Hiroshima

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Esta semana se cumplen 69 años desde el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón. Tuve la oportunidad de hablar con Paul Tibbets, el comandante del avión que tiró la de Hiroshima. En la dedicatoria del libro que me firmó en un pueblo perdido del mediooeste norteamericano después de que lo entrevistara por más de dos horas, siete años antes de morir, me escribió con letra firme y cuadrada: Para Santiago O’Donnell con los mejores deseos. Tu entrevista estuvo buena; la disfruté. Paul Tibbets. Quincy, Illinois, Julio 1, 00.

Nunca pude leer su libro, El Retorno del Enola Gay, un objeto oscuro, de tapa negra sobre fondo gris. Pero cada tanto lo abro para ver si la dedicatoria sigue ahí, como si no pudiera creer que su autor pueda ser una persona de carne y hueso, y alguien que yo haya conocido. Es la historia de una bomba llamada Little boy, (Niño pequeño), que cae en Hiroshima y causa ochenta mil muertos al instante, cerca de 200,000 en total, un nivel de devastación que no puede entrar en la mente de nadie que no lo haya vivido. Y del tipo que tira la bomba.Ese mismo señor me contaría 55 años después que lo primero que hizo despuès de tirar la bomba fue asegurarse que haya explotado bien y después le pide una almohada a su copiloto y se duerme una siesta en el viaje de regreso a la base. El día que  lo entrevisté, Tibbets había vuelto a su pueblo natal, después de muchos años, para vender su libro y para ser reconocido por las fuerzas vivas por los servicios prestados en defensa de la patria. Pasé dos días con él, compartiendo sus actividades. Conocí su máscara, la del soldado híper-profesional,  una fría máquina de matar al servicio de la libertad y la democracia. Y llegué a conocer al hombre detrás de esa máscara,  un viejo racista y paranoico que había perdido la sonrisa y que se había quedado medio sordo de tanto no querer escuchar.

 

Desde ese día el fantasma de Tibbets me asecha en cada aniversario de la bomba. Sería más fácil si fuera un monstruo intratable, un loco lleno de odio, carente de humanidad, alguien en que no pudiera reconocerme. Pero Tibbets fue.mucho menos que eso, apenas un pequeño engranaje dentro de una cultura bélica que acepta y naturaliza  la masacre de inocentes en nombre de intereses supuestamente superiores. Mi crónica salió publicada en La Nación:

 

 QUINCY, Illinois.- Después de tirar la bomba atómica desde el avión que lleva el nombre de su madre, Enola Gay, el comandante Paul Tibbets sobrevoló la ciudad de Hiroshima para comprobar el éxito de su misión.

Tal como esperaba, la ciudad había sido devastada. Más de 200.000 japoneses murieron como consecuencia del estallido. “Es el fin de la guerra”, pensó. “Ahora el emperador se tendrá que rendir”. Sintió alivio, o no sintió nada. Pidió una almohada, dejó el avión en manos de su copiloto y durmió la siesta durante todo el viaje de regreso a su base militar.

Pasaron los años. Pasó Corea, pasó Vietnam, cayó el Muro de Berlín. Tibbets alcanzó el grado de brigadier general y después llegó la hora del retiro.

Nunca se consideró un monstruo, pero tampoco un héroe. Hoy sigue pensando lo mismo que el día que tiró la bomba, el 6 de agosto de 1945: que hizo lo que tenía que hacer porque en una guerra gana el más fuerte. Que fue elegido para llevar adelante su destructiva misión porque era el mejor piloto de los Estados Unidos. Que preparó el avión, entrenó a la tripulación y llevó adelante, sin ningún error, la tarea que le encomendaron. Que salvó miles de vidas porque sin la bomba el emperador Hirohito nunca se hubiera rendido. Así de fácil.

Leyó miles de cartas de pacifistas que intentaron hacerle ver que estaba equivocado, cartas que indefectiblemente acabaron en su tacho de basura.

Los otros, los veteranos de guerra, los armamentistas, los conservadores, los millones de norteamericanos convencidos de que su país fue elegido para guiar el mundo porque ése es su “destino manifiesto”, le hicieron saber a Tibbets que no se había equivocado.

