con una importante transferencia de capitales desde los países europeos centrales en forma de subsidios y financiamiento barato, ya que entonces la potencias europeas gozaban de una amplia liquidez monetaria, producto de una burbuja inmobiliaria alimentada por derivados especulativos apalancados en paraísos fiscales.

Por el otro lado, Rusia emergió de una desastrosa década del 90, sobreviviendo la resaca del desmantelamiento del aparato soviético,  con un boom económico producto del salto en los precios del gas y el petróleo que tienen a Rusia como primer exportador mundial, para retomar su lugar como superpotencia, capaz de discutir con Occidente y China de igual a igual en los distintos escenarios del planeta en los que se dirimen las hegemonías..

El tironeo por Ucrania tiene que ver también con las particularidades de su economía y con su importancia geoestratégica. Esto es, Ucrania exporta más de dos tercio de su energía de Rusia y de Asia a través de Rusia. A su vez,  las tres cuartas partes del gas que Europa le compra a Rusia pasa por Ucrania. Y para completar el intrígulis, más del ochenta por ciento de las exportaciones de Ucrania no van a parar a Rusia, sino a la Unión Europea. Se trata de un mercado potencialmente atractivo, con unos 45 millones de habitantes, en su mayoría altamente educados, distribuidos en más de 600,000 kilómetros cuadrados que van de norte a sur entre Polonia y el Mar Negro, y de este a oeste entre Rusia y Bulgaria. Además, aunque hace tiempo ya devolvió todas sus armas nucleares a los rusos, Ucrania mantiene el segundo ejército más numeroso de Europa, sólo superado por Rusia.

El tironeo es político y económico pero sobre todo cultural. La lógica política indica que al presidente de Ucrania le conviene el rescate barato que le vendieron los rusos para llegar fortalecido a las elecciones del 2015, antes que las reformas y los ajustes que exigen los europeos. Pero millones de ucranianos, muchos de ellos educados bajo el sistema soviético, han decidido luchar por ser parte de Europa. Es decir, luchan por integrar un sistema que, más allá de su descarnada competencia, sabe valorar y premiar a la libertad y la transparencia. Enfrentan a un presidente y a una fuerza política que pugnan  por retornar al triste pero cómodo lugar de vasallo del zar de turno, como forma de asegurarse su supervivencia política.. Entre ex revolucionarios naranjas en las calles y rojos nostálgicos del imperio soviético en los despachos del gobierno, el destino de Ucrania se juega por estos días, mientras llega Navidad.

 

Publicado el 21 de diciembre de 2013.

 

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About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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