Mamushka

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La matrioska o mamushka es uno de los objetos favoritos de los turistas que visitan Rusia. Se trata de un juego de muñecas tradicionales de ese país, brillantes y coloridas, que al ser huecas por dentro y al abrirse por la mitad, cada una  contiene otra más chica en su interior, que a su vez contiene otra más chica,  todas distintas a la anterior.  Para ver el juego completo hay que buscar adentro de cada ilustración, ir más allá de esa primera impresión de unidad, que termina resultando engañosa.  Algo parecido sucede en Ucrania.

En estos días Rusia y Estados Unidos reeditaron el drama de la Guerra Frìa, esto es, la amenaza de una guerra nuclear, al adoptar posturas opuestas en un conflicto sangriento y explosivo que sacude el este europeo. Así como Estados Unidos quiere frenar el expansionismo ruso, Ucrania quiere independizarse de la gran Rusia para unirse a la Unión Europea. Mientras tanto, Crimea quiere independizarse de ese país para unirse a Rusia. Y la minoría tártara y eslava del tercio rusoparlante de Crimea quiere seguir siendo parte de una Ucrania occidental para no caer bajo la sombra del Kremlin. Guerra Fría, independencia, secesión, rebelión.

Arranquemos con la primera muñeca. Anteayer el presidente de Estados Unidos, Barack Obama estuvo una hora al teléfono con su par ruso Vladimir Putin para intentar poner paños fríos a una situación explosiva, con tropas rusas en Crimea prácticamente cara a cara con tropas ucranianas, que a su vez cuentan con el apoyo de la OTAN. Por lo que se supo a través de sendos comunicados de las dos partes, Obama le comunicó a Putin que la intervención rusa en Crimea debe terminar y que habrá sanciones diplomáticas, pero que Estados unidos sigue apostando a una solución al conflicto a través de negociaciones directas entre Moscú y Kiev. Putin contestó que es muy importante el diálogo entre Estados Unidos y Rusia para preservar la paz mundial, aún cuando no estén de acuerdo en todos los temas.

Segunda muñeca. Ucrania tenía un presidente aliado de Rusia, pero una población que en su mayoría favorece un acercamiento con Europa. O sea, a diferencia de lo que sugieren los clichés, la pertenencia étnica no es el único factor que los ucranianos consideran a la hora de votar. Con su economía al borde de la bancarrota, el presidente aliado de Rusia, Viktor Yanukovich, venía de cancelar un preacuerdo para entrar a la Unión Europea y de obtener a cambio un rescate económico de Moscú, más un trato para comprar gas ruso con un tercio de descuento y para renegociar la abultada deuda ucraniana con la estatal rusa Gazprom. Fue hace algo más de tres meses. No consultó a nadie pero estaba en su derecho : tenía la mayoría legislativa y un año  más de mandato presidencial hasta las próximas elecciones. La gente se le vino encima. Millones en las calles, decenas de miles en la plaza Independencia de Kiev. No eran todos, claro, eso se verá más adelante. Pero eran muchos y determinados y finalmente se produjo una brutal represión que Yanukovich dice que no ordenó. Yanukovich dijo que los policías tienen derecho a defenderse y es cierto: en la refriega murieron 16 uniformados y a tres meses de resistir en barricadas el crudo invierno ucraniano los manifestantes no eran bebés de pecho y entre los más violentos sobresalían los grupos neonazis. Pero la represión fue feroz: más de cien muertos, 300 desaparecidos y miles de heridos . La carnicería empezó el 18 de febrero y  llegó a su punto más trágico dos días después, cuando 42 manifestantes, casi todos desarmados, fueron ejecutados por francotiradores en Plaza Independencia de Kiev. La represión le costó a Yanukovich su mayoría legislativa y el 24 de febrero la Rada o parlamento votó un cambio constitucional que reducía significativamente los poderes presidenciales en favor de la legislatura. Yanukovich ofreció negociar y sumar a la oposición al gobierno, pero su crédito estaba acabado.  La gente seguía en la calle, con más y más bronca. Entonces  Yanukovich huyó, según él, para preservar su seguridad. Con él huyeron todos sus ministros y los demás principales funcionarios de su administración.  La casa de gobierno quedó vacía. Yanukovich reapareció al día siguiente en el este de Ucrania y dijo que seguía siendo presidente. Tres horas más tarde la legislatura ucraniana, llamada Rada, votó su destitución por 326 votos a cero, con seis abstenciones. En la misma sesión la Rada nombró un gobierno provisorio notoriamente proeuropeo y llamó a elecciones presidenciales para el próximo 25 de mayo.  Yanukovich reapareció el 28 de febrero, esta vez del otro lado de la frontera rusa, para declararse víctima de un golpe y afirmar que seguía siendo el presidente legítimo. La Rada reaccionó votando un ley para que Yanukovich sea juzgado en La Haya por crímenes de lesa humanidad. Además, formalizó un pedido a Moscú para que extradite el presidente depuesto.