A lo largo de su vida enfrentó a cientos de periodistas “progres” cargados con preguntas ácidas, pero ninguno logró conmoverlo: “Son todos estúpidos o ignorantes, adoctrinados por los comunistas o los revisionistas, que no saben nada de historia ni de teoría militar”, es su opinión.

¿Por qué nadie le pregunta por las miles de personas que mató durante el bombardeo de Dresden o el de Tokio, donde barrios enteros fueron destruidos por bombas convencionales?

No, de la guerra no entienden nada. ¿Cómo se les ocurre preguntarle por qué no tiró una bomba de aviso en un lugar desértico? ¿Acaso no saben que en la guerra el factor sorpresa es fundamental?

“A algunos periodistas lo único que les interesa es la sangre y las vísceras. Me hablan de la destrucción que causé y me preguntan si puedo dormir de noche. Yo duermo muy bien. Nunca tuve una pesadilla”. Es su forma de ver las cosas.

Paul Tibbets tiene hoy 85 años y parece un viejito bueno. Nació en esta pequeña ciudad a orillas del río Mississippi y vive en Columbus, Ohio, a unas pocas horas de aquí. Tiene tres hijos, dos divorcios. Bob Newhouse, un veterano de la guerra de Vietnam, lo acompaña a todos lados para promocionar la pagina web de Tibbets (www.theenolagay.com), que incluye mucha información y las más variadas ofertas de compra, desde los Enola Gay en miniatura hasta fotos autografiadas y estampillas conmemorativas.

Anteayer Tibbets volvió a Quincy, después de mas de 40 años, a reencontrarse con su pasado.

Quincy organizó un gran homenaje para recibir a su hijo predilecto. Los chicos de la escuela primaria armaron un video con su historia y sus hazañas. El video fue exhibido en el hogar de los veteranos de guerra, frente a una gran bandera de los Estados Unidos. El alcalde de Quincy lo colmó de elogios y la aristocracia del lugar formó una larga cola para estrechar la mano del piloto, agradecerle que haya salvado al mundo y pedirle un autógrafo. El libro de Tibbets, El retorno del Enola Gay, se vendió como pan caliente.

Al día siguiente, Tibbets conversó a solas con La Nación durante más de dos horas y en esa charla surgieron otros aspectos de su personalidad: él es ateo, racista, chauvinista y paranoico. Es tan sabio en el arte de la guerra como ignorante del mundo que rodea su pequeña fortaleza de verdades absolutas y obediencias debidas.

Tibbets parece un hombre feliz. Dice que vivió una buena vida y goza de buena salud. Pero no sabe sonreír y se está quedando sordo, cada vez mas sordo.

-¿El ser humano es bueno o malvado?

-No sé, me parece que es una sociedad muy ignorante. Nuestros chicos no son patrióticos como nosotros, no estudian la historia de las guerras y eso me preocupa. La última vez que este país estuvo unido fue durante el bombardeo de Pearl Harbor. Después perdimos esa unidad. Los japoneses estaban unidos por la muerte. No les importaba morir. Eran todos peones del emperador.

-¿El mundo terminará destruyéndose en una guerra nuclear?

-No sé, no soy profeta, pero el potencial existe. Khadafy puede atacarnos, hasta los suizos pueden atacarnos. Somos los pichones de la galería de tiro. Todos quisieran conquistar este país porque tenemos más recursos naturales que cualquier otro, menos Sudáfrica, que tiene mucho uranio. Hemos producido mucha información, mucha tecnología y algún día podrá ser usada en contra nuestra.

-¿Estados Unidos tiene muchos enemigos?

-Siempre tendremos enemigos porque todos nos envidian.

-¿Les teme a estos enemigos?

-Tengo miedo de que aparezcan si bajamos nuestras defensas. El mundo ya no respeta a Estados Unidos. Teddy Roosevelt decía que hay que hablar bajito y llevar un bastón grande. Por eso hay que llevar la delantera en el campo tecnológico.

