Golpe a Egipto

Empecemos con la noticia. El tres de Julio del 2013 Egipto sufrió un golpe de estado. No fue una insurrección popular, aunque millones de egipcios —liberales, cristianos, izquierdistas y agrupaciones juveniles— habían tomado las calles para pedir la renuncia del presidente islamista Mursi. No fue un golpe económico, aunque los principales empresarios se opusieron el gobierno islamista y la economía estaba en caída libre. No fue una intervención extranjera, aunque contó con la complicidad de Estados Unidos  (“El pueblo Egipcio ha hablado” dijo la vocera del Departamento de Estado cuando voltearon y metieron preso a Mursi ) y las monarquías árabes, especialmente Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, salieron apoyar al nuevo régimen de facto con miles de millones de dólares de ayuda económica, ayuda que le habían retaceado al gobierno de los Hermanos Musulmanes por miedo a que los movimientos islamistas  se popularicen en sus comarcas y hagan peligrar a sus reinados

Fue, sobre todo, un golpe militar, porque a Mursi no lo sacó la multitud, ni los empresarios, ni las potencias mundiales o regionales  sino que lo sacaron los militares. Los sacaron, lo metieron preso y además metieron presos a prácticamente todos los líderes del movimiento que pudieron agarrar.  Al derrocamiento de Mursi  le siguió una brutal represión en contra de sus seguidores, que protestaban en manifestaciones también masivas pero de signo opuesto a las de la semana anterior, por lo que los militares habían hecho con el primer presidente democráticamente elegido en la historia de Egipto, a no más de un año de su asunción.

Fue un golpe de Estado con todos los ingredientes clásicos, por más que lo quieran disfrazar de otra cosa.

Entonces asume el poder un general nacionalista con cara de malo (foto) que dos días antes había dado un ultimátum de 48 horas para que Mursi abra un diálogo con la oposición.  Da un discurso por cadena de televisión contando que Mursi está preso y que empieza un gobierno de salvación nacional. Temporario, claro, para transitar el heroico camino hacia la democracia verdadera.  Nombra presidente al juez  que hasta entonces presidía la cámara constitucional, o sea al principal enemigo político de Mursi. El general, que sigue a cargo del asunto, pronuncia un dictamen constitucional, una especie de constitución express por la cual  las fuerzas armadas mantienen su poder sin subordinarse  a la autoridad civil, con derecho a nombrar al ministro de Defensa y manejo discrecional del presupuesto militar. Con eso en claro, al otro día el general agrega como primer ministro a un economista liberal y como vicepremier a un diplomático famoso que se había ganado el Premio Nobel de la Paz, para gestionar el día a día del gobierno egipcio.

El dictamen constitucional del general golpista es un mamarracho. Provee una “hoja de ruta” para una nueva constitución y elecciones generales en cuatro meses, como si semejante nivel de compromiso político fuera posible en pocas semanas mientras el país se hunde cada vez más cerca de la guerra civil. El dictamen también conserva la preeminencia de la ley islámica o sharia para mantener de su lado a los salafstas de Al Nur, único grupo islámico en apoyar el golpe. Pero  una semana después del cambio de gobierno Al Nur se retira de la coalición de partidos que apoya a los militares por la brutal represión de los Hermanos y sus seguidores del lunes pasado, que dejó un saldo de por lo menos 52 muertos después de que la policía abriera fuego contra manifestantes desarmados o que se defendían con rocas, según pudieron constatar organismos internacionales de derechos humanos.

Los mismos generales que manejaron tan mal la transición en 2011 tras la caída del dictador Mubarak, ahora hacen lo mismo. Conocidos en Egipto como “el Estado dentro del Estado”, tienen cierta fama de ser la única institución seria y sólida del país. Mantienen todo tipo de privilegios: subsidios, bonificaciones,  exenciones impositivas, tierras, participación en importantes negocios. Según distintas estimaciones los militares egipcios manejan entre el 15 y el 25 por ciento de la economía de ese país, al que gobernaron ininterrumpidamente desde que el rey Faruk abdicara en 1952 hasta la elección de Mursi. También reciben mil cuatrocientos millones de dólares anuales de ayuda militar bilateral de sus socios y patrocinadores, el gobierno de Estados Unidos. A diferencia de la policía y las fuerzas de seguridad, que llevan una larga historia de represión sangrienta, , los militares se ganaron el reconocimiento popular al negarse a cumplir a las órdenes del dictador Mubarak de reprimir a los manifestantes de plaza Tahrir,  forzando así la caída del régimen. Durante la transición, los militares hicieron todo lo posible para  condicionar la futura presidencia de Mursi, al punto de demorar durante varios días el reconocimiento de su triunfo electoral. Durante los meses que gobernó Mursi,  los  militares defendieron sus intereses desde un discreto segundo plano, dejando hacer a los demás, sin grandes muestras de lealtad ni tampoco de insubordinación, hasta que en medio de un crisis política y social generalizada llegó el ultimátum y enseguida el golpe.

