GreenPutin

 

En la pelicula todo sale muy bien. Con imágenes de alta calidad y música de cello que incita a la aventura, el film empieza con un veterano capitán de barco de la organización ambientalista Greenpeace explicando cómo elige a su tripulación. “Compromiso, tenacidad y determinación” dice con voz rasposa, mientras aparecen imágenes de voluntarios de Greenpeace realizando distintas tareas en el barco. Después se lo ve al capitán en su cabina hablándole a la tripulación reunida allí, explicando los peligros de la misión que están a punto de emprender: el abordaje de una plataforma petrolera de la empresa estatal Gazprom en el mar ártico ruso.

 El capitán advierte sobre el fuerte viento y oleaje del mar ártico que padecerán los botes de goma al aproximarse a la plataforma petrolera previo al abordaje, y el daño que pueden causar los cañones de agua que los defensores de la plataforma seguramente usarán para contrarrestar el accionar de los ambientalistas. El capitán señala que el chorro de agua es tan fuerte que si les pega van a terminar en el agua a 30 metros del bote. Avisa que es posible que los gomones sean perseguidos por otros gomones de la prefectura o la marina rusa y remata: “mi consejo es que maniobren más rápido que ellos y no se dejen atrapar.”

Hablándole a la cámara, el capitán explica: “tratamos de presentar el peor escenario posible y hacerlo cuando todavía pueden abandonar la misión, si piensan que no podrán soportarlo.” Volviendo a la reunión con la tripulación, el capitán agrega un último consejo, referido a una posible detención . Mostrando por primera vez su sentido del humor, adereza el consejo legal con dos chistes de los que hoy seguramente estará arrepentido.

 “En caso de ser detenidos, busquen inmediatamente a un abogado o a alguien de su embajada. Pueden decir ‘sin comentarios, sin comentarios hasta hablar con mi abogado´ y cuando hablen con el abogado, éste seguramente les dirá que digan ‘sin comentarios`. (Primer chiste, nadie se ríe). Si nos deportan tendrán que volver a sus países, el país del cual es su pasaporte. Su país paga por esto, Rusia no paga. Si no es posible inmediatamente, entonces serán enviados a una estación especial llamada “campo de filtración”, donde ustedes…serán filtrados. (Segundo chiste, risas de la tripulación). No estarán en prisión pero no se podrán ir hasta que sean deportados.”

 La película sigue con un ambientalista de barba, anteojos y gorrita sentado junto al capitán, explicando por qué la extracción petrolera en el ártico es nociva para el planeta y sus animales. La película no nombra a ninguno de sus protagonistas: todos somos, todos podemos ser Greenpeace, parece decir.

 El gran final está lleno de acción, con gomones persiguiendo gomones y escaladores colgando de la plataforma petrolera bajo el chorro de los cañones. Mientras, se escucha suave la música del cello y por encima las voces del capitán y el ambientalista denunciando la peligrosidad del uso de cañones de agua en esas circunstancias, y la necesidad de generar un debate en Rusia sobre los riesgos de extraer petróleo cerca del polo norte, respectivamente. “Si las cosas están mal hay que pelear para cambiarlas, y la lucha continúa,” cierra la película el ambientalista de barba, anteojos y gorrita, en un inglés europeo ligeramente acentuado.

La película es de septiembre de 2012 y en ella todo sale muy bien: los voluntarios consiguen provocar a las autoridades rusas lo suficiente como para generar imágenes que permiten visualizar a los de Greenpeace como heroicos guerreros que luchan por salvar el planeta. El video, a su vez, le permite a Greenpeace recuadar millones de dólares en todo el mundo. Con eso Greenpeace financia más viajes para hacer más películas de voluntarios peleando con distintas autoridades, que a la vez generan más millones de dólares que a la vez permiten mantener activa a una maquinaria propagandística al servicio de la defensa del medio ambiente, o por lo menos de las causas vinculadas al medio ambiente que la organización elige defender.

 En la película todo sale muy bien pero en la vida real no tanto. Este año cuando Greenpeace quiso hacer otro video en la plataforma petrolera polar, el presidente ruso Vladimir Putin los estaba esperando. Se ve que no le había gustado la película del año anterior, esa que mostraba a los orgullosos pioneros de Gazprom como villanos payasescos persiguiendo con torpeza a los románticos aventureros de Greenpeace.

 Entonces Putin dio la orden. En cuanto un voluntario de Greenpeace empiece a escalar la plataforma, que la marina rusa tome posesión del barco ambientalista y meta preso a todos los tripulantes. Así sucedió el 18 de septiembre. Treinta marineros ecologistas presos, incluyendo los argentinos Camila Speziale y Hernán Pérez Orsi.