Hoy, creo que todavía preservamos una ventaja en ese aspecto. Nunca existirá la paz verdadera. Solamente la paz del miedo. Por eso tenemos que tener el bastón más largo.

-¿Siente temor por el Juicio Final?

-Yo no creo en el cielo y el infierno. Hay gente que necesita creer, y si eso les hace bien, me parece perfecto. Yo creo que después de la vida no hay nada. No creo que exista un lugar donde quepan todas las almas de las personas. Jesús dice que salvó el mundo, pero no salvó a nadie, porque hoy hay más crueldad y más destrucción que en su tiempo. Entonces, ¿a quién salvó?

-¿Si no cree en la religión, de dónde saca la fortaleza espiritual para aceptar lo que usted hizo?

-Toda mi vida fui entrenado para hacer el trabajo que hice. Mi padre me enseñó a ser disciplinado. Hice lo que tenía que hacer y nunca lo pensé dos veces.

-¿Le importa que millones de japoneses no opinen como usted?

-Me importa un pito lo que opinan. Impusimos nuestra voluntad sobre ellos.

-Usted dice que con la bomba salvó muchas vidas. ¿Alguna vez se planteó la posibilidad de dedicarse a salvar vidas de otra manera?

-Siempre he tenido un gran respeto por los policías y los bomberos porque han salvado muchas vidas, pero yo no fui entrenado para hacer eso. Los médicos hacen un gran trabajo salvando vidas y me conmueve el trabajo de los veterinarios, que curan animalitos que de otro modo morirían. Pero yo estoy para otra cosa. Siempre que los veteranos se me acercan para agradecerme por haberles salvado la vida, les contesto que me alegra que sigan en este mundo.

-Si algún día su país se destruye en una guerra nuclear…

-No cambiaría nada, porque mientras tanto un montón de gente en este país pudo gozar de una gran vida gracias a lo que hicimos. Además, la tecnología nuclear ayudó a mejorar el mundo en muchos aspectos, por ejemplo la medicina.

-¿Le molesta no ser comprendido en el resto del mundo?

-Es que a ellos no les importa. Viven en una miseria tan grande que no pueden entender nada. Yo estuve en la India durante 20 meses y el chico que limpiaba mi casa se asustaba cada vez que enchufaba una aspiradora. Los hindúes no entienden. Piensan que cuanto más sufren en esta tierra, mejor van a estar en su próxima vida. Llevan miles de años pensando eso. Tuve que abandonar ese país porque me lo ordenó mi embajador, y no pienso volver nunca más. Antes le hablaba de Khadafy. Ahí tiene otro ejemplo. A los árabes no los entiendo. No creo que nadie los entienda ni los vaya a entender nunca. En cambio, en Europa me tratan bien. Me encanta Bavaria.

-¿Qué no le gusta de los Estados Unidos?

-Por ejemplo, las minorías, cada vez son más y vienen a ocupar los trabajos de los gentiles, que son las personas que defendieron a este país en las guerras. Se ha perdido el equilibrio y hoy la balanza se inclina en favor de los negros, los mexicanos y los etíopes.

-Los negros también pelearon en las guerras.

-Sí, pero relativamente fueron pocos. Salvo algunas excepciones, los negros son muy difíciles de adiestrar.

-¿No le molesta que el movimiento pacifista haya surgido en las universidades de su país, donde supuestamente está la gente más educada?

-No, porque viven en la torre de marfil y nunca dispararon una bala, así que no pueden entender lo que es una guerra. Los académicos y los revisionistas hablan siempre de teorías, nunca de la realidad.

-El presidente Clinton frenó la emisión de una estampilla del Enola Gay en 1995. ¿También es un ignorante?

-No me haga hablar de ese señor, que evadió el reclutamiento militar (durante la guerra de Vietnam). Ningún hombre le ha hecho más daño a las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Se aprovechó de este país, hasta se hizo elegir presidente.

-¿Usted odia a Clinton?

-Sería un honor para él, pero no voy a darle ese gusto.

 

 

Publicado el 7 de agosto de 2014.

 

 

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About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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