El plan ruso

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El plan ruso funcionó. Por el momento, el presidente de Estados Unidos Barack Obama ha suspendido el bombardeo de Siria. El plan en si es bastante ingenuo y a todas luces impracticable. Nadie puede creer seriamente que el dictador Bashar al Asad, en plena guerra civil, con cien mil muertos a cuestas, va a rendir su arsenal de mil toneladas de armas químicas y dejar que Naciones Unidas se lo destruya, a cambio de nada o casi nada.

El plan funcionó porque Obama cambió de opinión sobre el ataque, mejor dicho fue cambiando de opinión a lo largo de las últimas dos semanas. Encerrado en su promesa de castigar al régimen sirio si usaba armas químicas, la iniciativa rusa le dio una salida elegante, o al menos eso parece creer.

Recapitulando, el 21 de agosto pasado se produjo un ataque con gas sarín en un suburbio de Damasco controlado por opositores al régimen en el que murieron más de mil civiles. Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia llegaron a la conclusión que había sido Asad, pero el gobierno sirio y Rusia dijeron que los opositores se habían echado el gas sobre sí mismos para forzar una intervención de Estados Unidos en una guerra civil que empezaba a inclinarse en favor de las fuerzas del gobierno. El caso fue investigado por inspectores independientes de Naciones Unidas y a esta altura se puede decir con bastante certeza, basándose en comentario de secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, de que el régimen de Asad habría sido el autor de la masacre.

El tema es que Obama había dicho el año pasado que el uso de armas químicas equivalía a cruzar una “línea roja”, o sea, que no sería tolerado. La semana después del ataque químico el gobierno de Obama movilizó buques, apuntó misiles, hizo planes de ataque y listas de blancos, se esperaba que las bombas empezaran a caer en cualquier momento.

Pero el 31 de agosto, en un discurso desde el Jardín de Rosas de la Casa Blanca destinado a explicar por qué Estados Unidos se metía nuevamente en conflicto bélico en Medio Oriente, Obama sorprendió al mundo entero. En su mensaje fundamentó la intervención militar en la supuesta responsabilidad moral de Estados Unidos de no permitir el uso de armas de destrucción masiva, ante la negativa de Rusia y China de actuar de manera decisiva desde el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Dijo que el ataque sería acotado y no involucraría a tropas estadounidenses en territorio sirio. Agregó que el objetivo se limitaba a castigar el uso de armas de destrucción masiva y no incluía el derrocamiento de Asad.

Hasta ahí todo muy esperable. Pero después Obama dio un giro y dijo que atacar a Siria era una decisión muy importante y que iba a consultarla con el Congreso. “Estoy preparado para dar la orden (de atacar). Pero así como estoy convencido como Comandante en Jefe de dar la orden por razones de seguridad nacional, también tengo en cuenta que soy el presidente de la democracia constitucional más vieja del mundo,” explicó.

La sorpresa fue mayúscula. Al convocar al Congreso, Obama delegaba un poder que siempre había pertenecido al presidente. Si bien la Constitución estadounidense dice que es el Congreso quién debe decidir sobre las guerras, hasta hace dos semanas, ningún presidente de la historia de ese país le había prestado atención a ese detalle. En la tradición presidencialista imperial de Washington, las guerras las decide el Comandante en Jefe. Siempre fue así, al menos desde la Pimera Guerra Mundial. Primero se ataca, después se vota para darle el respaldo a los muchachos que están peleando. Además, los congresistas estaban de vacaciones desde hacía más de una semana y hasta ese momento nadie los había llamado para que decidan nada sobre Siria.

