Crimea

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Volvemos a Crimea con un mapa del Mar Negro y el vago recuerdo de una vieja guerra glorificada en la película “La Carga de la Brigada Ligera” algún sábado de súper acción.

Pero Rusia ya no es aquel imperio semifeudal humillado en su propio patio trasero por los modernos armamentos y barcos del ejército anglofrancés en 1856. Ahora Rusia vuelve a ser potencia y ahí en Crimea tiene una población de dos millones de rusoparlantes en una región autónoma del tamaño de la provincia de Tucumán, que perteneció al imperio ruso durante más de dos siglos hasta que fue anexado a la fuerza al país vecino en 1954, como parte de una reorganización del imperio soviético. Cuando el imperio soviético cayó en 1991, Crimea quedó del lado de ese país, Ucrania, sólo porque Rusia no tenía fuerzas o tenía demasiados conflictos como para disputarla, más allá del reclamo formal. Pero Rusia nunca dejó de sentir a Crimea como suya. Crimea es una e península cuadrada que cuelga de la costa norte en el centro del Mar Negro, una especie de faro que se clave en medio de ese mar y que permite vigilar en distintas direcciones. Es el extremo sudoeste de la gran Rusia, el lugar favorito de veraneo para sus elites empezando por ese resort de fama internacional llamado Yalta, donde en 1945 Stalin recibió a Churchill y Roosevelt para repartirse los despojos de la Segunda Guerra Mundial.

Más importante aún para Rusia que el interés turístico e histórico, Crimea es la plataforma de despegue de su Armada. Cerca de Sebastopol, en el extremo de la península, Rusia posee una importante base naval en terrenos cedidos por Ucrania hasta el año 2042. Desde allí proyecta su impresionante poderío militar por todo el Mar Negro a Turquía, el Cáucaso y Europa oriental, y cruzando el Bósforo, a Asia, Africa y la Península Ibérica a través de los mares de Mármara, Egeo y Mediterráneo. Rusia ya no es aquel país derrotado de mediados del siglo XIX y hace mucho que los barcos de guerra de Inglaterra y Francia no remontan el Mar Negro. Entonces volvimos a Crimea porque quedó atrapada en medio de una revolución, la revolución Ucraniana. Porque Ucrania tiene su propia historia, una historia distinta a la de Crimea, aunque hoy forman parte del mismo país. Ucrania tiene una población mayoritariamente eslava de más de 44 millones de habitantes, veinte veces más que Crimea, y una superficie total que es más de treinta veces el tamaño de Crimea. Y a diferencia de Crimea, Ucrania tiene una historia conflictiva con el imperio ruso, de anexiones y movidas independentistas, a lo largo de muchos siglos.

El antecedente más reciente de este conflicto fue la llamada Revolución Naranja del 2005. Ese año, un candidato prorruso llamado Viktor Yanukovich había ganado una elección a un candidato proeuropeo llamado Viktor Yuschenko en una votación teñida de fraude. La gente salió a la calle y forzó una nueva elección, que fue ganada por el candidato proeuropeo. La Revolución Naranja no terminó bien. Rusia es el principal proveedor de gas de Ucrania y la mayoría del gas ruso que se vende en Europa pasa por Ucrania. Durante el gobierno proeuropeo, Rusia cortó el suministro de gas a Ucrania y a Europa en distitntas ocasiones por distintas peleas relacionados con el precio del combustible. En el 2010 la Revolución Naranaja se terminó cuando el prorruso Yanukovich volvió a ser electo presidente de Ucrania.

Pero hace tres meses otra revolución estalló cuando Yanukovich anunció que interrumpía el proceso de integración de Ucrania a la Unión Europea. El proceso llevaba varios años en marcha y la idea de integrarse al bloque regional europeo era un anhelo de gran parte de la población ucraniana, sobre todo después de ver el despegue económico que había tenido la vecina Polonia desde su ingreso en el 2004. Sin embargo, en noviembre del 2013, dos semanas antes de la fecha largamente anunciada para la firma de un protocolo de asociación con la Unión Europea, Yanukovich salió en cadena nacional para anunciar que el acuerdo se suspendía. Argumentó que mientras Europa estaba en crisis Rusia, nuevamente la potencia emergente, le ofrecía a Ucrania mejores condiciones. Después partió a Moscú a firmar acuerdos económicos y sacarse una foto en el Kremlin con su par ruso Vladimir Putin. La decisión desató una ola de protestas. Millones de ucranianos tomaron las calles de las principales ciudades, armaron barricadas y aguantaron el duro invierno, desgastando la credibilidad de un gobierno con fama de corrupto y prebendario, que parecía sorprendido por la determinación de los manifestantes.

