Colombia elige no creer

El domingo que viene Colombia elige presidente en una votación que debería ser histórica, pero que no entusiasma, por razones que los colombianos parecen conocer bien.

Debería ser histórica porque está en juego nada menos que un proceso de negociaciones de paz con la guerrilla para poner fin a un conflicto armado que ya lleva medio siglo. Ese proceso parece más cerca que nunca, o tan cerca como pocas veces, de alcanzar su objetivo, pero podría naufragar si gana el candidato opositor, Óscar Ivan Zuluaga. Zuluaga es partidario de seguir con la guerra y negociar lo menos posible. El otro candidato, el presidente Juan Manuel Santos, que aspira a la reelección, lleva más de un año negociando en La Habana con la guerrilla de las FARC, la más importante y longeva de Colombia, una agenda de cinco puntos para alcanzar la paz, de la cual ya se han puesto de acuerdo en tres.  El último punto acordado, sobre el narcotráfico, llegó en el pico de la campaña presidencial, como para darle un empujón a Santos,que sin embargo hasta ahora parece seguir estando un pasito detrás de sus contendiente en las encuestas.

Zuluaga es el delfín del principal crítico al proceso de paz, el ex presidente Álvaro Uribe, a quien sirvió como ministro de Economía. Durante la presidencia de Uribe, que antecedió la de Santos,  el gobierno lanzó una ofensiva militar contra la guerrilla con fuerte apoyo militar y financiero de Estados Unidos en el marco de un acuerdo llamado Plan Colombia. La ofensiva sirvió para desplazar a la guerrilla de las grandes ciudades y logró la muerte de importantes lideres de las FARC como nunca antes en la historia del conflicto, pero no estuvo ni cerca de aniquilar o derrotar definitivamente a la guerrilla, prolongando un conflicto que ya ha causado más de cinco millones de desplazados y 700,000 muertos civiles, sobre todo indígenas y campesinos.

El debate sobre el proceso de paz dominó la campaña. Como si lo actuado en La Habana estuviera siendo plebiscitado en la elección, los cinco candidatos que se presentaron en la primera vuelta del 25 de mayo fijaron posición desde el primer día y se pasaron debatiendo el tema hasta la veda previa a los comicios, incluyendo acusaciones a la campaña de Zuluaga de haber hackeado e intentado sabotear las negociaciones en Cuba. Con matices diversos y mayor o menor entusiasmo, tres candidatos apoyaron el proceso de paz:  Polo Democrático (centroizquierda) Partido Verde (centro) y Santos. Dos estuvieron en contra, también con sus matices: Zuluaga y la candidata de Partido Conservador, ella un poco menos.

Zuluaga y Santos pasaron a la segunda vuelta, Zuluaga con un 29, Santos con un 25 por ciento de los votos. El polo y los conservadores sacaron un 15 y los verdes, el ocho. Tanto el polo como los verdes presentaron candidatos débiles por divisiones internas. En el caso del polo y otras fuerzas progresistas,  la división mostró la dificultad que tiene la izquierda colombiana  como colectivo para plantarse con una postura firme y uniforme frente a los crímenes y violaciones a los derechos humanos de las FARC y el ELN, por ser  guerrillas de origen marxista.

A su vez los conservadores no pudieron evitar que el voto de la derecha se polarice entre Santos y Zuluaga y entonces las dos opciones más nítidas en favor y en contra de las negociaciones en La Habana pasaron a la segunda vuelta hace dos semanas.

Desde entonces y sin perder tiempo los dos candidatos finales salieron a tejer alianzas para sumar votos, Zuluaga por derecha, Santos por izquierda.

 Zuluaga negoció con los conservadores. A cambio del apoyo de ese partido, aceptó moderar su postura con respecto al  proceso de La Habana, aunque no mucho. En vez de una negativa cerrada, acordó que estría dispuesto a seguir negociando con la guerrilla, pero sólo si las FARC cumplían una lista de condiciones adicionales, incluyendo un alto el fuego inmediato e incondicional, prácticamente una rendición.

Por su parte Santos pudo sumar el apoyo de los principales referentes del Polo Democrático, así como algunos independientes e intelectuales de la centroizquierda, pero no logró seducir al Partido Verde, que liberó a sus votantes para que voten, o no, a conciencia.

Es que  Zuluaga y Santos habrán pasado a la segunda vuelta, pero ninguno de ellos ganó la  elección del 25 de mayo, y es muy probable que vuelvan a perder el domingo. Y todo Colombia lo sabe. El verdadero ganador fue y probablemente volverá a ser el abstencionismo. El más del sesenta por ciento de los colombianos habilitados para votar que eligieron quedarse en sus casas, récord absoluto en ese país para una elección presidencial, más del diez por ciento  por encima de la elección anterior, con tendencia al aumento desde hace varias votaciones. O sea el hastío, la indiferencia y la incredulidad.

Entonces, ¿cómo es que en una elección supuestamente histórica, a tan poca gente le interesa votar? La respuesta la dan los mismos colombianos: no parecen creer que  Santos o Zuluaga vayan a cambiar nada. O si cambian algo, va a ser para que todo siga como siempre. Los números parecen mostrar que los colombianos no creen que se trate de una elección histórica, sino una interna entre dos ex ministros de Uribe. Distintas vertientes del programa neoliberal de Uribe: la vertiente mano dura de Zuluaga y la vertiente pragmática de Santos.

