Reconciliación

 

 

A propósito de la muerte de Nelson Mandela, de los tres días de funerales con casi cien jefes de Estado y de Gobierno presentes, con el histórico apretón de manos entre Obama y Raúl Castro incluído, desde la perspectiva de la Argentina de hoy, y todo lo que hemos vivido en materia de violaciones a los derechos humanos, me animo a un comentario políticamente incorrecto como homenaje al gran líder fallecido.

Mandela estuvo preso 27 años entre 1962 y 1989. Después compartió el premio Nobel de la Paz con el presidente blanco que lo liberó, después fue presidente y después se terminó de convertir en el ícono universal de la reconciliación con una memorable aparición en un mundial de rugby. Hace cinco años, durante otro mundial del mismo deporte, escribí una columna recordando la visita de un equipo argentino a Sudáfrica en 1982, y lo que significó esa visita en pleno apartheid, con Mandela preso.

“Cuando llegaron los argentinos, los negros no podían votar salvo en las elecciones dentro de los ghettos a los que habían sido confinados. No podían usar escuelas de blancos ni hospitales de blancos ni micros de blancos, ni siquiera las paradas donde paraban los micros de los blancos. No podían emplear a blancos ni tener negocios en zonas de blancos, ni siquiera pisar donde pisaban los blancos sin un permiso especial. No podían ir a las universidades de los blancos ni integrar equipos deportivos con blancos.

“Los ghettos de los negros en muchos casos no tenían agua ni electricidad. Los hospitales de los negros atendían veinte veces más pacientes que los de los blancos, con menos insumos y menos médicos. El sueldo mínimo de los blancos duplicaba el de los negros. Semejante sistema, implantado entre 1940 y 1960, requería altas dosis de represión. En 1960 la policía sudafricana abrió fuego contra un grupo de manifestantes que se había congregado en el pueblo de Sharpeville para protestar por el sistema de pases. Sesenta y nueve personas murieron y 186 resultaron heridas (foto). Todas las víctimas eran negras y la mayoría había sido baleada por la espalda. Al día siguiente el gobierno sudafricano decretó un estado de sitio, lanzó una razzia que terminó con la detención de 18.000 personas y prohibió a las dos grandes coaliciones opositoras de los negros: el ANC dominado por los Xhosa bajo la conducción de Nelson Mandela, y el PAC de los zulúes conducido por Gastha Buthelezi, ambos grupos de orientación marxista, que pasaron a la clandestinidad.

“Mientras tanto, Sudáfrica financiaba la guerrilla en Mozambique y Namibia y combatía rebeldes en Angola y cada tanto lanzaba ataques militares en esos países y también en Lesotho, con la excusa de perseguir rebeldes sudafricanos refugiados del otro lado de la frontera. O sea, estaba en guerra con todos su vecinos. Además, avanzaba con un programa para desarrollar una bomba nuclear con el apoyo del gobierno israelí.

“A partir de la masacre de Sharpeville, la campaña internacional para acabar con el apartheid cobró fuerza. Para cuando viajaron los jugadores argentinos, además del boicot deportivo avalado por la Asamblea de las Naciones Unidas, los boicots académico, económico y de armamentos se hacían sentir con fuerza. El gobierno sudafricano ofrecía jugosos cachets para que intelectuales se acercaran a dar conferencias, para que artistas celebraran conciertos y para que deportistas, con su presencia, legitimaran el régimen a los ojos de su gente. Para eso habían construido el mega resort de Sun City, donde Gary Player organizaba un torneo de golf con los premios más elevados del mundo, y que inspiró la canción del rockero norteamericano Stevie van Zant No vamos a tocar en Sun City, que se convirtió en el himno del boicot.

“Los pumas disfrazados, en tanto amateurs, no cobraron un peso por los servicios prestados al gobierno asesino. Y qué servicios prestaron. No fueron a presentar papers académicos ni jugar al golf delante de unos pocos. Fueron a practicar el gran deporte sudafricano, pasión de multitudes, contra un equipo que representaba el orgullo nacionalista de la minoría dominante. Tan es así que el mayor símbolo de la reconciliación sudafricana se dio en una cancha de rugby durante el mundial de 1995 que se jugó en ese país, cuando Nelson Mandela alzó la copa vistiendo la camiseta del capitán Springbok, el rubio François Pienaar (foto portada).”

