Irán rápido

A veces lo que parecía imposible termina resultando bastante sencillo. Me refiero al acuerdo alcanzado el domingo pasado entre las cinco potencias con poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas más Alemania, por un lado, e Irán, por el otro, para monitorear el programa nuclear del país islámico a cambio de levantar sanciones económicas que rondarían los siete mil millones de dólares.

Parecía imposible porque las negociaciones llevaban años y siempre Irán se negaba a aceptar cualquier control sobre sus plantas nucleares y parecía empecinada en construir una bomba para equiparar a su vecino y enemigo Israel. Del otro lado del mostrador  Estados Unidos también se había mostrado inflexible ante la oferta iraní de enriquecer uranio en Rusia y que sea ese país quien se asegure de que Irán no fabrique armas nucleares.

Sin embargo las sanciones surtieron efecto. La falta de divisas y el incipiente mercado negro del dólar generaron un gran descontento en la calle e hicieron que el régimen teocrático iraní reaccione, no de forma espasmódica ni violenta, sino con una transición ordenada a través de elecciones programadas, hacia un gobierno moderado encabezado por el ex negociador nuclear Hasan Rohani. Desde su primer día en el cargo el nuevo presidente buscó distender las tensiones con Occidente con el objetivo de conseguir el levantamiento de las sanciones y así cumplir con el mandato de cambio de sus electores.

La última ronda de negociaciones nucleares tomó impulso a fines de septiembre, gracias a  la visita del presidente iraní a la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York, durante la cual  Rohani se encargó de sembrar señales de acercamiento en cada discurso y aparición pública. “Irán no representa una amenaza para la región o el mundo,” prometió en la Asamblea “Déjenme decirlo fuerte y claro: la paz está a nuestro alcance.”

Palabras precisas en el lugar y el momento indicado, que se encontraron con un Estados Unidos agotado y confundido después de una década de guerras y enfrentamientos tan difíciles de explicar a nivel de opinión pública, como de ganar en el terreno militar. Y un presidente, Barack Obama, que había llegado al gobierno con la promesa de terminar con las guerras de su antecesor, pero que no había hecho otra cosa que prolongarlas y extenderlas a nuevos escenarios de violencia islámica.

Desde el inicio de la llamada guerra al terrorismo, tras la caída de las Torres Gemelas en el 2001, Estados Unidos  había elevado a Irán a la categoría de principal promotor del terrorismo a nivel mundial, el centro mismo del “eje del mal” al decir del antecesor de Obama, George Bush, y por lo tanto principal enemigo de Estados Unidos y la democracia misma. Pero tanto en los ataques del 11-9  como en los distintos atentados contra objetivos de Estados Unidos en todo el mundo, llámese buques de guerra o sedes de embajadas, los autores respondían a la corriente islamista sunita vinculada con la red Al Qaeda, enemigos del régimen chiíta que gobierna Irán.

Esto llevó a Estados Unidos a la horrible contradicción de aliarse tácitamente con Al Qaeda para derrocar al dictador libio Khaddafy, y también a unir fuerzas con Al Qaeda para  intentar derrocar al dictador sirio Assad, un firme aliado de Teherán. Estas alianzas difìícles de explicar, por no decir absurdas a la luz de los objetivos de derrotar al terrorismo culpable del 9-11, se sumaron a otra guerra costosa y dolorosa para Estados Unidos, la guerra de Irak, que se quiso explicar como una retaliacíon al terrorismo islámico y la amenaza del uso de armas químicas, pero que en términos prácticos  multiplicó y profundizó la presencia de Al Qaeda en ese país, que hoy se desangra en violencia interétnica con una interminables sucesión de atentados con coches bomba entre sunitas y chiítas