 Pero nada de deportación directa o “centros de filtración” como se mostraba en la película. Derecho a la cárcel y con cargos de piratería de hasta 15 años de reclusión. Y a esperar el juicio en una prisión allá, cerca del círculo ártico, con poca calefacción, con problemas de traducción, con cámaras que los filman las 24 horas, en “condiciones inhumanas”, según el abogado de Greenpeace.

 Me permito decir que Putin dio la orden de meter presa a la tripulación de Greenpeace, incluyendo al camarógrafo y al sonidista que viajaban en la expedición, por una simple razón. Es porque es público y notorio que el Kremlin maneja los hilos de la justicia en Rusia y que la palabra de su autocrático presidente es palabra sagrada para los burócratas a cargo de los tribunales.

 Por algo será que todos los pedidos de clemencia para los ambientalistas presos le llegan, no al juez, sino al mismísimo Putin, incluyendo un carta con la firma de once premios Nobel de la Paz enviada anteayer.

 Se trata de una justicia donde tres adolescentes de una banda punk llamada “Pussy Riot” pueden ser condenadas a tres años de cárcel cada una por parodiar a Putin dentro de una catedral ortodoxa. Una justicia donde el principal investigador de la corrupción del gobierno de Putin, el bloguero Alexei Lavalmy, es condenado a cinco años de trabajos forzados por cargos de corrupción a todas luces inventados y de repente, sin mediar explicaciones, su condena cambia por una pena en suspenso. Una justicia que mantiene bajo rejas desde el 2003 al principal rival político de Putin, el ex archimillonario Mikhail Khodorkovsky, bajo sucesivos cargos económicos de difícil comprobación, que se van acumulando a medida que se acerca el vencimiento de sus distintas sentencias. Una justicia, al fin, que mantiene la apariencia de imparcialidad y debido proceso, pero que condena en más del 98 por ciento de los casos en los que le toca actuar.

Por eso hay que ver qué decide Putin. Aunque tiene la costumbre de opinar sobre casos judiciales resonantes, no siempre lo que dice en público es lo mismo que le llega a los jueces. En este caso dijo que los activistas de Greenpeace habían cometido delitos pero no creía que hubieran incurrido en actos de piratería. Sin embargo, fue por ese cargo que fueron procesados los treinta activistas. Traducción para Greenpeace y sus aliados: la pena es negociable.

 Mientras tanto, más allá de la discretas gestiones diplomáticas de los países con ambientalistas presos en Rusia, Greenpeace busca presionar a Putin a través de la opinión pública. Con una campaña urgente de nuevos videos, carteles y protestas en todo mundo, pero esta vez sin las acciones directas más o menos agresivas que suelen alimentar su aparato de propaganda.

 Si fuera una película con final feliz la campaña de Greenpeace haría reflexionar a Putin, quien ordenaría que liberen a los activistas en los próximos días para que vuelvan como próceres a sus respectivos países, generando grandes expectativas para un nuevo asalto a la plataforma de Gazprom el año que viene. Y así se frenaría el calentamiento global y se garantizaría la superviviencia de los osos polares. Ojalá.

 Pero por ahora no hay señales a la vista en esa dirección. El viernes iba a haber una protesta en Moscú para exigir la libertad de los activistas. Putin ni siquiera tuvo que prohibirla. La noche anterior un grupo de encapuchados irrumpió en el local de Greenpeace de la capital rusa. Los encapuchados se robaron la jaula de metal que iba a usar Greenpeace al día siguiente para llamar la atención en Gorky Park con una representación del encarcelamiento de los voluntarios. Al salir de local tuvieron tiempo para tajear las gomas de un auto de los voluntarios.

 Es cierto que algunas protestas son difíciles de digerir. La acción directa, en cuanto lesiona intereses de terceros, sólo se justifica en grupos marginados en situaciones extremas sin alternativas viables para expresarse. Difíclmente Greenpeace, con su nombre engañoso (quiere decir “paz verde”) y su presupuesto millonario, encaje con este criterio.

 Pero hay que reconocerle y agradecerle a Greenpeace que haya desnudado, una vez más, el autoritarismo y personalismo del régimen ruso, que no por nada es dirigido con puño de hierro por un ex agente de la KGB. El recordatorio llega en un buen momento, ya que hace pocas semanas el mismo régimen ruso le dio asilo al informante estadounidense Edward Snowden, según dijo Putin, para defender la libertad de expresión. A no confundir los tantos.

Si hubiese libertad de expresión en Rusia Lavalmy no habría sido condenado, las Pussy Riot no estarían en Siberia y los voluntarios de Greenpeace saldrían en libertad pagando una multa o a lo sumo una fianza. Lo que hay, como bien sabe Snowden, es libertad para perjudicar a los enemigos o a los rivales de Putin, ya sean rusos o extranjeros, ya sea una agencia de espionaje o un grupo de aventureros.

 

Publicado el 19 de octubre de 2013.

 

 

 

 

 

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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