O sea, el tipo, que venía de la guerrilla marxista y que se había comido 27 pirulos en la cárcel, sale libre y antes que buscar justicia, busca reconciliación. El springbock no sólo era el símbolo del equipo nacional de rugby, del deporte de los blancos, era el símbolo del ejército sudafricano, el de los carniceros de Sharpeville. Y la camiseta de los Springbocks era verde con vivos naranja, igual que el uniforme era que usaba el ejército sudafricano para imponer el apartheid. Y Mandela se puso esa camiseta. Se la puso para alzar la copa y para cantar el nuevo himno sudafricano y para agitar la nueva bandera sudafricana.

Así Mandela transformó al springbock, el venado africano. A partir de su gesto, dejó de ser el símbolo del apartheid y pasó a ser el de todos los africanos: blanco, mulato, xhosa o zulú. Y el rugby dejó de ser el deporte de los blancos y el fútbol dejó de ser el deporte de los negros y ambos deportes se integraron y los sudafricanos volvieron a encontrarse y a reconciliarse en el mundial de fútbol del 2010, el de las vuvuzelas.

En Sudáfrica no hubo justicia por los crímenes del apartheid.  Mejor dicho hubo justicia parcial. Porque la justicia tiene dos componentes: el de la verdad y el del castigo. La Comisión de la Verdad impulsada por Mandela sacrificó el castigo a cambio de la verdad. Así, miles de represores confesaron sus crímenes ante los tribunales pero ninguno fue castigado. Algunos dicen que Mandela optó por esa vía por debilidad política, porque no podía hacer más. Puede ser, pero igual hay que tener un estómago tremendo para tragarse semejante sapo.

Pero así, moviéndose en lo simbólico y en lo legal, y haciendo grandes sacrificios, Mandela logró la reconciliación, o mejor dicho que los habitantes de un país enfrentados durante más de un siglo por una historia de explotación y desigualdad, se unieran en la construcción de una nueva identidad nacional que, al menos en las formas, incluye e iguala a los sectores enfrentados.

En la Argentina es delicado hablar de reconciliación porque enseguida te acusan de avalar la teoría de los dos demonios y por lo tanto hacerle el juego a los defensores de los crímenes de la dictadura. Pero bueno, es muy difícil ver tanto homenaje y escuchar tanto discurso elogiando a Mandela por haber logrado la reconciliación a partir del perdón y la verdad histórica y no preguntarse por qué no hay lugar para algo así en la Argentina.

No digo que tenga que ser igual que en Sudáfrica. Después de mucho tiempo y muchos esfuerzos cientos de represores de la dictadura argentina están presos y bien presos están. Ese es un logro, una conquista de la justicia y del pueblo de Argentina, un hito mundial en la defensa de los derechos humanos, un caso de avanzada para afirmar la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad, el mayor avance de la doctrina de Justicia Universal desde Nuremberg.

Pero aún así, el contraste entre la imagen de Mandela alzando la copa con la camiseta Springbock, y la imagen de Néstor ordenándole a un general que descuelgue el cuadro de Videla es demasiado fuerte como para pasar desapercibido. Dos actitudes prácticamente opuestas frente a un mismo enemigo. Mandela simbolizó la reconciliación. Podremos elogiarlo o criticarlo por eso, pero hay que ser hipócrita para aplaudir la reconciliación en Sudáfrica y demonizarla en Argentina.

Entonces, para ser coherentes, o Mandela fue un Tío Tom que se vendió a los blancos por unas migajas de poder y los Montoneros fueron apenas unos muchachos idealistas, o Mandela es el gran líder mundial de la reconciliación y la guerrilla argentina contribuyó a la violencia de los años setenta durante gobiernos democráticos, con provocaciones que los militares aprovecharon para justificar su brutal respuesta durante la dictadura. Por decirlo de alguna manera.

 

 Todavía no prendió en la opinión pública, pero el debate ya está instalado en el círculo de intelectuales que rodea el movimiento por los derechos humanos, acá y en el mundo. Por un lado, Verdad y Reconciliación. Por el otro, Ni un Paso Atrás y Vamos por Todo.

 

Publicado el 13 de diciembre de 2013.

 

 

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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