El acuerdo, decía, es bastante sencillo. Primero, permite el acceso diario de inspectores de la agencia atómica de Naciones Unidas a las dos plantas nucleares iraníes. Segundo, le da acceso a los inspectores a las fábricas de centrifugadoras para asegurarse de que sólo se construyan las necesarias para reemplazar la centrifugadoras que ya existen, que totalizan 11.000, en caso de que alguna se rompa, para que esa cantidad no aumente. Tercero, obliga a Irán a presentar planes detallados de los propósitos y objetivos de su plan nuclear, para evitar actividades por fuera del plan anunciado. Cuarto, Irán se compromete a proveer información de diseño y planos arquitectónicos del reactor nuclear que está construyendo en Irak, lo cual permitiría detectar cualquier desvío del  material radioactivo en caso de que Irán quisiera utilizarlo para fabricar una bomba. Quinto, crea una comisión mixta entre Irán y las ponencias para dirimir cualquier disputa nuclear pasada, presente  o futura que exceda las funciones de la agencia atómica de Naciones Unidas. Básicamente, eso es todo.

Rohani lo pudo vender puertas adentro no como una capitulación, sino como una legitimación del derecho iraní a producir energía nuclear, y la supuesta prueba de que el régimen de los ayatolas nunca buscó fabricar una bomba. Más aún, lo pudo vender como una llave para la prosperidad futura de los iraníes, a partir de levantamiento de las sanciones internacionales. Obama, a su vez, lo pudo vender como un gran triunfo diplomático de su canciller John Kerry y como prueba de su supuesto compromiso con la paz, por el que había logrado un premio Nobel.

El acuerdo fue proclamado como un gran triunfo por ambas partes en la mesa negociadora pero generó lógicos resquemores en Israel y Arabia Saudita. Israel, con un gobierno ultraconservador empujado por los colonos judíos en Cisjordania, se opone a cualquier pacto con un régimen que ha declarado la voluntad de destruir a Israel. Se trata de una postura atendible,  pero  ignora que Rohani ha intentado un sutil acercamiento con Israel  al modificar la postura negacionista del Holocausto que mantenían sus antecesores en la presidencia iraní desde la revolución de 1979, lo cual no es poca cosa.  Por su parte la monarquía saudita, que en los 70 financió la creación de Al Qaeda para combatir la avanzada soviética en Asia, ahora teme una pérdida de influencia en la región, teme dejar de ser el  aliado privilegiado de Estados Unidos y su interlocutor principal en el mundo árabe. Aunque Irán no forma parte de Arabia, es un referente para los chíitas y sus aliados alawitas en la región, que pesan y mucho en la interna árabe.

Pero empieza a prevalecer, por primera vez en muchos años, la idea de que los grandes problemas en la región se pueden solucionar por la vía diplomática. El 22 de enero empieza en Ginebra la Conferencia de Paz para terminar con la guerra civil en Siria que ya ha causado más de cien mil muertos y dos millones de refugiados, la mitad de ellos niños. Hay optimismo. El régimen sirio viene cumpliendo a rajatabla su compromiso de destruir su arsenal químico, cuando hace unos meses Assad ni siquiera reconocía que esas armas existían.

Si se resuelve el conflicto nuclear iraní y se pacifica Siria, el próximo paso lógico sería un tratado de paz entre Israel y Palestina. Un conflicto durísimo, con muchos muertos y mucha historia y muchas razones que una y otra vez frustraron iniciativas de paz. Podría ser una negociación gradual, primero con Cisjordania (controlada por Al Fatah) y más adelante con Gaza (controlada por Hamas), como promueve Estados Unidos, o podrá ser una negociación más ambiciosa que englobe a las dos corrientes palestinas más importantes.

Habrá que hacer concesiones de los dos lados. Algunos asentamientos israelíes permanecerán, otros tendrán que ser levantados. Algunos refugiados volverán a Palestina, pero muchos otros se quedarán en sus patrias adoptadas,  por mandato o por elección propia. Israel no tendrá la seguridad que busca de la noche a la mañana, pero será más segura. Palestina no será todo lo que supo ser, pero tendrá un futuro.

Todo esto que parecía imposible hace unos meses puede pasar porque en un punto ya está pasando. Los acuerdos y los acercamientos se suman en rápida sucesión, despejando el camino para el próximo logro. El sentido común parece haber adaptado el carácter de una fuerza avasallante, que se lleva por delante siglos de odios, prejuicios y desconfianzas.

 

El momento es ahora. Irán rápido o no llegarán.

Publicado el 30 de noviembre de 2013.

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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