Antes de abrir esta muñeca para pasar a la próxima, habría que detenerse y observarla un poco más. Uno podría decir que hubo una revolución, una revolución que estalló a partir de una represión desmedida que le quitó legitimidad al gobierno.  Que el gobierno que cayó por el peso de su accionar terrorista. Pero Yanukovich no renunció. ¿Importa si renunció? ¿Importa la constitución? (¿Hubiera sido lo mismo si De la Rúa se iba en helicóptero sin haber firmado su renuncia?). Son momentos excepcionales de la historia, en los que sostener la reglas del juego se hace difícil porque esas reglas deben ser lo suficientemente flexibles como para contener grandes transformaciones. La constitución de Ucrania demostró no estar preparada, en al menos dos dimensiones. Por un lado, la constitución de Ucrania había sido muy manoseada en sus escasos 18 años de existencia. Iba y venía entre un sistema parlamentario y uno presidencialista según las conveniencias políticas de los gobiernos prorrusos y proeuropeos, con grandes cambios cada cuatro o cinco años, despertando críticas del más reconocido organismo internacional de expertos constitucionalistas, la Comisión de Venecia. Por otra parte el mecanismo de destitución por juicio político de la constitución ucraniana es demasiado complicado para una crisis como la que le tocó vivir a ese país. Según explicita la Carta Magna ucraniana, primero la Rada debe nombrar una comisión investigadora independiente.  Los resultados de la comisión a su vez deben ser remitidos a la Corte Suprema, la cual a su vez debe fallar que hay suficientes pruebas como para avanzar con el juicio político en la legislatura. De ser así, la Rada debe obtener otro fallo, esta vez del Tribunal Constitucional, que avale la legalidad de los procedimientos. Entonces sí se podía llegar a una votación. Pero aún así se hacía muy cuesta arriba, porque había que sumar una mayoría extraordinaria de tres cuartos de los votos. Está bien, uno entiende que la intención de quienes escribieron la constitución ucraniana es preservar la santidad del voto popular, dificultando el reemplazo del principal funcionario electo, o sea el presidente, por la vía legal o legislativa. Tampoco querríamos un juicio político express como el que le hicieron al presidente paraguayo Fernando Lugo en el recordado golpe legislativo del 2012. Pero Lugo no había mandado a matar a nadie, mientras hay fuertes sospechas de que Yanukovich ordenó a sus francotiradores que abran fuego sobre manifestantes indefensos en plaza Independencia. Podría haberse labrado una cláusula que permita la suspensión más o menos inmediata del presidente en caso de graves y evidentes violaciones a los derechos humanos, pero no fue el caso en Ucrania. Por lo tanto tenemos que reconcer,  mal que nos pese, que los violadores de derechos humanos en Ucrania tienen al menos parte de la razón cuando dicen que fueron víctimas de un golpe de Estado. Yanukovich no renunció ni se fue por las buenas. Más bien lo apretaron. Es lo que dice el Kremlin y lo que gritan los ucranianos prorrusos que se manifiestan en Donetsk, Odessa y otras importantes ciudades de este de Ucrania, y no sólo en Crimea.  Lo cual nos lleva a la otra muñeca. Crimea es parte de Rusia desde hace más de 200 años. Solo por una retaliación administrativa en tiempos de Kruschev fue anexada a la entonces república soviética de Ucrania. Cuando cayó el muro y se desarmó la Unión Soviética, Crimea quedó como república autónoma de Ucrania, pero mantuvo fuertes vínculos con Moscú, ya que en sus costas alberga la principal base naval de la flota rusa en el Mar Negro. Crimea tiene una población mayormente ruso-parlante pero también una importante minoría tártara vinculada a Turquía, que ocupa la orilla occidental del mar.  Está claro que Rusia ejerce una hegemonía militar en esa región, pero ante la huida de Yanukovich hizo mucho más que eso.  Para ser claros, Rusia invadió Crimea. Para colmo los soldados rusos ocultaron sus insignias, clandestinizando la ocupación.  Tanto es así que el gobierno ruso negó la presencia de sus fuerzas armadas en Crimea y dijo que lo que allí había eran milicias armadas que habían surgido para defender el orden constitucional de Ucrania, amén de la alianza con Rusia.  Sin embargo, numerosos testigos, incluyendo  de distintas misiones enviadas para mediar en el conflicto, pudieron comprobar que fuerzas armadas rusas, sin identificación visible pero claramente rusas y con disciplina militar, controlaban los dos principales aeropuertos de Crimea y la legislatura local. Las fuerzas rusas además habían capturado varias bases militares en las que las fuerzas amadas ucranianas se habían rendido, mientras que las demás bases ucranianas habían sido sitiadas y mantenían un tenso compás de espera mientras distintas negociaciones intentaban descomprimir la situación. Mientras tanto civiles armados y encapuchado bloqueaban las principales rutas de acceso a Crimea desde Ucrania.