Es cierto que Mursi y los Hermanos Musulmanes cometieron errores. Se trata de una fuerza política creada en 1928 que ha pasado gran parte de su existencia proscripta, alternando ciclos en que era ferozmente perseguida, como ahora, con otros cuando era tolerada, como antes de la elección. Tantos años forjados en la resistencia le dieron un alto grado de organización y una importante penetración en sectores medios y profesionales a partir de sus emprendimientos sociales como el eficaz mantenimiento de escuelas y hospitales. Para participar del proceso eleccionario del 2011 Mursi debió renunciar a los Hermanos Musulmanes y presentarse con un partido político de cobertura llamado Libertad y Justicia. También acordó con los militares que no impondría su mayoría en la asamblea constituyente para trazar una constitución teocrática. El acuerdo no escrito permitió que Mursi participara y ganara las elecciones, pero después no se trasladó a la asamblea constituyente, donde los miembros de la minoría renunciaron y los demás redactaron una Carta Magna a medida de los Hermanos Musulmanes. El texto fue impugnado por la Justicia pero Mursi empujó su ratificación llamando a elecciones, lo cual derivó en una gran pelea con distintos tribunales, muchos de ellos cargados de jueces nombrados por el dictador Mubarak. La disputa disparó movilizaciones callejeras de la oposición, que chocaron con formaciones de militantes progubernamentales. En un clima de creciente tensión por la suba de precios y escasez de productos de consumo, las manifestaciones callejeras se hicieron cada vez más masivas. A su vez Morsi doblaba la apuesta, endureciendo su posición islamista y reafirmando la intangibilidad de su constitución, lo cual lo fue llevando a un progresivo aislamiento. Así fue  perdiendo el apoyo de intelectuales progresistas e islámicos moderados, a quienes Los Hermanos Musulmanes habían seducido durante la campaña electoral con un discurso pragmático e inclusivo, y un candidato supuestamente moderado como Mursi, quien había obtenido un doctorado en Estados Unidos .

También cometieron errores los supuestos liberales que golpearon las puertas del cuartel. Pensaron que si esperaban tres años a que Mursi finalizara su período presidencial, Egipto se habría transformado irrevocablemente en una teocracia fundamentalista y ya no habría nada por qué luchar. Por no saber respetarlas reglas de la democracia terminaron entregándole el poder a una banda de burócratas ineptos y además asesinos, en tanto responsables por la represión del lunes pasado. En vez de confundir al golpe con una gesta emancipadora, los distintos sectores de la coalición opositora deberían darse cuenta de que no hay democracia posible si no incluye a los Hermanos Musulmanes.

 

No hace falta mucho para desestabilizar a una democracia frágil e incipiente, sobre todo cuando es dirigida por una fuerza de raíz revolucionaria sin experiencia en compartir y alternarse en  el poder.  El camino inverso es más complicado: para pasar del autoritarismo a la democracia no alcanza con llamar a elecciones.  Se trata de un proceso arduo, complicado y azaroso, donde se requiere de habilidad política para lograr el fortalecimiento progresivo de distintos acuerdos, que sostenidos en el tiempo derivan en un orden institucional. En Egipto, la Primavera Árabe barrió con la dictadura y no hubo tiempo para nada. Los acuerdos fundacionales entre islamistas, liberales y militares no existieron o fueron ignorados. En vez de ceder, los principales actores de este drama se agreden y se alejan, los muertos se apilan de uno y otro lado, las traiciones nuevas recuerdan a las viejas prácticas de exclusión mutua. Tan solo queda la mínima esperanza de que el abismo de la guerra civil los haga reflexionar y eventualmente acordar un camino que puedan transitar juntos, esta vez en serio, dejando de lado el odio y la soberbia.

Publicado en Página/12 el 13 de julio de 2013.

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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