Santos fue nada menos que el ministro de Defensa de Uribe, el hombre que comandó las tropas del Plan Colombia y que un día antes de ser elegido presidente había elogiado a Uribe como el mejor presidente de la historia de Colombia. El mismo Santos que  terminó quedándose con el partido que Uribe había fundado, el Partido de la U. Pura politiquería. Santos forma parte de la elite que gobierna Colombia desde hace décadas sin que nada cambie en cuanto a las condiciones que permitieron a la guerrilla crecer y multiplicarse durante tanto tiempo. Antes de pactar con la izquierda para el domingo que viene, antes de ponerse al frente de la guerra de Uribe como su ministro de Defensa, Santos había sido ministro de Comercio Exterior de Gaviria y ministro de Hacienda de Pastrana.

Santos y Zuluaga, emergentes de una clase política desprestigiada, con un Congreso que tiene a un tercio de sus legisladores vinculados al paramilitarismo, con un presidente que era ministro de Defensa en el 2006 cuando se descubrió que el ejército colombiano ocultaba ejecuciones extrajudiciales falseando estadísticas y defraudaba al fisco a través de un sistema de recompensas sobre supuestas bajas que no ocurrían, escándalo que se conoció como “los falsos positivos”. El mismo Santos aparece hoy como el garante principal de las negociaciones con las FARC. Por eso muchos colombianos no le creen. Por ejemplo el poeta y ensayista William Ospina, quien esto escibe:

“Considero a Zuluaga el menor de los dos males. ¿Por qué? Yo lo resumiría diciendo que el uribismo es responsable de muchas cosas malas que le han pasado a Colombia en los últimos 20 años, pero el santismo es responsable de todas las cosas malas que han pasado en Colombia en los últimos cien años. Y si me dicen que Santos no tiene cien años, yo le respondería que tiene más No es algo personal: Santos es un hombre inteligente, sagaz y hasta elegante. Pero la mirada que arroja sobre el mundo, la manera de su gobierno, es la de la vieja élite bogotana que se siente designada por Dios para manejar este país con una mezcla de desdén y de indiferencia que aterra. Son expertos en hacerlo todo y no ser nunca responsables de nada. Lo que hoy es Colombia, con sus desigualdades, su miseria, su inautenticidad, sus violencias, sus guerrillas, sus delincuentes, sus narcotraficantes, su atraso, su premodernidad, su docilidad ante la manipulación, se les debe por entero.”

Tampoco es unánime el sentimiento con respecto a pactar con la guerrilla. Las FARC es desde hace muchos años una fuerza repudiada por prácticamente toda la sociedad colombiana, con un nivel de aprobación política casi nulo gracias a su historia de violaciones a los derechos humanos, incluyendo en uso de minas en zonas de población civil, el secuestro extorsivo y las largas marchas de prisioneros engrillados en medio de la selva. Además de los probados nexos entre la guerrilla y grupos dedicados al narcotráfico. Como escribió el novelista Fernando Vallejo:

“Esta cosa que tenemos montada allá arriba parrandeándose el destino de 47 millones miren lo que declaró el 19 de enero en El País de España: ‘Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia: Me imagino a representantes de las FARC sentados en el Congreso. De eso se trata este proceso: que dejen las armas y que sigan con sus ideales’. ¿Ideales? ¿Matar, violar, secuestrar, extorsionar, volar torres eléctricas y oleoductos, reclutar niños, sembrar minas quiebrapatas, a eso lo llama ideales? ¿Y sentados en el Congreso? ¿En la Cueva de Ali Babá junto con los hampones que allá tenemos? Ah, eso sí me gusta, se me hace muy inteligente: para enmermelarlos a todos juntos y salir de todos de una vez.

También está la duda sobre la paz que pueda alcanzar Santos, más allá de que las dos partes parecen comprometidas y ya han jugado gran parte de su capital político en la negociación. Si la paz sólo se puede lograr entre enemigos, entonces Zuluaga es el más indicado, porque representa a los sectores más duros de la sociedad. Pero a diferencia de Uribe, Zuluaga y sus seguidores, millones de colombianos no quiere volver al pasado reciente. Escribe Cecilia Orozco Tascón, columnista de El Espectador:

“Oscar Iván Zuluaga tacha al santismo de cometer dos pecados esenciales: la “mermelada” con que unta a los congresistas de la coalición y la impunidad que generaría el proceso de negociación con las Farc. Pero se olvida que su jefe practicó, y con cuánto descaro, idénticos métodos, con el agravante de que, en sus intentos, se llevaba de calle a quien se atravesara: partidos, jueces, periodistas, sindicalistas, lo que fuera.”

 

Se entiende, entonces, que tan pocos colombianos tengan ganas de votar, que millones hayan perdido la esperanza de que algo vaya a cambiar. Aunque den ganas de apostar por la paz y por el diálogo y por la convicción de que todos los hombres pueden cambiar,  de apostar por un acuerdo con verdad, castigo y reparación para las víctimas, de apostar a que  instituciones y líderes se ganen la confianza pública con transparencia y trabajando para el bien común. Aunque den ganas de apostar por todo eso la realidad golpea como una cachetada: el veredicto de las urnas dice que los colombianos ya no se la creen.

Publicado el 7 de junio de 2014.

About Author

Santiago O'Donnell es el director general de Medio Extremo. Es editor jefe de internacionales en Página 12. Y autor de tres libros: ArgenLeaks, Politileaks y Derechos Humanos® La historia del CELS. Antes de MX, trabajó en Los Angeles Times, The Washington Post y La Nación. Escribile a contacto@medioextremo.com

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