El parlamento de Crimea, bajo custodia de las fuerzas rusas, votó el jueves pasado por unanimidad la independizarse de Ucrania e incorporarse a Rusia, y llamó a un referéndum para el 16 de marzo para ratificar la decisión. Así llegamos a la última muñeca. En estos días, frente a los piquetes en las principales rutas de acceso a Crimea, protestan miles de tártaros y eslavos , flameando banderas azul y oro como si fueran hinchas de Boca. Muestran, desafiantes, los colores patrios de Ucrania a los piqueteros armados y encapuchados, que responden gritando “viva Rusia”. Es que en Crimea  no todos están de acuerdo con la secesión, sino que hay gente dispuesta a dar la vida por seguir siendo parte de Ucrania. “Ahora hay gente que dice que va a luchar. Decían que si no pueden vivir como ucranianos, morirán por Ucrania, quieren armas. Esto es preocupante, pero la gente está muy enojada.” declara el comerciante Rustum Ibrahimovic, entrevistado por el diario británico The Independent a la salida de una mezquita de Simferopol, capital de Crimea.  Al día siguiente del pronunciamiento independentista del parlamento de Crimea, Kiev y la Unión Europea denunciaron que la decisión era ilegal, lo mismo que el llamado a referéndum. Furioso, supongo, el mismo día Obama  llamó a Putin para comunicarle que habrá sanciones diplomáticas porque Rusia no puede decidir unilateralmente ocupar y luego anexar un territorio que pertenece a Ucrania.  Así volvemos a la primera muñeca y el juego empieza otra vez.

Estados Unidos reconoce que Rusia tiene un interés legítimo en Crimea pero cree que el tema de Crimea debe resolverse en conversaciones directas entre Moscú y Kiev.  La constitución rusa exige algo parecido: no se puede anexar un territorio sin un tratado con el país al que el territorio pertenecía. El problema es que Rusia se niega a negociar con el nuevo gobierno de Kiev, al  que no reconoce porque su origen es golpista, según el punto de vista de Moscú. Putin no puede tolerar que le volteen un gobierno amigo en su patio trasero y menos que lo volteen de manera ilegal por querer firmar un tratado de cooperación con Rusia. Estados Unidos y Europa amagan con defender a Crimea, pero en el fondo lo que buscan es que Rusia reconozca el cambio de régimen en Ucrania. Acá nadie es inocente y todos tendrán que ceder un poco. Rusia es el proveedor de prácticamente toda la energía que consume Ucrania, mientras Europa es el principal comprador de las exportaciones ucranianas, sobre todo las agrícolas, a la vez que gran parte del gas y petróleo de Rusia que consume Europa pasa por Ucrania, y gran parte de las inversiones de los magnates rusos están en Europa. O sea, en este mundo globalizado, todos dependen de todos.  Es probable que con el tiempo Ucrania termine yéndose con Europa y Crimea con Rusia, mientras sus respectivas minorías se acomodarán a las nuevas circunstancias y las superpotencias se adaptarán al nuevo mapa geopolítico.

 Y para las democracias, tanto las jóvenes como las viejas, allá, acá y en todos lados, la crisis de Ucrania plantea el desafío de crear y sostener instituciones sólidas pero flexibles, con mecanismos ágiles para actuar en circunstancias difíciles. Por ejemplo, cuando un gobierno elegido por voto popular se deslegitima al cometer graves violaciones a los derechos humanos en su intento por destruir a la oposición o por frenar la protesta popular. Un gobierno deslegitimado por sus propios actos criminales se vuelve estéril porque es incapaz de generar la confianza mínima indispensable como para poder gobernar. Ante la ausencia de mecanismos apropiados para castigar rápido al terrorismo de Estado y para garantizar una transición democrática fluida y eficaz en caso de ser necesaria , un gobierno represor puede atornillarse en el poder, al menos hasta la próxima elección, o bien alentar a los elementos más radicalizados de la oposición para que intenten una salida golpista.

Por eso la salud democrática de un país se puede medir, más allá de la ideología de su gobierno, por el nivel de su compromiso con el respeto a los derechos humanos.

Publicado el 8 de marzo de 2014.

 

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About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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