Pasando por alto la opción de respetar la voluntad popular o al menos plebiscitarla, Yanukovich eligió la represión y provocó un baño de sangre. Más de ochenta muertos en dos o tres noches de furia de la policía ucraniana la semana pasada y Yanukovich se tiene que ir, el parlamento o Rada vota que se tiene que ir, prácticamente lo echa a patadas. En rápida sucesión la Rada votó la destitución de Yanukovich, nombró como nuevo presidente al proeuropeo Oleksandr Turchinov, llamó a elecciones para el 25 de mayo y ordenó la libertad de la heroína de la Revolución Naranja, la ex premier Yulia Timochenko, presa desde el 2011 bajo cargos de corrupción. Al salir de la cárcel Timochenko proclamó “la dictadura ha caído” y anunció que se presentará en las elecciones de mayo.

El viernes pasado, tras varios días en la clandestinidad, Yanukovich reapareció en Rusia reclamando que había sido víctima de un golpe. Dijo que su palacio había sido comprado con fondos legítimos, que los animales del zoológico que tiene en su propiedad estaban sufriendo, y que no es cierto que el yate y el embarcadero que le habían adjudicado eran suyos, sino que él los había alquilado. Dijo que nunca renunció, y que va a volver. Que vuelva, contesta el nuevo gobierno, que se presente, que dé la cara por los crímenes cometidos, por los ochenta muertos en las calles. Pide la extradición de Yanukovich a Rusia y vota que sea juzgado en el tribunal internacional de La Haya por crímenes de lesa humanidad.

Parece que ha triunfado la revolución. Una revolución pacífica de manifestantes desarmados que prefiere la medicina amarga de la austeridad fiscal que propone Europa, antes que los préstamos rápidos y el gas subsidiado de los rusos que prometía Yanukovich.

Pero faltaba que hablara Crimea. Según denuncian autoridades ucranianas, militares rusos han tomado el control de los principales aeropuertos de Crimea y del Parlamento de Crimea, mientras grupos de civiles armados han montado barricadas para cortar las principales rutas. Rusia dice que no ha invadido, que ha movilizado tropas a la frontera, sí, pero que se trata de ejercicios militares rutinarios programados desde antes de que estallara el conflicto.

Lo cierto es que la presencia de civiles armados y el despliegue de militares rusos en Crimea  existe, según muestran las fotos que nos llegan desde allá. Y, como en una reedición de la Guerra de Crimea, otra vez la presencia militar rusa en esa península del Mar Negro inquieta a Gran Bretaña, Francia y sus aliados. El viernes pasado el primer ministro británico David Cameron llamó a Putin para exigirle que respete la integrida territorial de Ucrania, según informó el Foreign Office. Ese mismo día la cancillería francesa emitió un comunicado conjunto con las cancillerías de Alemania y Polonia, reclamando lo mismo que Cameron. El canciller de Estados Unidos, John Kerry, se sumó al coro con la advertencia a Moscú de que “cualquier intervención en Ucrania sería un grave error”. Como buen tiempista, Putin por ahora guarda silencio, esperando el moento más oportuno para lanzar su contraofensiva diplomática.

El tema es que Ucrania quiere independizarse de Rusia para unirse a Europa, mientras Crimea quiere independizarse de Ucrania para unirse a Rusia, cuestión que no es fácil de resolver. Porque a medida que se imponen nuevas identidades supranacionales como la Unión Europea y la gran Rusia, se debilitan la identidades nacionales y lo que sucede en Crimea puede trasladarse a Escocia o Cataluña o, en el caso ruso, a alguna región separatista de su vasta geografía. En eso coinciden los intereses de Bruselas, Washington y Moscú, y por eso distintos líderes mundiales se encargaron de difundir esta semana que habían hablado con Putin y que éste les había prometido respetar la “unidad territorial”, o sea la soberanía que Ucrania ejerce sobre Crimea.

Sin embargo hay otra lectura, bien de Guerra Fría, que es la desconfianza a un manotazo ruso al estilo Osetia del Sur en el 2005. Esa vez una región autónoma prorrusa de Georgia había ganado su independencia mediante un conflicto armado, para convertirse en un protectorado de Moscú. El triunfo de Osetia del Sur se había dado gracias a una fulminante intervención del ejército ruso y ante la pasividad de los aliados occidentales del gobierno de Tbilsi. De ahi la tensión por Crimea esta semana y los intercambios de nerviosos comunicados.

Pero esto no tiene por qué terminar mal. Así como han habido particiones traumáticas en Europa como la de la ex Yugoslavia, también hubo particiones amigables como la de la ex Checoslovaquia. Lo importante es respetar la voluntad popular y los procesos democráticos y constitucionales, teniendo en consideración los derechos de las distintas minorías y el respeto a los derechos humanos.

En la guerra de Crimea de hace un siglo y medio habrían muerto más de 250,000 soldados y 750,000  civiles. La próxima podría ser peor, si la sensatez no se impone a la prepotencia.

Publicado el 1 de marzo de 2014.

 

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About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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