Si bien es cierto que Obama es un abogado constitucionalista, nadie se va a creer que mandó el tema al Congreso de puro garantista. No había pedido permiso para entrar a Pakistán a limpiar a Bin Laden, y no había pedido permiso al Congreso cada vez que manda a un dron a matar a un sospechosos de terrorismo en Yemen. Obama tenía que saber que llamar al Congreso era mandar la guerra al freezer.B

¿Entonces por qué lo hizo? Esa semana el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas le había bochado el uso de fuerza y el Parlamento británico le había quitado a su principal aliado al votar en contra de la participación británica en el ataque a Siria. La opinión pública estadounidense estaba siete a tres en contra de la intervención y el Congreso se mostraba muy dividido en las dos bancadas. Obama se mostraba convencido de bombardear, pero ya no tanto como para sumir toda la responsabilidad. Se venía la cumbre del G20 en San Petersburgo y quería llevarse algo de respaldo doméstico para convencer a sus aliados. Pero se le hizo cuesta arriba. Antes de partir a Rusia consiguió un tibio respaldo del senado en votación dividida. En San Petersburgo consiguió armar una lista de 25 países que supuestamente apoyarían un ataque a Siria, pero chocó con los BRICS, la Liga Arabe y la totalidad de América Latina, exceptuando Honduras.

Pero hasta el domingo pasado Obama aún daba a entender que el bombardeo era inminente. La Casa Blanca anunció ese día que el presidente de Estados Unidos había aceptado seis entrevistas con las principales cadenas de televisión para el lunes y que el martes hablaría por cadena nacional. El tema sería la crisis siria y el objetivo, venderle la intervención armada a la opinión pública y especialmente al Congreso. Al día siguiente, miércoles, se votaba en la Cámara de Representantes la autorización final para el bombardeo

El lunes, mientras Obama promovía el bombardeo, salió a la luz la propuesta de Rusia, un aliado histórico e incondicional del régimen sirio. Según Moscú, a cambio de que Estados Unidos suspenda el bombardeo, Siría aceptaría entregar su arsenal químico a inspectores internacionales para que procedan con su destrucción. Además y en lo inmediato, Siria firmaría la convención internacional contra el uso de armas químicas. En medio de la guerra de propaganda, y a horas de la declaración del inicio de hostilidades, el secretario de Estado de Estados Unidos se apuró en responder. Dijo que la propuesta era poco seria, dilatoria e impracticable y que no le creía nada a Asad. Por su parte Obama, en pleno raid televisivo para promover la guerra, apenas le dedicó tiempo a responderle a los rusos. “Esto no es nuevo,” minimizó. “El presidente (Vladimir) Putin y yo lo venimos hablando desde hace mucho tiempo.” Consultado sobre si atacaría aún si el Congreso le votaba en contra, contestó: “Creo que es justo decir que aún no lo he decidido.”

Al día siguiente, martes, en su discurso por cadena nacional, Obama volvió a sorprender. En un mensaje de dieciséis minutos, reiteró los argumentos en favor de la intervención, invocando la supuesta “excepcionalidad” de Estados Unidos para actuar por encima de Naciones Unidas. Pero en el mismo discurso dijo que la propuesta rusa “merece ser estudiada con seriedad” y pidió a los representantes que posterguen su votación para darle una oportunidad a las negociaciones.

Al otro día, miércoles, el plan ruso funcionaba a pleno y ya nadie hablaba de bombardear Siria. Los cancilleres de Rusia y Estados Unidos iniciaban reuniones formales en la sede de la ONU en Ginebra para ponerse de acuerdo sobre el tamaño del arsenal químico sirio y cómo se procedería para destruirlo.

El jueves los cancilleres de Rusia y Estados Unidos ofrecieron una conferencia de prensa conjunta, junto al delegado negociador de la Liga Arabe para darle un marco de seriedad a todo el asunto. Ese mismo día los funcionarios de Naciones Unidas aportaron su cuota para el optimismo al anunciar que representantes sirios ya habían solicitado los formularios necesarios para la firma de la convención contra las armas químicas. Ya la amenaza de un ataque estadounidense parecía cosa del pasado..

Envalentonado, Asad empezó a ponerle condiciones al acuerdo. Que Estados Unidos pare de amenazar. Que Estados Unidos y Europa dejen de mandarle armas a los insurgentes. Que esto va a llevar tiempo. La agencia oficial de noticias siria editorializó que Obama había dado marcha atrás, que había arrugado.

El plan ruso había funcionado. Estados Unidos, por ahora, no va a atacar a Siria. No hay más “línea roja” de Washington en caso de que un dictador decida masacrar a su propio pueblo.

Publicado el 14 de septiembre de 2013.

 

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About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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